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29 junio 2021
Daniela Suárez Roel
Columnas

MIRADAS MIMETIZADAS

“Una forma de inducir un estado alterado de conciencia de una manera muy sana”.

Cuando comprendo tu mirada escucho tu verdadera voz.

Alejandro Lanús

Se dice que los ojos son la ventana al alma y lo creo posible, porque estoy segura de que una mirada puede parar el tiempo y congelar el mundo. Somos muy afortunados al poder no solamente ver a los ojos a alguien, sino también mirar adentro de esos dos abismos que parecen galaxias. Esos abismos llenos de sueños, de anhelos, de alegrías y de tristezas. Las miradas nos transportan a otras dimensiones y bien lo supo la artista Marina Abramović, quien en 2010 se presentó en el MoMa con un performance de larga duración llamada The Artist Is Present (“El artista está presente”).

La obra se inspiró en su creencia de que alargar la duración de una actuación más allá de lo esperado sirve para alterar nuestra percepción del tiempo y fomentar un compromiso más profundo con la experiencia.

Por casi tres meses la artista serbia se sentó durante ocho horas diarias a esperar a que la gente tomara turnos frente a ella en una silla y la mirara fijamente a los ojos. Marina tuvo la fortuna de toparse con la mirada de mil desconocidos, muchos de los cuales se conmovieron hasta las lágrimas. De su experiencia ella comentó que le sorprendía mucho la necesidad de los humanos de realmente tener contacto.

Por su lado, un sicólogo italiano llamado Giovanni Caputo también quiso explorar el poder de la mirada a través de un experimento. Él creía que había encontrado una forma muy sencilla de inducir un estado alterado de conciencia de una manera muy sana: que dos personas se miraran a los ojos por diez minutos. Y lo comprobó. Las sensaciones que logró en los voluntarios semejaron una disociación (cuando las personas pierden su conexión normal con la realidad) entre las sensaciones: se puede experimentar el sentimiento de que el mundo no es real, pérdida de memoria y percepciones extrañas como ver al mundo en blanco y negro.

Intención

Para su experimento Caputo puso en parejas a 20 personas (15 de ellas mujeres). Cada par se sentó a un metro de distancia en un cuarto con luz tenue. El experimento consistía en que las personas se miraran a los ojos por diez minutos mientras tenían expresiones faciales neutrales. Otro grupo de 20 personas hizo lo mismo, pero en vez de mirar a los ojos a alguien se sentaron viendo a la pared. Una vez que terminaron los diez minutos los participantes llenaron tres cuestionarios: el primero fue acerca de estados de disociación, otro acerca de la cara de la persona que les tocó enfrente y el último acerca de su propio rostro.

Los resultados fueron los siguientes: los participantes que miraron a otra persona a los ojos salieron más altos en los cuestionarios de disociación. Por ejemplo, dijeron que se redujo el color en el ambiente, los sonidos se volvieron más bajos, se desorientaron y el tiempo pasó más lento. Además, 90% dijo que los rasgos del otro se empezaron a deformar, 75% aseguró que comenzó a ver a un “monstruo”, 50% empezaron a verse a sí mismos en el otro y 15% dijo haber visto a un conocido en la cara del otro. En verdad, para el experimento esta era la intención del sicólogo: crear disociación en los participantes que miraron a otros a los ojos. Y vaya que lo logró.

Si bien la idea del experimento era nada más algo explicativo para ver si uno se disocia a través del otro, yo en lo personal me quedo con lo poético: una mirada tiene el poder de introducirnos a un mundo ajeno donde todo es posible y a la vez nada es real.

Es un lugar ominoso donde nos reflejamos el uno en el otro y nos mimetizamos por fragmentos que quedarán escritos en gotas de silencio.