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En días recientes el CEO de Rolex le obsequió a Donald Trump un enorme reloj de oro y un lingote de oro puro. El evento se normalizó como si le hubieran obsequiado una caja de chocolates, pero habla mucho de la nueva ética prevaleciente en la vida pública estadunidense. En otro tiempo el incidente hubiera detonado un escándalo, desde luego internacional, pero sobre todo en la política doméstica y los medios de comunicación norteamericanos. Revela cuánto ha cambiado la percepción de los estadunidenses sobre su mandatario y cómo se han acostumbrado a sus excentricidades.
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“Espiritismo. Invocando a nuestras ancestras” 25 y 28 de noviembre
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Noviembre es el mes de concientización sobre la prevención de diabetes
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Trump y Xi Jinping hablan por teléfono acerca de diversos temas
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Ingenieros en Mecatrónica del Tec de Monterrey, en colaboración con Siemens y Universal Robots, presentaron la primera demo funcional en América
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Trump dijo que visitará Beijing en abril y organizará una visita de Estado para Xi más adelante en 2026
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TROOM, dispositivo médico interactivo e inmersivo certificado por Cofepris
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La secretaria del Bienestar presentará su informe el próximo miércoles
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La iniciativa enviada por la presidenta centraliza el control del agua, criminaliza a productores y permite multas de hasta 7 millones de pesos y penas de hasta 12 años de cárcel
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Las marchas de noviembre han pasado; quedan su eco y algunas preguntas. Sirvieron para convertir el hartazgo en agenda pública, desnudaron pretensiones de unos y reflejos autoritarios de otros, y demolieron juicios fáciles: no hay apatía, hay hartazgo.
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Consideremos algunas escenas habituales en la Ciudad de México de mediados del siglo XX. En las casas de actores, cineastas o fotógrafos –como las de Dolores del Río o Emilio “El Indio” Fernández– era frecuente encontrar una mezcla que hoy parecería improbable: pintores, escritores, músicos, diplomáticos, miembros de la farándula y estrellas del cine nacional e internacional que pasaban por la capital. En la televisión abierta, cronistas como Salvador Novo –y otros miembros de la vida literaria– ocupaban espacios privilegiados para hablar de literatura o historia. Eran tiempos en que la cultura respiraba en un solo espacio, donde lo popular y lo intelectual no se repelían, sino que se enriquecían mutuamente.
