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29 junio, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

A LOS COLECCIONISTAS

El coleccionismo es la labor incansable de toda una vida de atesorar arte.

Los largos días de confinamiento han constatado que el arte es una necesidad humana elemental. En tiempos donde prevalecen la incertidumbre, el miedo y la angustia, es a través del arte que sanamos nuestro espíritu y conectamos con nuestra propia humanidad; en los espacios de la ficción que abren la música, la pintura, la poesía, el teatro o el cine encontramos libertad, incluso estando encerrados. Y sin embargo, a pesar de que el arte ha estado más cerca que nunca gracias al trabajo de los artistas —a menudo ofrecido de manera gratuita en diversas plataformas en línea—, la realidad es que pertenecemos a una sociedad que no encuentra valor en el arte.

Así lo comprueba una encuesta realizada recientemente por una publicación singapurense. Al preguntar a la gente sobre cuáles son en su opinión los trabajadores más esenciales para la sociedad y los menos, resultó que los artistas —de acuerdo a un abrumador 71% de los encuestados— son los menos necesarios.

Esta noción provoca que en tiempos de crisis sanitaria, económica, política y social lo primero que se desproteja sea el arte. La mayoría de los gobiernos alrededor del mundo desestiman abiertamente su importancia y se muestran poco dispuestos e incapaces de garantizar la supervivencia e integridad de las instituciones culturales. Pareciera que mientras el artista está ahí para apoyar a la sociedad, ella en cambio no está ahí para apoyar al artista.

Partiendo de la premisa de que solo se invierte tiempo, dinero y energía en aquello que se considera útil, no puedo evitar reflexionar sobre el papel fundamental de quienes, a diferencia de la mayoría, sí encuentran en el arte un valor: los coleccionistas, “los hombres más apasionados del mundo”, en palabras de Balzac. Hoy, más que nunca, son los coleccionistas quienes han de asumir generosamente su responsabilidad vital en la continuidad del ciclo de la creación artística, pues ¿qué será del devenir del arte si el artista no puede vivir de su trabajo?

Deleite

Es necesario romper el mito según el cual el verdadero coleccionista debe ser millonario. La conocida historia de Herb y Dorothy Vogel revela lo contrario. Con sus modestos ingresos de trabajador postal y bibliotecaria la pareja amasó a lo largo de 45 años una de las colecciones más importantes de arte norteamericano de posguerra, la cual finalmente donó en vida a la National Gallery para que el público pudiera disfrutarla. Este caso ilustra la esencia del coleccionista auténtico, que nada tiene que ver con motivaciones frías y racionales como especulación, asesores amañados, aspiraciones de estatus social o retorno de inversión, sino con un genuino deleite de descubrir obras de arte, una voluntad permanente de seguir formándose y aprendiendo, un interés real por conocer artistas y especialistas y construir relaciones de amistad duradera con ellos. El coleccionismo es la labor incansable de toda una vida de atesorar arte y ponerlo en valor y una pasión que se hace extensiva al compartirse con el público. El retorno económico no debe ser el interés primario del coleccionista sino que viene como un efecto colateral de esa actividad tenaz y congruente.

En contraste, es penosamente común encontrar compradores de arte siempre en busca de compras de oportunidad, que se sienten perfectamente cómodos regateando el precio de una obra de arte, alardeando triunfales cuando logran obtener algo barato e indiferentes a la contradicción de ser coleccionistas de arte para quienes la generación de valor no es importante, y que desde ese desinterés devalúan también, paradójicamente, sus propias colecciones.

Es en los auténticos coleccionistas en quienes en buena medida —y hoy con más razón que antes— recae la esperanza de la subsistencia del mercado del arte y, por lo tanto, de los propios artistas. Y aunque es posible, y muchos lo hacen, aproximarse al mundo de la compra de arte desde una actitud especuladora, utilitaria, manipuladora, interesada, fraudulenta y mezquina, el verdadero retorno de la inversión en arte, el cual va mucho más allá de lo económico, nunca va a encontrarse en esos canales. Necesitamos urgentemente de los coleccionistas de corazón, para quienes coleccionar no sea una mera inversión sino una vocación, un compromiso de toda la vida, fincado en la conciencia, la responsabilidad y el convencimiento profundo de que el arte importa y de que el artista es un trabajador esencial.