Miércoles 18 de septiembre de 2019
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CRISIS DE LAS DEMOCRACIAS EUROPEAS

Foto: Especial
2019-09-10 16:33:31 por Redacción
AP

Por Claudia Luna Palencia

Desde el Siglo de las Luces se ha cuestionado el poder despótico, su concentración omnímoda sobre la voluntad de una mayoría ignorada cuyo designio quedaba supeditado muchas veces a la caprichosa decisión de una persona.

Pensadores como Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, Jean Jacques Rousseau y François-Marie Arouet, más conocido como Voltaire, entre otros brillantes reformistas liberales contribuyeron a edificar las bases de un sistema democrático con poderes escindidos para evitar la concentración de criterios y la toma de decisiones en una sola persona.

Y en ese juego de espejos y equilibrios entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial desmenuzado por Montesquieu estaba lo que Rousseau defendió por su carácter diametralmente imprescindible: “Como el soberano no tiene otra fuerza que el Poder Legislativo, solo actúa por las leyes. Y como las leyes no son más que actos auténticos de la voluntad general el soberano solo podría actuar cuando el pueblo está reunido”.

El Legislativo, esgrimió el pensador francés en su obra cumbre El contrato social, es el corazón del Estado; el Ejecutivo es el cerebro que da movimiento a todas partes; “el cerebro puede caer en parálisis pero el individuo puede seguir viviendo”.

Ese corazón se ha rebelado en Westminster ante una medida que ha sido calificada históricamente como “antidemocrática” y de “golpe de Estado” en la nación británica tras el anuncio del premier ministro, Boris Johnson, de paralizar la actividad legislativa desde el 10 de septiembre hasta el próximo 14 de octubre.

Johnson se ha obcecado en un Brexit salvaje, prácticamente llevarlo in extremis hasta lo que según él cree es su estrategia para doblegar a la Unión Europea (UE) a fin de que acepte las condiciones de Downing Street. Pierde más el que se va que el que se queda.

Tal decisión —además avalada por la reina Isabel II— ha dejado con la boca abierta  a Europa y sirve como catalizador para sacar a la gente a las calles de la City, esta vez en masa, para defender a su democracia. Ya no es solo el asunto del Brexit con acuerdo o sin acuerdo para el 31 de octubre próximo: es un moral desafío a la democracia británica. Johnson por encima del Legislativo.

Lo que desnuda la vorágine británica es hasta dónde puede maniatarse y manosearse a la democracia si el gobernante se muestra testarudo en llevar el plan que a él le convenga.

Desde que se votó el referéndum del Brexit (23 de junio de 2016) una mala enfermedad se apoderó del gobierno y de la democracia británica, que ha ido deformándose conforme se cae en un choque frontal entre el Ejecutivo y el Legislativo.

Ningún caso, de ningún otro país de Europa, es tan llamativo, y eso que en la última década, como resultado de la larga crisis económica y del incremento del descontento ciudadano, cada vez hay más naciones europeas enfrentando sendos desafíos para formar gobierno tras unas elecciones. No solo además para formarlo sino también para mantener las coaliciones funcionando, porque muchos de esos pactos iniciales terminan rotos a medio camino, orillando a nuevas elecciones generales.

Al premier Johnson lo han llamado “dictador” en la Cámara de los Comunes, lo han acusado de un golpe de Estado por su decisión de dejar sin actividad durante cinco semanas al Parlamento. Le han dicho en su cara que “esto no es Caracas”.

Una veintena de sus propios legisladores tories han antepuesto “los intereses de la democracia” sobre los de su Partido Conservador para votar una ley propuesta por los laboristas de Jeremy Corbyn a fin de evitar, en la fecha que sea, una salida sin un acuerdo: evitar a toda costa un Brexit salvaje. Han votado ese blindaje y de paso le han recordado a Johnson por qué el Legislativo es el corazón del Estado según Rousseau.

Darle a la democracia en la diana se convierte en el maquiavélico juego preferido de varios políticos mundiales obsesionados por demostrar que sus egos están por encima de las mayorías, de las instituciones, del Estado, de las leyes… en suma, de la esencia misma de la democracia.

¿Qué es lo más llamativo? Que esto acontece en las gloriosas democracias occidentales; es decir, ya no son las críticas acostumbradas y recurrentes de la salud de los sistemas políticos de África, ni de América Central o América del Sur, o de China o Rusia.

El problema endémico acontece en Italia, en España, en Reino Unido; también en Alemania, en Francia y otras democracias en las que últimamente viene siendo costumbre que el candidato ganador no siempre termina gobernando o si lo hace es porque ha tenido que pactar hasta con el diablo para ser investido.

Democracias famélicas

Para diversos autores la grave crisis en las democracias europeas es una consecuencia directa de la Gran Recesión, esa larga desaceleración y en muchos casos caída económica acentuada desde 2008 y de la cual en los últimos dos años se intenta salir de forma estable pero la maquinaria económica sigue andando de forma errática.

