Lunes 22 de octubre de 2018
Claroscuro

Tumbas del Tepeyac

Doña Delfina Ortega de Díaz, la primera esposa del viejo general, murió en el Palacio Nacional.
2013-03-18 18:36:35 por Alberto Barranco
Foto: Internet

Flojas las piernas al fragor de la empinada travesía, las ansias encontraban resuello en la magia de las rejas negras que cobijaban los secretos entre castillos de mármol y cerritos panzones aún de tierra vieja. El laberinto de las lápidas. El olor de panteón. El susurro de los muertos.

Ahí llegó, incontenible, el tumulto del cortejo que acompañaba en su dolor a don Porfirio. Doña Delfina Ortega de Díaz, la primera esposa del viejo general, murió en el Palacio Nacional. El ataúd lamió las paredes de la escalera de la Emperatriz antes de alcanzar la puerta lateral del norte. Moneda 1, decía el remitente.

La caravana cruzó la Plaza de la Constitución para llegar a la Plaza de Santo Domingo, donde aguardaban 20 tranvías de mulitas vestidos de luto, con proa a La Villa de Guadalupe.

La subida a lo alto del cerrito valió por todos los pecados de la dama, sobrina carnal del presidente perpetuo.

Para entonces una cobija de tierra por seis años en el Panteón del Tepeyac costaba 80 pesos si el muertito era adulto, y 50 si era párvulo.

A perpetuidad la tarifa era de 250 y 150, respectivamente.

La lápida se cobra aparte: “Sin que nada revele nada, y con igual misterio/ en dos sepulcros tienes augusta posesión/ el uno, donde duermes, está en el cementerio/ el otro, donde vives, está en nuestro corazón”.

Huéspedes

A perpetuidad pagó doña Dolores Tosta el sepulcro de Antonio López de Santa Anna, pese a la agotada faltriquera, luego de pagarle a menesterosos para pedirle supuestos favores en su agonía al once veces presidente de México.

Que vea que aún lo quieren… por más que la turba sacó de su tumba del panteón de Santa Paula la pierna perdida en Veracruz al cañoneo francés de mi general, enterrada con todos los honores.

La travesía por el silencio espeso se topa con la tumba del torero Ponciano Díaz, aquel que inauguró en 1868 la Plaza de Bucareli, en el inicio del para entonces añejo Paseo. Y la del arquitecto español Lorenzo de la Hidalga, quien reconstruyó la iglesia de Santa Teresa la Nueva, herida por un temblor. El que le dio nombre al Zócalo, al colocar apenas la base, el zócalo pues, de lo que sería su obra maestra: un monumento a la Independencia en la Plaza de Armas.

Y pareciera escucharse el grito de los voceadores que inundaban las tardes en la tumba de Vicente García Torres, el fundador del diario Monitor Republicano, escenario de las crónicas de Guillermo Prieto y Manuel Payno.

Y dicen que desde la soledad de su tumba Genaro García sigue escribiendo historias de fantasmas y biografías de héroes nacionales.

Y tal vez el general Juan Andrew Almazán, acaso el huésped de más reciente ingreso, se revuelva aún de carcajadas en el ataúd, al recuerdo del sustote que le pegó a la tiple María Conesa al aparecérsele en el camerino para reclamarle el que le haya recortado la mitad de su bigote a la Kaiser en plena escena:

—Vengo a que me empareje — le dijo, enérgico, seco, cortante, el hombre que le peleó la Presidencia de la República a Manuel Ávila Camacho.

La expedición la cierra una maravilla barroca: la Capilla del Cerrito, alguna vez la ermita de Cortés, con sus siete murales salpicados de angelitos negros.

El sueño de Pedro Infante.

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Alberto Barranco

Claroscuro, Alacena de Recuerdos