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Juan Carlos del Valle
18 mayo, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

CRÓNICA DE UNA PANDEMIA

Esta pandemia, como muchas otras en la historia, llegó sin avisar.

El primer comunicado sobre el nuevo coronavirus llega desde China. Es una noticia lejana, su gravedad todavía incierta, ajena. Los grandes pilares institucionales del sistema artístico mundial —ferias, museos y galerías— comienzan a cerrar y a cancelarse indefinidamente, indicio de que algo debe andar muy mal. En México, mientras que algunos precavidos empiezan a usar tapabocas, multitudes entusiastas siguen asistiendo a manifestaciones y conciertos.

Unos mandatarios cierran las fronteras de sus países y ejercen un control extremo sobre la población, a la vez que otros están en negación, se mofan y promueven la actividad cotidiana. Los mercados reaccionan a las actitudes dispares de quienes mueven los hilos. El nerviosismo crece al ver las noticias que vienen de Italia, de España, de Francia. Si eso está pasando en Europa, ¿qué nos espera aquí?, algunos empiezan a preguntarse, preocupados.

Se notifica sobre los primeros brotes en México, ¡a mantener sana distancia! No más reuniones, no más abrazos. Son pocos casos todavía. ¿Es cierto que son pocos o eso nos están diciendo? El escepticismo hace que muchos empiecen a guardarse en sus casas, voluntariamente. El miedo se convierte en pánico, se acaba el papel higiénico. Los negocios y las empresas mandan a sus equipos a trabajar desde casa: se implantan las juntas virtuales y hay que acostumbrarse a una nueva forma de trabajo. Y de vida.

Miles de vuelos cancelados y en el cielo ya solo pájaros. Baja el ruido, sube la consternación. Celebridades de Hollywood cantando Imagine desde sus mansiones mientras otros desconocidos lo hacen desde sus balcones.

Algunos alardean en redes sociales sobre su maravillosa cuarentena: ejercicio, cocina, rompecabezas y mucho alcohol —hashtag #QuedateEnCasa—. Una tragedia malentendida como vacación. Y al mismo tiempo, fuera del cobijo de las casas, las calles están cada vez más desérticas y mucha gente se queda rápidamente sin sustento, la amenaza del virus es el menor de sus problemas. ¿Pero cómo tender la mano al otro sin poder tocarlo?

Esperanza

No hay nadie que no tenga una opinión, un juicio. Surgen las teorías de conspiración y los remedios milagrosos: alcohol, agua caliente, nicotina o —el colmo— ingerir productos de limpieza. Indicaciones y contraindicaciones: el tapabocas no sirve de nada, el tapabocas puede salvar tu vida. Hay que lavarse las manos, cuatro, 20, 100 veces al día. Y no olvides lavar el jabón y desinfectar el desinfectante. La neurosis se intensifica, así como la condena para quien osa asomar la nariz más allá de su puerta. Las noticias falsas sofocan a las verdaderas. Todas agobian, confunden. ¿Quién está a cargo? ¿Quién sabe qué hacer? ¿Los científicos, los políticos? La comida a domicilio es ahora el pan de cada día. Ya no hay camas, ya no hay ventiladores. Claustrofobia e incertidumbre: ¿cuándo podremos salir? ¿Cuánto tiempo se va a sostener esto?

Los artistas están en silencio: ¿trabajando, sobreviviendo? No puede haber futuro sin cultura, manifiesta el director de la UNESCO. Y aun así disminuyen los apoyos al sector cultural. La creatividad y la concentración, mermadas; la economía que sostenía el precario mercado del arte, desplomada.

La impaciencia y los prejuicios crecen. Hay manifestaciones de personas que exigen que las dejen salir, que les permitan trabajar. Y lo insólito: aumentan las agresiones a los médicos y enfermeras; los taxis no los quieren llevar, los desalojan de sus casas, no les venden comida, les avientan cloro, les escupen. Ellos por su lado: agotados, rebasados, sin material de trabajo, poniendo la vida en peligro para salvar extraños. Y la gente sigue muriendo. Hay aplicaciones que llevan el conteo segundo a segundo. Nadie se quiere morir.

La única certeza desde el nacimiento es la muerte. La vida nunca ha estado garantizada, pero el coronavirus nos enfrenta contundentemente a su fragilidad y su valor. El Covid está transformando el mundo con una rapidez vertiginosa ante nuestros propios ojos y aunque se descubra una vacuna o algún medicamento eficaz, no se atisba un regreso a la vida de antes. Al mismo tiempo, todos lo sabemos, el confinamiento no puede ser permanente.

Esta pandemia, como muchas otras en la historia, llegó sin avisar. Increíblemente, las pandemias anteriores no le han dado a la humanidad las herramientas o el conocimiento necesarios para hacer frente a una situación como esta. La prueba está en que no ha habido medidas preventivas sino reactivas; los gobiernos no han sabido cómo responder y los sistemas sanitarios están colapsando. Así, ¿cómo enfrentar, no solo la pandemia, sino la vida misma en adelante? Si en lo colectivo no ha habido ningún aprendizaje, en la toma de conciencia individual —y su contagio— está la única esperanza.