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Hassan Ammar/AP
19 agosto 2020
Claudia Luna Palencia
Internacional

LÍBANO: EXPLOSIÓN EN CADENA

Acusado de negligencia y corrupción, el gobierno renunció en pleno.

La tragedia del pasado 5 de agosto, en la que volaron por los aires de Beirut buena parte de los edificios concéntricos de la capital debido a un estallido de nitrato de amonio, supuestamente almacenado durante años y en cantidades ingentes en el puerto (se habla de tres mil toneladas), desencadenó una serie de acontecimientos funestos para ese país de por sí atenazado por la tragedia y la decadencia en las últimas décadas.

La imagen de Emmanuel Macron mezclado con una serie de supervivientes dolidos buscando consuelo inmediato, dio la vuelta al mundo: el mandatario francés viajó para conocer in situ y de primera mano la magnitud de la tragedia a fin de saber cómo ayudar.

Además ofreció los servicios de la inteligencia francesa para deslindar responsabilidades, buscar imágenes de satélite para verificar si la explosión fue un hecho accidental o bien producto del ataque de un dron o de un misil.

En una primera instancia el primer ministro libanés, Hassan Diab, solicitó la ayuda internacional —de los servicios secretos— para saber qué imágenes de satélite se tenían del momento.

Francia fue la primera nación en solidarizarse, además convocando a una serie de ayudas monetarias y de salvamento económico que Macron advirtió no serían “un cheque en blanco” sin una pertinente investigación externa.

Mientras, al interior de la nación doliente la ira de la ciudadanía huérfana de auxilio local, de por sí tocada por la pandemia y ahora sacudida por perderlo todo (la mitad de Beirut quedó destruida y 300 mil personas sin techo), orilló la caída del gabinete completo, así como la del primer ministro.

Miles de personas se manifestaron en diversas localidades del país para exigir castigo a la ineficiencia del gobierno, al que acusaron de negligencia y corrupción.

“Anuncio la renuncia de este gobierno. Los sistemas de corrupción son más grandes que el Estado. La responsabilidad de esta catástrofe es de la clase política que lucha con todos los medios sucios. Deberían tener vergüenza de sí mismos. Hay una gran barrera frente al cambio”, dijo el gobernante.

Diab solo duró ocho meses como primer ministro. Sustituyó a Saad Hariri, obligado a dimitir por las fuertes protestas en su contra. Anteriormente fungió como ministro de Educación (2011-2014), bajo la presidencia de Michel Suleiman.

Se presentó con un gabinete reformista, de hecho, apoyado por las facciones chiíes de Hezbolá y Amal, siendo él profesor por la Universidad Americana y un político independiente. Llegó al poder ante el constante clamor de la población (cinco millones 469 mil habitantes) presionando por un cambio, harta de una economía empobrecida e inestable que en 2017 creció apenas 1.5 por ciento.

Hay un grueso de la población joven demandando mayores oportunidades de empleo (el desempleo es de 25%), una mejor renta per cápita —actualmente de 19 mil 600 dólares—, mejores servicios públicos y una estabilidad con un sistema político democrático menos corrupto.

Líbano está geográficamente atrapada en una región que es un polvorín de conflictos entre facciones suníes y chiíes que llevan largo tiempo violentamente confrontadas por controlar el Mediterráneo oriental y, encima, con la presencia cada vez más consolidada de Israel.

Es una parte del mundo muy ligada con la cuna de la civilización, de cuando los fenicios, asirios y caldeos eran los mercaderes que, con su trasiego por el mar, permitieron que más allá de las telas y las especias se descubrieran pueblos y rutas. El mar trajo el progreso que ahora dramáticamente le niega a los libaneses, quienes han vivido y visto cómo a lo largo de los años los países circundantes quedaron envueltos en problemas endemoniados.

No ha sido nunca un sitio de paz fácil, ni duradera. Desde la presencia de Alejandro Magno, cuando a su muerte se dividió en Anatolia y Mesopotamia, hasta el siglo pasado cuando una guerra civil (1975-1990) provocó un nuevo éxodo de libaneses a varias partes del mundo.

A su economía de mercado, abierta al comercio y a la inversión extranjera, no le ayuda su vecindad con Israel ni con Siria, aunque también muy cerca tiene a Egipto y a Turquía, así como a Chipre como vecino de ultramar. La larga guerra siria que ha provocado un cuantioso éxodo tiene en Líbano al menos a un millón de sirios refugiados.

El régimen político de Líbano, una república parlamentaria, obligará al presidente Michel Aoun (político católico) a convocar a las fuerzas del Congreso para la elección de un nuevo primer ministro.

Aunque todo se tambalea: hasta el propio Aoun, reacio a una injerencia extranjera para llevar a cabo una investigación seria acerca de las causas que provocaron la magna explosión y difuminar así la sombra del terrorismo.

El mandatario francés ofreció una investigación seria e imparcial, pero su homólogo libanés, así como Hezbolá y otras fuerzas, la rechazan mientras que el primer ministro renunciante la veía con buenos ojos.

