Jueves 24 de mayo de 2018
Conocimiento

Libertad Bajo Palabra

Luis de Tavira
2018-05-10 12:03:35 por Hector González
Héctor González

Pocas personas viven el teatro como Luis de Tavira (1948): quien fuera cofundador del Centro Universitario de Teatro apunta con total convencimiento que su disciplina es la mayor de todas las artes, no solo porque es la suma de todas sino también porque tiene un sentido comunitario que busca direccionar al individuo.

Cada una de las respuestas del dramaturgo se acompaña por una mirada y un movimiento de manos que hacen énfasis en lo que dice.

De Tavira reconoce que el teatro tiene una gran responsabilidad con el presente del país y “nos llama para reorientar el sentido de la existencia en una época donde los valores están devastados”.

—¿Cómo convive la libertad con su proceso creativo?

—Mi ejercicio apasionado del teatro comenzó en la actuación y siguió por la pedagogía de la actuación para arribar finalmente a mi lugar más idóneo: la dirección de escena, entendida como una forma de sumarse al movimiento de la renovación de la estética teatral surgida en la segunda mitad del siglo XX y que consiste en concebir al teatro como puesta en escena más que como literatura. Menciono esto porque la libertad se vuelve fundamental en mi forma de conceptualizar la metodología del tratamiento de los textos. Rara vez he montado los textos sin hacer una hermenéutica y, por tanto, sin asumirlos con plena libertad. Este proceso me llevó a la creación autónoma de textos propios.

—¿El compromiso de su libertad creativa estriba en vincular su trabajo con el presente?

—El teatro tiene una tarea especial ya que es el arte que más se aproxima a la persona en su intimidad gracias a la comparecencia física del actor. Plantea la urgencia de orientarse en la existencia. Es el arte de la vida, pero nos recuerda la hora de la muerte, tal vez porque solo frente a la muerte nos acordamos de que estamos vivos, aunque si necesitamos acordarnos que estamos vivos es porque tal vez estamos muertos.

Parodia

—¿Cómo percibe la reacción del teatro ante el presente?

—Seguimos haciendo teatro rodeados de barbarie. El teatro se resignifica en este país porque es interlocutor en la batalla entre civilidad y barbarie. Nos llama para reorientar el sentido de la existencia en una época donde los valores están devastados. Ante el resurgimiento del racismo, la xenofobia, la misoginia o la intolerancia, nada como el teatro, porque nos reúne y hace comunidad. Ahora la sociedad cambia vertiginosamente. Por eso en esta era de la superproducción industrial de basura, de relaciones intermediadas por máquinas y donde todo es un show barato, incluyendo la política y el sexo, el teatro es una experiencia decisiva para rescatarnos de la catástrofe espiritual que ha confundido la virtualidad con la realidad.

—Parece que la democracia y la libertad han dejado de ir de la mano, ¿no?

—La democracia es un ejercicio de la conciencia y la libertad. No hay una sin la otra. Para ser libre hay que saber: tener conocimiento. La gente piensa que la democracia consiste en ir a las urnas para elegir; el problema es que va a las urnas como va al súper: a escoger entre un jabón y otro. Hoy los expertos son especialistas en mercadotecnia, lo que hace de la democracia una parodia.

—Es un problema global…

—Sí, aunque se acentúa en un país como México donde existe predilección por el enmascaramiento. Y el teatro se enmascara para desenmascarar a las personas. La salvajada que implica el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos es un escándalo elocuente de hasta dónde puede llegar la política. La posverdad es un término eufónico de la mentira y por lo tanto ya nadie cree en nada. La crisis de la civilización es grande.

—¿Y el teatro ayuda?

—Sí, pero volviendo a la tradición: Esquilo, Shakespeare o Cervantes. En México el acontecimiento histórico fundamental que inaugura el siglo XX fue la Revolución, que dio lugar a una transformación cultural: surgió una narrativa, una escuela de pintura, una música nacionalista. El teatro necesita más tiempo porque es la suma de las artes. Como decía Hegel: el teatro es la cúspide de las artes. Por eso en el centro de las identidades nacionales siempre hay un poeta dramático. ¿Qué sería de la hispanidad sin Cervantes o Lope? ¿De Francia sin Moliere? ¿De Alemania sin Goethe o Schiller?

—¿Qué tono definiría el momento que vive México?

—Hay una tragedia negada y oculta pero decisiva. Me refiero al asesinato y la impunidad rampante a la que responde una parodia que es nuestro sainete político. Vivimos una parodia de la democracia. Y eso es muy grave.

 

Luis de Tavira. Dramaturgo y pedagogo. Fundador del Centro Universitario de Teatro de la UNAM, el cual dirigió por cuatro años. Fue fundador del Taller de Teatro Épico de la UNAM y del Centro Experimental Teatral del INBA. Ha impartido conferencias, cursos y talleres de teatro, estética e historia del teatro en Italia, Costa Rica, Estados Unidos, Colombia, Cuba, Francia, Dinamarca y Argentina. Cofundador de la Casa del Teatro. De 2008 a 2016 estuvo al frente de la Compañía Nacional de Teatro. En 2006 obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Bellas Artes. Es integrante del Consejo Mundial de las Artes de la Comunidad Europea y ha sido becario del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó su libro Teatro reunido.

 

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