Entre los mil cuadros, Óleo sobre lienzo, 30 x 40
Juan Carlos del Valle
01 mayo, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

CINE Y ENCIERRO (1)

No dejan de ser inquietantes las consecuencias adversas del encierro.

Gran parte del mundo está paralizado. El bullicio propio de la vida cotidiana está silenciado. Millones de personas esperan dentro de sus casas a que pasen los días críticos del contagio. Las teorías de conspiración y las noticias falsas se suceden unas a otras buscando explicaciones y remedios ante esta realidad. ¿Cuánto tiempo tardaremos en volver a la previa normalidad? ¿Dos semanas más? ¿Varios meses? ¿Volveremos alguna vez? Algo sabemos, y es que del otro lado de la cuarentena nos espera un mundo diferente. Hasta entonces, los que podemos, seguimos aguardando y mientras eso sucede el confinamiento revela la naturaleza humana en toda su complejidad y la pone a prueba.

Estar encerrados atrofia radicalmente nuestra movilidad y trastorna las interacciones sociales acostumbradas: algunas se han vuelto demasiado distantes y reducido a intercambios digitales y otras demasiado cercanas al tener que compartir el espacio con las mismas personas 24 horas al día. Esto inevitablemente revela nuestras aristas más conflictivas, que en condiciones normales permanecen veladas tras las múltiples distracciones de la cotidianidad. El arte ha retratado este fenómeno en muchas ocasiones y los días de cuarentena han sido la oportunidad perfecta para revisar algunas películas que exploran, a través de metáforas o de duros relatos, los efectos y las causas del confinamiento y el aislamiento.

En El ángel exterminador (1968) Luis Buñuel plantea un encierro inverosímil e inesperado, sin explicación lógica sobre sus causas, barreras físicas que lo impongan o indicios sobre su duración. “Calma ante todo, señores. Peor que el pánico no hay nada. Una situación como esta no puede durar indefinidamente”, declara con ecuanimidad uno de los cautivos. Este confinamiento surrealista revela los comportamientos primarios e instintivos de un grupo de aristócratas frívolos y disipados ante una situación que ninguno de los personajes sabe manejar o alcanza a comprender.

Roman Polanski en Repulsión (1965) expone el aislamiento impenetrable que comienza dentro de nosotros mismos. “¿Qué has hecho estos tres últimos días?”, le pregunta una amiga a Carol, la protagonista. “Nada. Quedarme en casa”, responde ella. “¡Eso vuelve loco a cualquiera!” En Repulsión el encierro sicológico se expande hacia la casa, la cual se transforma en una prisión de cortinas corridas y puerta tapiada; en una tumba que sepulta la vida. Teléfonos, timbres y campanas de iglesia suenan insistentemente como recordatorio de que hay un mundo exterior que quiere entrar, pero la realidad, aunque lucha por asomarse, se hace cada vez más lejana, confundiéndose y diluyéndose en la arrolladora demencia.

Encierros

Flores en el ático (1987), de Jeffrey Bloom, es la historia del encierro de cuatro hermanos en un ático, impuesto y mantenido a base de mentiras, justificado desde una promesa de seguridad y bienestar que nunca llega, dispuesto por su madre viuda quien, lejos de ofrecerles cuidados y protección, toma el aparente camino fácil pretendiendo que no existen e intentando rehacer su vida sin ellos.

Otra historia estremecedora es la que se muestra en El castillo de la pureza (1973), de Arturo Ripstein, con base en un inconcebible caso real. En un intento por conservar la pureza de su familia y protegerla de la enfermedad y depravación del mundo exterior un hombre —el verdadero enfermo— encierra a su esposa e hijos dentro de su propia casa durante más de 18 años. Lo que sucede puertas adentro es un despliegue de conductas violentas y abusivas, sometimiento, imposición, control y manipulación.

De experimentar la cuarentena surgen profundos sentimientos de compasión y empatía con todos estos personajes e historias. Más allá del exhibicionismo de confinamientos glamurosos en redes sociales y de la necesidad de seguir las recomendaciones pertinentes con el fin de contener y mitigar los efectos de la pandemia, no dejan de ser inquietantes las consecuencias adversas del encierro, el cual silencia, desarticula y somete a la sociedad, enferma el cuerpo y la mente de los individuos, empobrece los bolsillos y agrava la violencia doméstica. Y una vez terminado este confinamiento espero que también haya la posibilidad de atrevernos a superar otra clase de encierros: sicológicos, sociales, políticos, económicos y religiosos, que nos atrapan igual que si de cuatro paredes se tratara.