¿Casualidad? ¿Infortunio? ¿O hecho planeado por algún grupo malintencionado? Hace unos días el presidente Aoun reconoció que sabía de la acumulación localizada de dicho fertilizante.

“El presidente Aoun fue informado el 20 de julio, a través del informe de Seguridad del Estado, de la presencia de una gran cantidad de nitrato de amonio en un almacén del puerto de Beirut. El consejero militar de su excelencia informó al secretario general del Consejo Supremo de Defensa. Se tiene todo el afán de que la investigación judicial siga su curso, valiéndose de todas las experiencias para mostrar la verdad completa sobre la explosión, sus circunstancias y los responsables de ello a todos los niveles”, de acuerdo con la Presidencia.

Hay otros antecedentes funestos del uso del nitrato de amonio; y no para fertilizar sino para asesinar: “Tiene características explosivas. Se usó en el atentado en la Ciudad de Oklahoma en 1995 con un camión cargado con dos mil 180 kilogramos que chocó contra un edificio federal matando a 168 personas y dejando cientos de heridos”.

Daños, temores y rescates

Marwan Abboud, gobernador de Beirut, roto de dolor no logró contener las lágrimas frente a las cámaras de los medios de comunicación tras verificar la magnitud de la catástrofe.

La comparó con Hiroshima, coincidencias del destino y guardadas las proporciones, en la misma semana que Japón se preparaba para conmemorar el 75 aniversario de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, entre el 6 y el 9 de agosto. Las imágenes de Beirut mostraron dos explosiones, la segunda con un estruendo tan fuerte que fue escuchado en ultramar por Chipre y que formó un hongo que asustó a toda la población temiendo lo peor.

Abboud, quien sabía de una primera brigada de bomberos apagando las llamas, quedó conmocionado al saber que se habían evaporado con la segunda explosión; en general, las imágenes de la ciudad son apocalípticas.

El gobierno cifra en números preliminares las pérdidas en la infraestructura y el daño al inmobiliario público y de uso habitacional entre los tres mil y cinco mil millones de dólares y una destrucción preocupante en sus reservas de trigo importadas: los silos depositarios quedaron derrumbados.

Resulta en general un escenario lastimero, con hospitales dañados en su infraestructura, saturados de pacientes con coronavirus y que de forma imperiosa hacen hueco para atender a los miles de heridos.

La Organización de Naciones Unidas (ONU) apeló a la solidaridad mundial para no dejar solos a los libaneses. Su titular, António Guterres, señaló que la situación humanitaria en Líbano es precaria y que el organismo internacional enviará suministros médicos, provisiones y ayuda.

“La explosión vino en un momento de por sí difícil para Líbano, que ya encaraba adversidades económicas y el impacto del coronavirus. Aun así el pueblo libanés ha mantenido su generosidad acogiendo a los refugiados palestinos y sirios. Ahora la comunidad internacional debe mostrar su solidaridad con Líbano. Urjo a los donantes a actuar con rapidez y generosidad”, remarcó Guterres.

Desde Beirut, Najat Rochdi, coordinadora de la ONU, pidió actuar con rapidez para ayudar a la gente: miles de personas se han quedado a la intemperie porque perdieron sus casas, sus cosas y todos sus bienes.

También Henrietta Fore, directora ejecutiva del Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF), solicitó que el auxilio exterior no se olvide de todos los niños que sufren las consecuencias de la explosión y son doblemente víctimas, primero de la pandemia y ahora de las circunstancias de la detonación.

Por su parte, la Unión Europea (UE) también ha querido respaldar a Líbano. Ursula von der Leyen, cabeza de la Comisión Europea, envió una misiva a todos los líderes europeos urgiéndoles a movilizarse y ofreció 39 millones de dólares, 250 bomberos expertos en salvamento de Grecia, Francia, Chequia, Polonia, Alemania, Italia, Países Bajos y España.

Mientras Charles Michel, presidente del Consejo Europeo, se comunicó vía telefónica con el dignatario libanés para ofrecerle respaldo en aras de la reconstrucción a mediano y largo plazo.

“Los invitamos a intensificar sus esfuerzos hacia Líbano tanto en relación con sus necesidades inmediatas como en vista de la reconstrucción del país a largo plazo. Es imprescindible la solidaridad europea e internacional frente a la dramática situación humanitaria y las necesidades de reconstrucción. Nos hemos comprometido a la estabilidad del país por medio de la asistencia económica, el apoyo a los refugiados sirios y recientemente con la respuesta a la pandemia de Covid-19”, de acuerdo con la carta.

El presidente galo, Emmanuel Macron, se desplazó hasta Líbano, un antiguo protectorado francés que logró la independencia en 1943 y que antes formaba parte del poderoso Imperio Otomano (desde 1516 hasta 1918).

Las fotos de él en la zona cero, intentando calmar y escuchar a la gente mientras varias mujeres le piden ayuda y hasta alguna termina consolada entre los brazos del delfín del Elíseo, desnudan la desesperación de la población.