Esa crisis erosionó la confianza de los ciudadanos hacia la gestión de sus propios gobernantes dejando como resultado un incremento en los índices de desigualdad: ya se habla indisimuladamente de pobreza (antes eran marginados o excluidos), con  tasas angustiantes de paro y un sistema de empleo contaminado de contratos temporales que cortan toda esperanza de los jóvenes por lograr un sueldo y un trabajo dignos.

En esa hipótesis se mueve el analista internacional José Enrique Ayala advirtiendo de las “consecuencias políticas de la crisis de la UE”. De hecho, anticipa, repercusiones todavía más profundas para el largo plazo.

“Es inevitable que la situación tenga efectos en la política a todos los niveles. La UE pierde rápidamente peso e influencia en el mundo. Se observan actitudes egoístas, insolidarias en unos países y decepcionadas en otros”, subraya.

Además el monstruo se ha vuelto contra sí mismo: el Fondo Monetario Internacional (FMI), tradicionalmente administrado por las economías occidentales para financiar la crisis de los países menos desarrollados y llamados emergentes, ha tenido que entrar a rescatar a Grecia, Irlanda, Portugal y España; les ha dado una medicina de su propia sopa, amarga y austera.

De acuerdo con un documento elaborado por Análisis Económico de la Unión General de Trabajadores (UGT) de España la intolerable disciplina fiscal que imponen estos teóricos “rescatadores” no hace más que convertir la supuesta ayuda en una nueva política pro-cíclica.

“Mantienen de forma muy prolongada en el tiempo los devastadores efectos que la crisis tiene sobre estas economías más débiles. Todo lo ocurrido en Grecia, por ejemplo, no hace más que poner de manifiesto la complicada situación que se le viene encima a un país cuando acepta uno de estos llamados planes de rescate”, subraya el texto. Los efectos son desalentadores en lo político y en la confianza del ciudadano de a pie.

Otro caso es el de Italia, que ha sufrido tres elecciones generales en los últimos seis años y “ha estado gobernada por una coalición de centroizquierda desde los últimos cinco años”, en los que han pasado tres primeros ministros: Enrico Letta, Matteo Renzi y Paolo Gentiloni.

Todo cambió con las elecciones generales de 2018, cuando una coalición de extremos entre el partido populista M5 Estrellas y el ultraderechista la Liga colocó a Giuseppe Conte como primer ministro; se crearon dos categorías de viceministros dándole un poder inusitado a Matteo Salvini, presidente de la Liga.

En los últimos seis meses Salvini figura favorecido en todas las encuestas por recrudecer su postura ante la inmigración y penalizar los rescates en el Mediterráneo. Con tales ímpetus decidió romper la coalición de gobierno para forzar otras elecciones generales de cara al otoño. Sin embargo el M5 Estrellas logró conciliar posturas con el Partido Democrático (centroizquierda) para formar gobierno manteniendo a Conte en el puesto y salvando a Italia de caer en las garras del fascismo.

En Italia, señala Miguel Álvarez de Eulate, presidente de la Fundación de Estudios Estratégicos Internacionales (Fesei), hay una situación muy peculiar: desde 1945 ha habido 66 gobiernos, un ratio de 1.6 gobiernos por año. Entonces es parte de su sistema político: “Fue un fracaso de los grandes partidos de la democracia cristiana”. Pero actualmente Italia, añade, se alimenta de temas que son muy sensibles, “que necesitan consensos, acuerdos y negociación dentro de la UE”, y no tiene una respuesta efectiva.

—¿Qué les pasa a las democracias europeas, cada vez más erosionadas tanto en credibilidad como en incapacidad para formar gobiernos estables?

—Hay una primera reflexión: ¿estamos dando respuestas eficaces a los desafíos actuales y futuros? Creo que ese es el origen de lo que pasa: la sociedad cambia y la clase política, el gobierno y los partidos políticos no dan unas respuestas eficaces ni eficientes a los problemas presentes y futuros; de allí vienen la crisis de los partidos políticos y las consecuencias que vemos en Italia, Alemania, Francia o España, donde surgen otros partidos políticos que tienen soluciones mágicas para resolver los problemas que los partidos tradicionales no logran atender, según la percepción de la ciudadanía.

—¿Cree que el caldo de cultivo ha sido todo el daño económico de la larga crisis europea?

—Sí, las sociedades sufren por desempleo y desigualdad. Aquí, en España, en cifras recientes tenemos umbrales de pobreza severa de 6.9% o 21% de familias con menos de nueve mil euros al año con riesgo de pobreza y exclusión. No solamente en España sino en Europa hay grandes problemas de creación de empleo que no se resuelven.

—¿Qué es lo que falla?

