El agua residual deja de ser un desecho cuando entra en contacto con millones de organismos fotosintéticos que la convierten en su fuente de alimento.
El agua que sale de una fábrica rara vez vuelve a ser tema de conversación: desaparece por tuberías, atraviesa plantas de tratamiento, cumple con la norma y termina, silenciosamente, en un río. Nadie la vuelve a mirar. En ese trayecto viajan nitrógeno, fósforo, sales, amonio y metales que, si bien “permitidos”, siguen alterando ecosistemas. Al mismo tiempo, la fábrica expulsa dióxido de carbono por sus chimeneas y gasta millones en químicos para corregir lo que su propio proceso genera.
La crisis hídrica y la crisis climática no son problemas separados, sino que nacen del mismo punto: la forma en que producimos.
La pregunta, entonces, no es solo cómo limpiar el residuo sino cómo integrarlo a un nuevo ciclo de valor.
Agua verde
En el rancho La Esperanza, en Nuevo León, esa pregunta tomó forma en algo inesperado: agua verde. Dentro de módulos transparentes, millones de microalgas se multiplican con la luz del sol mientras se alimentan exactamente de aquello que convierte al agua residual industrial en un problema. Lo que para la industria es un pasivo ambiental, para ALIS —Algae Innovation Solutions— es materia prima.
“Más que ingeniería, diseñamos una reconciliación entre la industria y el planeta”, explica a Vértigo Ramón de Hoyos, biotecnólogo genómico y director de esta empresa mexicana que ha dedicado siete años a perfeccionar una tecnología capaz de integrarse a procesos industriales reales. No para tratar el agua al final del camino sino para intervenir en el punto donde el problema comienza.
Las microalgas son organismos fotosintéticos microscópicos. Utilizan la luz solar para crecer, capturan dióxido de carbono y, en ese metabolismo acelerado, necesitan nitratos, fosfatos y sales: los mismos compuestos que abundan en el agua residual. ALIS logró adaptarlas a estos entornos complejos. Al entrar en contacto con el agua contaminada, se alimentan de ella, se multiplican y transforman esos compuestos en biomasa útil.
Cuando se retiran por filtración, el agua queda libre de los contaminantes que ellas consumieron.
“Utilizamos microalgas que con la luz del sol se dividen, generan oxígeno y capturan carbono. En el agua residual encuentran exactamente lo que necesitan para crecer”, resume De Hoyos. “Nuestro sistema actúa como un filtro biológico”.
Reto resuelto
El principio biológico es sencillo. Llevarlo a escala industrial no lo fue.
En 2019 el proyecto funcionaba a nivel experimental. La tecnología demostraba su potencial en volúmenes pequeños, pero faltaba resolver el verdadero reto: cómo integrarla en plantas que manejan miles de litros por hora sin interrumpir sus procesos.
“Teníamos la tecnología, pero a nivel muy reducido. Actualmente la perfeccionamos para que se pueda introducir en las diferentes industrias y poder generar impacto en volumen real”, indica.
La evolución derivó en un sistema modular —“un módulo, un contenedor”— que crece según el caudal de cada instalación. Puede ocupar apenas entre 10 y 20% del espacio de una planta de tratamiento convencional y colocarse justo en la etapa donde el agua tiene mayor carga de nutrientes para las algas. Ahí sustituye buena parte del tratamiento químico.
“Estos organismos sustituyen procesos químicos por procesos naturales”, explica. En términos prácticos, eso representa para la industria reducciones de entre 30 y 50% en costos de tratamiento.
“Insumos de alto valor para otras industrias”.

Validación en campo real
Hoy empresas como Nestlé y Grupo Modelo validan la tecnología en pilotos industriales donde se miden ahorros operativos, reducción de químicos y posibilidades de reúso. No se trata de pruebas aisladas sino de procesos integrados al volumen total de agua que manejan sus plantas.
“Nos decían: ¿dónde se ha hecho esto antes? Y la respuesta era: lo vamos a hacer contigo”, cuenta De Hoyos sobre uno de los mayores obstáculos: la adopción tecnológica en industrias acostumbradas a procesos tradicionales. “Han sido siete años de trabajo sin parar”.
El agua resultante cumple con la NOM-001 para descarga en nitrógeno y fósforo. Pero el objetivo va más allá de descargarla limpia. Parte de esa agua ya se reutiliza en sanitarios, limpieza y enfriamiento, sustituyendo agua potable. Es un primer paso hacia un modelo circular cuyo potencial, estima, puede alcanzar hasta 95% de reutilización con tecnologías complementarias.
Lo mejor del proceso es que aquí nada se desperdicia. La biomasa generada —rica en proteínas, lípidos y pigmentos— se transforma en bioestimulantes agrícolas y en ingredientes de alto valor para alimentos, suplementos y cosmética.
“En su aplicación más directa se utiliza como bioestimulante natural y orgánico para la agricultura, fortaleciendo el crecimiento de las plantas, aumentando su resistencia y devolviendo vida y nutrientes a suelos dañados”, dice.
Así el potencial no se queda en el campo. “A partir de esta biomasa se recuperan compuestos de alto valor agregado: proteínas funcionales, aceites especializados y pigmentos que, mediante procesos naturales, se integran como ingredientes en industrias como la alimentación, los suplementos nutricionales y la cosmética avanzada, mercados donde estos componentes suelen obtenerse con métodos complejos y poco sostenibles”, explica.
Es decir, agrega, “lo que antes se desperdiciaba, ahora genera nuevas cadenas de valor”.
Del mismo proceso se obtiene oxígeno, agua limpia y compuestos aprovechables. Un pasivo ambiental convertido en activo económico.
De Monterrey al mundo
Los reconocimientos internacionales, como el MIT Innovators Under 35, y su papel como presidente de la Asociación de Líderes en Innovación entre Reino Unido y México, han servido como plataformas de visibilidad. ALIS ya trabaja con aliados en Holanda y Reino Unido, indica De Hoyos. “La biotecnología mexicana la están buscando en estos países. Lo que funciona aquí, funciona allá, pero nació en México”, dice.
Desde Monterrey, el biotecnólogo plantea una ambición mayor: convertir a la ciudad industrial en la capital de las microalgas.
En La Esperanza el verde del agua ya no inquieta. Es señal de que algo distinto está ocurriendo: una industria que puede aprender a limpiarse mientras produce. Una tecnología viva, desarrollada en México, que propone dejar de ver la contaminación como un destino inevitable y empezar a entenderla como el inicio de un nuevo ciclo.

