CDMX. 20 de febrero de 2026. Las ciudades nunca duermen. Hay tráfico constante, oficinas llenas, cafeterías concurridas, notificaciones que no se detienen en el celular y conversaciones que parecen interminables en redes sociales. A simple vista, parecería imposible sentirse solo en medio de tanta gente.
Sin embargo, cada vez más personas describen una experiencia distinta: una sensación persistente de vacío y desconexión aun cuando están rodeadas de otros.
Esta es la llamada soledad urbana, un fenómeno emocional silencioso que crece en las grandes ciudades y que no siempre se reconoce con facilidad.
No es estar solo, es sentirse desconectado
La soledad urbana no depende únicamente de la cantidad de personas alrededor. Con frecuencia aparece incluso en quienes tienen pareja, familia o un entorno laboral activo. Lo que falta no es compañía, sino vínculo significativo: espacios donde alguien pueda mostrarse tal como es, hablar de lo que le preocupa y sentirse escuchado sin juicios.
En la vida cotidiana predominan las conversaciones rápidas, funcionales y mediadas por pantallas. Se intercambian mensajes, pero no siempre emociones; se comparte información, pero no necesariamente intimidad.
Datos recientes del INEGI muestran que un número creciente de personas en zonas urbanas reporta sentimientos frecuentes de soledad o falta de apoyo emocional, especialmente en población adulta. Aunque las cifras varían según la medición, la tendencia apunta a que la desconexión social se ha convertido en un tema relevante de salud pública.
Ritmo acelerado y vínculos frágiles
El estilo de vida en las grandes ciudades también influye. Jornadas laborales extensas, largos traslados, esquemas de trabajo remoto que reducen la convivencia diaria y una cultura enfocada en la productividad dejan poco espacio para el encuentro personal.
A esto se suma un ideal contemporáneo ampliamente valorado: la autosuficiencia. Ser independiente, no necesitar a nadie, poder con todo. Aunque este modelo puede percibirse como fortaleza, también dificulta la cercanía emocional, porque todo vínculo profundo implica cierto grado de dependencia, y depender del otro suele generar temor.
Para la Dra. Dolores Montilla Bravo, presidenta de la Asociación Psicoanalítica Mexicana: “La soledad urbana no es simplemente falta de compañía; es la vivencia de no sentirse reconocido por el otro. El ser humano necesita vínculos donde pueda mostrarse con sus dudas, miedos y deseos. Cuando esos espacios faltan, aparece el malestar.”
Cómo impacta en la salud emocional
Cuando la soledad se vuelve constante, puede manifestarse como ansiedad, tristeza persistente, irritabilidad o una sensación difícil de nombrar de que “algo falta”. No siempre se identifica la soledad como origen del malestar; en ocasiones aparece disfrazada de cansancio emocional, desmotivación o una rutina que se percibe vacía.
En personas adultas —especialmente después de los 35 años— esta experiencia puede intensificarse por separaciones, cambios de vida, migraciones, exigencias laborales o la percepción de que las oportunidades afectivas disminuyen con el tiempo. La combinación de responsabilidades y reducción de redes sociales cercanas vuelve más visible la necesidad de conexión.
Recuperar el encuentro
Frente a este panorama, la respuesta no está en tener más actividades ni en sumar contactos digitales. La clave está en reconstruir vínculos reales y significativos.
● Algunas acciones sencillas pueden marcar diferencia:
● Priorizar encuentros presenciales y tiempo de calidad.
● Abrir conversaciones más profundas, más allá de lo cotidiano.
● Permitirse pedir apoyo sin vivirlo como debilidad.
● Buscar acompañamiento terapéutico cuando la sensación de vacío persiste.
Un fenómeno que nos involucra a todos
La soledad urbana dejó de ser una experiencia individual aislada. Hoy es un fenómeno social que atraviesa edades, profesiones y estilos de vida. Reconocerlo permite comprender que sentirse solo no es un fracaso personal, sino una señal de la necesidad humana de conexión y reconocimiento.
Hablar del tema en medios de comunicación, escuelas, espacios laborales y familias ayuda a desestigmatizar esta vivencia y abre la posibilidad de construir comunidades más cercanas.
En una época marcada por la velocidad, la hiperconexión digital y la exigencia de autosuficiencia, quizá el desafío más importante sea volver a lo esencial: mirar al otro, escuchar con atención y permitirnos ser vistos.