—Dentro del factor social ha habido mucha corrupción en Europa. Desgraciadamente la ha habido en nuestro país, también en Italia y en otras naciones. Creo, desde el punto de vista de nuestros análisis, que falta mucha formación en los partidos políticos. Ya Michel en 1933 con las oligarquías de hierro advertía que el funcionamiento interno de los partidos políticos no es del todo democrático.

Asimismo, agrega Álvarez de Eulate, en el caso de Boris Johnson en Reino Unido  “observamos que unos líderes políticos son elegidos en primarias y otros por esas oligarquías de hierro a las que hacía alusión Michel”.

Elecciones: más como espectro

que como democracia

La democracia hay que cuidarla, defiende Álvarez de Eulate, porque si no se hace se erosiona y quizás “estamos en un nuevo ciclo, en un nuevo punto de inflexión hacia un nuevo paradigma”.

En los últimos años el eco del llamado a las urnas se ha convertido, más que en una fiesta de la democracia, en un socorrido amago para romper bloques, coaliciones y terminar con gobiernos débiles.

Se ha usado, inclusive, como un espectro de amenaza para azuzar al contrario y hasta de intimidación: en España el presidente en funciones, Pedro Sánchez, no puede formar gobierno aun cuando ganó las elecciones generales con siete millones de votos desde el pasado 28 de abril.

Una circunstancia complicada: no son pocos los que ya hablan en clave electoral rumbo a una nueva cita en las urnas el 10 de noviembre, en las que serían para España las cuartas elecciones generales en cuatro años.

Triste realidad porque unas nuevas elecciones no le darían al PSOE la mayoría absoluta para formar gobierno. Sánchez se vería abocado nuevamente a buscar pactos con Podemos (hay roces porque a fuerza quieren estar en la primera línea de gobierno) ya que Ciudadanos —que tiene ciertos contenidos más afines— les ha dado el portazo definitivo.

—¿Habrá elecciones?

—Creo que sí, a menos que Podemos ceda y ceda aún más. El PSOE se ha ido reforzando, las medidas que ha presentado son un órdago a Podemos; les ha dicho además que esto es lo que hay: lo aceptan o no. Esperamos que se llegue pronto a una estabilidad: necesitamos certidumbre… todo esto erosiona a la democracia.

La democracia parlamentaria en España “es joven. Somos una nación que ha vivido un periodo de transición, un periodo constituyente; en las primeras elecciones se habló de una sopa de letras, había muchos partidos políticos, y luego nuestro sistema electoral depuró esos partidos. Me preocupa que esta fragmentación no da respuestas a los ciudadanos, a sus problemas reales del día a día”, puntualiza el especialista.

Otro al filo de la navaja de nuevas elecciones generales anticipadas es Reino Unido.  En opinión de Álvarez de Eulate en esa nación insular sucede “un desastre”, tal y como lo ventiló el propio parlamentario Phillip Lee, diputado tory que renunció al Partido Conservador para unirse a otra bancada “en defensa de la democracia”, indignado como otros millones de británicos por el albazo de la suspensión de las actividades parlamentarias durante cinco semanas.

La dimisión de Lee no nada más dejó al premier Johnson iracundo sino que perdió la mayoría en la Cámara de los Comunes. Los legisladores apresurados contra el tiempo (porque se quedaban sin acción legislativa desde el 10 de septiembre) han vivido la semana más intensa de la que se tenga memoria en Westminster, por lo menos desde la Segunda Guerra Mundial.

Han aprobado varias leyes: una para evitar que el primer ministro controle totalmente la agenda del Brexit ignorando al Parlamento y otra para salvaguardar que acontezca un Brexit sin acuerdo, por las bravas, como son las pretensiones de Johnson como forma de desafiar grotescamente a la UE y al mundo entero.

De hecho se prevé que si antes del 17 de octubre próximo no hay un acuerdo consensuado con Bruselas y avalado en la Cámara de los Comunes Johnson deberá acudir a Westminster a solicitar una prórroga por tres meses más del artículo 50 del Tratado de Lisboa que los sigue dejando adentro del club europeo. Tres meses más implica el 31 de enero.

Johnson, quien ha salido como una fiera desde su escaño, amenaza con convocar a elecciones generales. Para Reino Unido en este juego macabro del manoseo de la democracia otra convocatoria a las urnas implicaría sus terceras elecciones generales en cuatro años, en los que ha habido tres distintos primeros ministros, todos del Partido Conservador: David Cameron, Theresa May y Boris Johnson.

Poco importa el sufrimiento de los ciudadanos, el desgaste anímico, la parálisis en sus decisiones de abrir un negocio, cambiar de empleo, comprar una casa, casarse, mudarse de ciudad o hasta de endeudarse.

Reino Unido refleja el crisol de la enfermedad moral que carcome las entrañas de Europa. El botín es el poder. Todo el mapamundi europeo está teñido de dificultades políticas. La democracia es el paciente.

 

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