Yo ruido | Óleo sobre lienzo, 30x25 cm.
Juan Carlos del Valle
10 marzo, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

AL PÚBLICO

El mundo necesita audiencias involucradas, exigentes e inquietas.

Al visitar hace poco la taquillera exposición de un artista internacional en uno de los museos de arte contemporáneo más celebrados de la Ciudad de México rememoré la vez que me llevaron hace años a una discoteca: cientos de personas en tropel rogándole ansiosamente a un elemento de seguridad prepotente y en control de una cadena para que por favor les permitiera pagar una entrada carísima con tal de pasar unas horas en un lugar de moda que todos aplaudían porque se suponía que era divertido e imperdible pero donde lo que había, más bien, era pretensión, pose y mucho ruido sobrevalorado. La experiencia fue deshumanizante e incómoda y el único alivio para muchos parecía ser la toma compulsiva de fotos y el consumo de sustancias tóxicas.

En cuanto llegamos al museo nos acorralaron para echarnos una retahíla mal encarada sobre sus muchas prohibiciones. Desde ese momento y hasta el final de la visita el personal se encargó de asfixiarnos con restricciones, instrucciones y unifilas: no suba por aquí, camine por allá, péguese a la pared, aléjese, espérese, no puede hacer esto, no está permitido lo otro, quítese los zapatos y póngase estas fundas para pie que alguien más se acaba de quitar. ¡Pobres de los que no traían calcetines!

Yo, que no disfruto de prohibiciones, imposiciones e instructivos cuando son requisito para “disfrutar de la experiencia del arte”, me quedé reflexionando sobre el trato déspota y arrogante que habíamos recibido ese día a cambio de nada y de qué manera la forma también es fondo. Y más allá de un sentido de hospitalidad básica y respeto al visitante que pudiera esperarse de una institución que cobra 100 pesos por cada boleto, encuentro que el cuestionamiento más profundo tiene que ver, por un lado, con el hecho de que algunos museos parecen haber olvidado para quién está dirigida, puntual y prioritariamente, su labor; y, por otro lado, con la falta de conocimiento que tiene el público de su propia importancia y responsabilidad.

Compromiso

Y es que el arte necesita de una audiencia y el ciclo de una obra solo puede completarse cuando es compartida con el espectador. Es gracias al público que puede consumarse el proceso de comunicación artística y ocurrir un encuentro íntimo entre el artista y el otro. Mucho se habla en el arte contemporáneo sobre la obra de arte abierta: aquella donde la pieza deja de ser un producto para ser un evento y el espectador es parte importante en la creación de significado. La obra entonces no es una simple cosa sino un acontecimiento que ocurre entre artista y espectador.

Ahora bien, este acontecimiento, esta creación de significado artístico y esta intimidad no puede ocurrir cuando los museos amedrentan a los visitantes, los tratan como un número y les ofrecen contenidos huecos e ininteligibles, o cuando el espectador, enajenado y extraño a su propio valor, se conforma con lo que hay sin cuestionar demasiado y transita los espacios museísticos en estado de ausencia. Es decir, está más preocupado por tomarse una selfie con la obra inmersiva y espectacular del momento que por preguntarse si aquello que está experimentando tiene algún significado, alguna trascendencia, lo lleva a reflexionar sobre algo o alimenta su alma o intelecto. Y es que parece que, a pesar de estar expuesto a la mayor cantidad de información de la historia de la humanidad, nunca antes el público había estado tan confundido y tan excluido.

Así pues, ¿qué ocurriría si el público se hiciera consciente de su importancia? ¿Si entendiera cabalmente el rol crucial que juega en el ciclo creativo y se empoderara desde ahí? ¿Exigiría a los museos mejores contenidos? ¿Seguiría caminando por sus salas tomando fotos como en  piloto automático y aceptando pasivamente la condescendencia de los curadores y el maltrato del personal?

Frecuentemente se habla de la responsabilidad del artista hacia la sociedad pero se reflexiona poco sobre el compromiso del espectador. El mundo necesita audiencias involucradas, exigentes e inquietas; un público que no se asuma meramente como un número más o como un instrumento para llenar los bolsillos de corporaciones, artistas-empresarios y galeristas; que no pase por los museos de forma distraída, pasiva y ausente. La responsabilidad de la audiencia trasciende el buen comportamiento protocolario: no tocar las obras, mantener distancia o quitar el flash. La responsabilidad fundamental de la audiencia es el ejercicio del pensamiento libre, crítico e individual.