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Juan Carlos del Valle
15 junio, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

CUANDO EL ARTE SANA

El ego es siempre miedoso y todo miedo es miedo a la muerte.

Siempre me ha parecido atractivo conformar y colaborar en proyectos independientes cuya autonomía permite mayor libertad creativa y discursiva, pone en crisis juicios y estereotipos implantados, desafía certezas y genera reflexiones frescas e inesperadas.

Fui convocado recientemente a participar en una iniciativa que consistió en una colaboración con el Centro Médico ABC, la historiadora del arte Pilar Alfonso y un grupo de ocho artistas: Boris Viskin, Berta Kolteniuk, Pablo Rulfo, Magali Lara, Gustavo Monroy, Fernanda Brunet, Perla Krauze y yo.

La premisa era simple: se enviaría un mensaje, desde el arte, a los profesionales de la salud, los enfermos y la sociedad en general. Con este propósito cada uno de los artistas participantes debíamos seleccionar y mandar la imagen de una obra de nuestra autoría, acompañada de un video corto —casero, sin necesidad de producción, dada la situación— en el cual compartiríamos algún pensamiento que consideráramos relevante y oportuno en el contexto de la pandemia global. Todo el material se compilaría, editaría y difundiría a través de un sitio web a manera de experiencia virtual que integraría tanto el video como una galería con las obras (www.artequesanaabc.com).

A diferencia de otros proyectos paralelos en los cuales diferentes instituciones estaban pidiendo a los artistas que regalaran su obra, en este caso únicamente nos instaban a donar un poco de nuestro tiempo y alguna reflexión personal que potencialmente hiciera una diferencia en el ánimo y el corazón de quien la escuchara.

Modelo

La respuesta al proyecto fue sumamente positiva e inevitablemente me hizo reflexionar, una vez más, sobre las posibilidades y el alcance del trabajo realizado al margen del acostumbrado andamiaje institucional del arte. Es decir, prescindiendo de trabas burocráticas, comités arbitrarios, restricciones presupuestales, agendas saturadas, luchas de intereses o parafernalias de relaciones públicas. Fue suficiente voluntad, espíritu de colaboración y profesionalismo para lograr una iniciativa artística significativa que resonó en el corazón de mucha gente e hizo sentido también para nosotros, los artistas.

Fue muy revelador ser testigo del desconcierto de varios comerciantes de arte que no alcanzaban a entender un proyecto cuya motivación era emocional y no económica, donde el concepto radicaba en darse, no en pedir, y en el cual las obras no estaban a la venta. La paradoja es que, sin estarlo buscando, el proyecto despertó incidentalmente el espíritu altruista de varias personas que manifestaron un interés genuino en donar a la Fundación ABC o contribuir adquiriendo algunas de las obras exhibidas en la muestra virtual, interés que quizá desemboque más adelante en la organización de una venta formal.

La pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia la existencia de otra pandemia mayor y más grave: la del egoísmo. El ego es siempre miedoso y todo miedo es miedo a la muerte. Es por eso que, a pesar de que los seres humanos somos los mayores depredadores de la historia de este planeta, responsables de la extinción de miles de especies animales y vegetales, así como del deterioro progresivo del mundo, estamos aterrados de este virus que no podemos ver, no entendemos ni sabemos controlar. Y en torno de esa ilusión de control hemos construido estructuras institucionales cuyo principio rector es, en el fondo, el miedo.

En estos días, como es natural, se habla obsesivamente sobre formas posibles de sanar. Sin embargo la verdadera sanación no podrá venir nunca del canal del miedo sino que necesariamente debe originarse en el amor. Es en este sentido que el arte concebido y trabajado desde la conciencia tiene la capacidad de sanar. Solo desde ahí es que el arte puede ser un auténtico modelo de libertad y el impulso creativo ser equivalente al ímpetu de la vida misma. El arte puede y debe trascender los protagonismos y las aspiraciones de fama y fortuna, ser un camino para amar y respetar al otro en vez de temerlo y así contribuir a desmantelar estructuras deshumanizantes e injustas. El arte tiene la posibilidad de recordarle a la humanidad lo mejor que hay en ella misma, es decir, su capacidad de crear y recrearse, de reinventarse, de reponerse, de perseverar, de unirse y de crecer. Arte que sana partió de estos principios. Y ya nada más el acto de compartirlos resultó, en sí mismo, un necesario bálsamo sanador.