GRAN TORMENTA INVERNAL: LA OTRA CARA DEL CAMBIO CLIMÁTICO

“El verdadero riesgo es normalizar un clima cada vez más impredecible”.

GRAN TORMENTA INVERNAL
Bienestar
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Decenas de muertos, vuelos cancelados, ciudades paralizadas y millones de hogares sin electricidad revelan el impacto de una ola de frío histórica que cruza fronteras.

Mientras millones de personas en Estados Unidos y Canadá enfrentan una de las tormentas invernales más severas de los últimos años —con temperaturas bajo cero, nevadas históricas, decenas de muertes, cortes masivos de electricidad y afectaciones al transporte y al gas—, surge la pregunta: ¿cómo hablar de calentamiento global cuando el frío es tan extremo?

Aunque parezca contradictorio, la ciencia es clara: las olas de frío no solo son compatibles con el cambio climático sino que forman parte de sus consecuencias más visibles y peligrosas.

Episodios extremos —más intensos, frecuentes y en regiones inesperadas— muestran que el sistema climático está cambiando. Sin embargo, en medio de la emergencia, la postura negacionista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, volvió a generar polémica.

Clima cambiante 

Durante décadas la Tierra ha registrado un aumento sostenido de su temperatura media. Según datos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), en 2022 la temperatura global fue 1.15° C superior a niveles preindustriales (1850-1900), y 2015-2022 concentra los ocho años más cálidos desde que existen registros instrumentales.

Este calentamiento no elimina el frío, pero sí desestabiliza los patrones climáticos que durante siglos regularon las estaciones. “El cambio climático no crea fenómenos meteorológicos, pero los intensifica”, explica a Vértigo Pablo Ramírez, coordinador del Programa de Energía y Cambio Climático de Greenpeace México.

“Tormentas, frentes fríos, huracanes y sequías siempre existieron, pero hoy son más extremos, frecuentes y de mayor magnitud”, indica Ramírez.

Para entender la ola de frío que azota a Norteamérica hay que mirar al Ártico, que se calienta cuatro veces más rápido que el promedio global y debilita uno de los grandes reguladores del clima: la corriente de chorro polar.

Benjamín Martínez López, investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, explica en entrevista que esta banda de vientos intensos rodea el hemisferio norte y normalmente mantiene confinado el aire helado. Pero al debilitarse se forman ondulaciones que permiten que masas polares lleguen a Estados Unidos, Canadá e incluso el norte de México.

Conocido popularmente como “colapso del vórtice polar”, los científicos hablan de variaciones naturales en la oscilación del Ártico. Cuando esta se vuelve negativa, aumentan las intrusiones de aire extremadamente frío hacia el sur.

“El calentamiento global no elimina el frío”, dice Martínez López. “Acentúa los contrastes: una atmósfera más cálida retiene hasta 7% más de vapor de agua por grado, generando lluvias más fuertes en verano y nevadas más abundantes en invierno”.

Nevadas históricas u olas de frío severas no contradicen el cambio climático: confirman un clima más extremo e impredecible.

Impactos que cruzan fronteras

La tormenta invernal Fern, por ejemplo, deja un saldo trágico en Estados Unidos y Canadá, con al menos 80 personas fallecidas por hipotermia, accidentes y fallas en los servicios básicos. Miles de vuelos fueron cancelados, ciudades enteras quedaron paralizadas por la nieve y millones de hogares enfrentaron cortes de electricidad en medio de temperaturas peligrosas.

Pero el impacto no se detuvo en la frontera. En el norte de México se registraron heladas severas, nevadas en zonas serranas, vientos intensos y descensos abruptos de temperatura, asociados a la misma masa de aire ártico. Además, existe un riesgo menos visible, pero igual de crítico: el energético.

“México depende fuertemente del sistema energético de Estados Unidos”, advierte Pablo Ramírez. “Casi 80% del gas natural que consumimos viene de allá. Cuando ocurre un evento extremo como este, basta con que se cierre una llave por razones climáticas o geopolíticas para que el país pierda una parte muy importante de su generación eléctrica. Esto nos hace extremadamente vulnerables”.

El gas natural, además, juega un papel central en la crisis climática. Su principal componente, el metano, tiene un poder de calentamiento hasta 86 veces mayor que el CO₂ en el corto plazo. Aunque durante años se ha promovido como un “combustible de transición”, las fugas a lo largo de toda su cadena —desde la extracción hasta el uso doméstico— lo convierten en un factor clave del calentamiento global.

Futuro de extremos

En medio de la emergencia, la posición de Donald Trump volvió a generar polémica: el presidente norteamericano utilizó la ola de frío para cuestionar públicamente el cambio climático, sugiriendo que las nevadas y el frío extremo desmentían el calentamiento global.

No es la primera vez que lo hace. Desde hace años Trump ha ridiculizado las políticas climáticas, defendido abiertamente a la industria de los combustibles fósiles y calificando el cambio climático como una exageración o una estafa. Para científicos y expertos, este discurso no solo es erróneo sino peligroso, porque confunde a la opinión pública al mezclar el clima de corto plazo con las tendencias globales de largo plazo.

“El hecho de que hoy haga frío en una región no invalida décadas de datos que muestran que el planeta se está calentando”, insiste Martínez López. Por el contrario, eventos como este refuerzan la evidencia de que el sistema climático está entrando en una fase de mayor inestabilidad.

La ciencia coincide en que estos fenómenos no serán excepcionales. Los récords de calor, frío, lluvias y tormentas se rompen con una frecuencia inédita. El clima del siglo XXI ya no responde a las reglas del pasado.

“El cambio climático ya está aquí”, resume Pablo Ramírez. “Afecta la comida, la salud, la energía y la seguridad. Eventos que ocurren en otras naciones terminan impactándonos directamente. En países como México, adaptarse al cambio climático significa salvar vidas”.

La urgencia es doble: reducir rápidamente las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) y fortalecer las políticas de adaptación.

“Abandonar los combustibles fósiles, acelerar la transición hacia energías renovables, reducir el consumo energético y mejorar los sistemas de alerta y protección civil son acciones clave para enfrentar un clima cada vez más cambiante”, finaliza Ramírez.

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