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29 julio, 2020
Guillermo Fárber
Columnas

HONG KONG

Una más de las obligaciones de un empresario de verdad es mantener vigilados sus conductos financieros.

Me cuenta un amigo muy vital, de la cuarta edad, que a mediados de los ochenta (hace unos 35 años) él mantuvo en Hong Kong una pequeña empresa de ensamblaje más o menos global, con oficinas de ventas aquí en México y en Los Ángeles. ¡Era un auge asombroso y el negocio iba de perlas! El impuesto sobre los ingresos era de 19%, como lo sigue siendo en el Reino Unido (en México es hoy de 30%; el promedio de la OCDE es 21.8%), y era ultrafácil de pagar: no había esa nube de “impuestos especiales” que tanto complican la contabilidad y las finanzas.

Todos los movimientos financieros de la empresa él los hacía a través de un banco inglés de mediano tamaño (cartas de crédito, depósitos, traspasos internacionales, descuentos, etcétera).

Un día mi amigo leyó en un periódico que su banco había cerrado una sucursal en equis país. Esa noticia le generó un chispazo instantáneo. En ese momento mi amigo tomó el teléfono, llamó a su socia en California, le explicó brevemente el problema y le pidió que fuera de inmediato a Hong Kong a sacar los fondos rumbo a una cuenta más segura en otro banco.

Quiebra repentina

Ella salió corriendo al aeropuerto y voló a Hong Kong (unas 14 horas más los tiempos perdidos en los aeropuertos y en los traslados). Llegó a la sucursal del banco un día después, tan solo para encontrarse con un cartel pegado en la puerta que avisaba que el banco había clausurado operaciones. El tipo perdió de un día para otro, de un solo golpe inesperado e inmerecido, todo el dinero de la empresa. Ese fue el segundo mayor golpe financiero de su vida (no te contaré del primero, muy interesante pero que no viene al caso).

Siguieron meses de abogados (con sus inevitables promesas y facturas exorbitantes), class-action-lawsuits, viajes, costos, reclamaciones, esperanzas fallidas, bilis, frustraciones, noches de insomnio, etcétera. Finalmente mi amigo tuvo que aceptar la amarga realidad: había perdido todo su capital de trabajo y el gobierno inglés lo había dejado en la estacada (todavía la isla china era dominio británico).

Mi amigo descubrió de mala manera que la “libertad” comercial del enclave no estaba protegida por las leyes. Y el sistema legal que regía en la isla en ese momento era el británico, no el chino. Quizá deberíamos tener esto en cuenta ahora que la China comunista lucha por imponer ahí su hegemonía.

También descubrió mi amigo que lo único cierto en este mundo es la incertidumbre y que una más de las obligaciones de un empresario de verdad es, personal e institucionalmente, mantener vigilados sus conductos financieros y no depender de que “alguien” allá arriba y lejos se encargará de velar por que eso funcione bien.

Como decían los viejos: “El que tiene tienda, que la atienda”.