El domingo 9 de agosto el propio Macron convocó una inusual teleconferencia con 26 presidentes del mundo y líderes de los organismos internacionales, desde la ONU hasta el Banco Mundial; una reunión para donar. Entre los participantes se acordó una aportación por 280 millones de dólares. Solo para ayuda sanitaria la ONU estima en 81 millones de dólares las necesidades inmediatas de dicha nación.

A su vez el presidente estadunidense, Donald Trump, aseveró que su país hará una donación cercana a los 17 millones de dólares y la UE decidió aportar otros 35 millones de dólares adicionales al dinero ya ofrecido. La canciller germana, Angela Merkel, pidió que su país envíe 15 millones de dólares para atender lo más inmediato.

En la convocatoria estuvieron ausentes los líderes de Irán y de Israel. El primero tiene un vínculo chiíta importante con Hezbolá y el segundo, sin una relación establecida, mantiene sendos conflictos: sobre todo tras la guerra de un mes en el verano de 2006 entre el Ejército israelí y Hezbolá.

Las constantes amenazas mutuas siguen estando a la orden del día en la medida que Israel gana más presencia regional y se fortalece internamente expulsando a más palestinos de sus tierras.

Tampoco figuró Arabia Saudita, el otro líder que pugna por un papel estratégico considerable en Oriente Medio y de mayoría sunita.

No se sabe todavía de qué tamaño será el boquete económico que provocará esta explosión. Encima el PIB mundial caerá 4.9% este año, según estimaciones del FMI, y hay 80 países haciendo fila por un crédito del organismo.

Futuro en juego

Macron insiste en que se requiere hacer todo lo posible por evitar que “el caos y la violencia” destrocen a Líbano en momentos históricos delicados, con una pandemia en ciernes y algunos países moviendo sus fichas en el tablero geopolítico.

Sin que nadie hasta el momento se haya adjudicado la autoría de la explosión, varios videos enviados por las redes sociales muestran el momento del primer estallido y luego el segundo, algunos dando a entender que se podía apreciar un dron o bien un misil.

Solo una investigación seria usando imágenes de satélite podría determinar bien a bien qué pasó aquel fatídico día, mientras el ambiente se enrarece más y el presidente libanés cambia su versión de posibilidad de un ataque por la de un accidente.

El presidente de EU tiene a Hezbolá entre los enemigos de la Unión Americana, como amenaza mundial, y le acusa de ser un grupo terrorista con redes en Irán, Irak, Siria y presumiblemente Yemen.

Uno de los cometidos de Trump es poner orden en la región repartiendo el poder entre sus dos aliados favoritos: Israel y Arabia Saudita. Para ello busca debilitar a Irán quitándole poder y presencia a las fuerzas chiítas. El yerno del mandatario, Jared Kushner, es el encargado de llevar a cabo los encuentros de alto nivel para la pacificación de dicha zona del mundo.

El curso de la pandemia y sus roces crecientes con China, por el momento, ha distraído la animosidad desde Washington contra el régimen iraní, al que tiene asfixiado económicamente con sanciones y acusa de continuar con su carrera nuclear.

Cada cual mueve sus piezas: Israel extendiéndose hasta los territorios ocupados por los palestinos en Cisjordania, a la que va a anexionarse; Irán intentando tener un papel preponderante en Siria y extendiendo su poderío militar a otros conflictos; y en la zona del Mediterráneo oriental que comparte Líbano, recientemente Turquía entró en roces con Grecia por la explotación de hidrocarburos en el mar, peleándose por delimitar una zona económica exclusiva.

Ha habido disparos entre barcazas turcas y griegas en la zona. Y Atenas pidió ayuda a la OTAN, con el presidente Macron enviando soldados franceses para patrullar la zona marítima generadora de los roces.

Sin pruebas de por medio, que la explosión sea una mera casualidad resulta hasta poco creíble, pero hasta el momento es un accidente. Y es que son tantos los ingredientes incendiarios que justo en esos días estaba por decidirse el futuro judicial de los asesinos (14 de febrero de 2005) del exprimer ministro Rafik Hariri, asesinado por un coche bomba en Beirut, presumiblemente a manos de Hezbolá. ¿Será una bomba de casualidades?

Y mientras tanto, Bielorrusia

Una reunión extraordinaria se realizó entre los 27 ministros de Exteriores de la UE para discutir acerca de la situación en Líbano, las tensiones en Bielorrusia y los nuevos roces entre Turquía y Grecia por las aguas del Mediterráneo.

Preocupa fundamentalmente la violencia usada en Bielorrusia con armas de fuego para repeler a manifestantes descontentos con un resultado electoral que perpetúa en el poder a Alexander Lukashenko, ganador en serie de las últimas seis contiendas electorales.

Se trata de un dictador en el traspatio de la UE que no respeta las reglas democráticas, un político señalado por su mano dura y por vulnerar derechos humanos.

La UE considera que dichas elecciones “no han sido ni libres ni justas” y el gobierno de Lukashenko usa una fuerza desproporcionada para reprimir a la gente indignada.

“Hay una violencia inaceptable. Habría que estudiar imponer sanciones a los responsables de la violencia, los arrestos injustificados y la falsificación de los resultados electorales, y revisar la relación con Minsk en vista de los acontecimientos”, señala la UE.