Ansiedad colectiva, desinformación y el impacto en la salud mental

A diferencia del miedo, que tiene un objeto claro, la angustia suele ser difusa

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Foto: NTX
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CDMX. 7 de abril de 2026. En los últimos meses, la sensación de que “algo no está bien en el mundo” se ha vuelto cada vez más común. Conflictos internacionales, amenazas de guerra, crisis económicas latentes y una constante sobreexposición a noticias alarmantes han generado un clima emocional marcado por la incertidumbre.

Pero más allá de los hechos, hay un elemento que intensifica esta experiencia: el bombardeo de información —y desinformación— al que estamos expuestos diariamente.

De acuerdo con especialistas de la Sociedad Psicoanalítica Mexicana, este contexto no solo informa: impacta profundamente la vida psíquica de las personas.

La angustia que no siempre tiene nombre
A diferencia del miedo, que tiene un objeto claro, la angustia suele ser difusa. No siempre sabemos exactamente qué nos inquieta, pero sentimos el cuerpo en alerta: dificultad para concentrarnos, insomnio, irritabilidad o una sensación constante de amenaza.

Desde el psicoanálisis, esta angustia se relaciona con la pérdida de certezas. Cuando el entorno se percibe como inestable o impredecible, el psiquismo intenta defenderse, muchas veces activando mecanismos inconscientes como la negación (“esto no va a pasar”), la proyección (“el peligro está en otros”) o la sobrerreacción emocional.

El papel de la sobreinformación y las fake news
Si bien informarse es necesario, el problema surge cuando la información se vuelve excesiva, contradictoria o directamente falsa. Las llamadas “fake news” no solo distorsionan la realidad: intensifican la ansiedad.

El cerebro humano no está diseñado para procesar un flujo constante de amenazas potenciales. Cada titular alarmista, cada video dramático o cada rumor viral activa respuestas de estrés similares a las que se experimentarían ante un peligro real.

En este sentido, la desinformación genera un efecto particularmente nocivo: rompe la capacidad de distinguir entre lo real y lo posible. Esto deja al sujeto en un estado de alerta permanente, donde todo parece inminente y fuera de control.

La necesidad de certezas en tiempos inciertos
Ante este panorama, muchas personas buscan explicaciones simples o figuras que ofrezcan seguridad absoluta. Desde una perspectiva psicoanalítica, esto responde a una necesidad profunda: reducir la angustia a través de certezas, aunque estas sean parciales o incluso erróneas.

Por eso, en contextos de alta incertidumbre, es común observar posturas más rígidas, pensamientos polarizados o la rápida difusión de teorías sin sustento. No se trata únicamente de falta de información, sino de una forma de defensa psíquica frente a lo desconocido.

Un fenómeno colectivo que se vive de forma individual
Aunque hablamos de ansiedad colectiva, sus efectos se manifiestan en lo íntimo: problemas para dormir, sensación de vacío, irritabilidad o incluso conflictos en las relaciones personales.

La doctora Dolores Montilla Bravo, presidenta de la Sociedad Psicoanalítica Mexicana, señala que “la exposición constante a escenarios de amenaza, amplificados por la desinformación, puede generar estados de angustia sostenida que afectan la vida cotidiana, incluso cuando la persona no está directamente involucrada en los conflictos”.

¿Qué podemos hacer frente a este escenario?
Lejos de proponer soluciones simplistas, los especialistas coinciden en la importancia de recuperar ciertos límites:
● Regular el consumo de noticias
● Verificar la información antes de compartirla
● Identificar el impacto emocional de lo que consumimos
● Buscar espacios de reflexión y elaboración emocional

El objetivo no es desconectarse de la realidad, sino evitar que esta se vuelva abrumadora.

Pensar en tiempos de ruido
En momentos donde la información circula más rápido que la capacidad de procesarla, detenerse a pensar se vuelve un acto necesario. El psicoanálisis, más que ofrecer respuestas inmediatas, invita a comprender qué nos pasa frente a lo que ocurre afuera. Porque, cuando el mundo tiembla, no solo se mueven los hechos: también se moviliza nuestro mundo interno.

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