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Juan Carlos del Valle
27 julio, 2020
Juan Carlos del Valle
Columnas

LA TRAMPA DEL ÉXITO

Es precisamente la búsqueda obstinada y automatizada del éxito la que anula la posibilidad de ser feliz.

Al hablar de éxito invariablemente relucen tópicos como logros profesionales, dinero, relaciones personales, reconocimiento, fama o poder. Sin embargo el concepto de éxito es tan relativo como cambiante en función a los valores de cada individuo y su contexto geográfico, histórico y sociocultural. Más aún, es muy probable que una vida exitosa tenga un significado distinto e incluso contradictorio para una misma persona dependiendo del momento o lugar en que se encuentre. A pesar de la ambigüedad en torno de la noción de éxito algo queda claro y es que la sociedad nos enseña que debemos aspirar a él, aunque no sepamos exactamente a qué se refiere o los costos que tiene.

En el ámbito del arte contemporáneo lo que se sacrifica es el arte mismo. Y es que el éxito de un artista contemporáneo se mide conforme a una imagen apuntalada y comunicada desde la fama y el dinero, sin importar que sea la obra de arte lo único que puede perdurar en el tiempo y trascender los cánones bajo los cuales fue concebida e incluso al propio individuo que la creó. Según este esquema, para los artistas de hoy es indispensable tener una galería con proyección internacional que los represente, posicione y legitime a través del visto bueno de críticos y curadores, además de contar con el favor de los coleccionistas y con una multitud de seguidores en redes sociales. Así, la anhelada validación institucional que otorgan los museos y la academia llega a partir de esos elementos y no al revés, articulando un círculo que resulta más vicioso que virtuoso: la fama llama a más fama, el dinero a más dinero, el poder a más poder y, en fin, el supuesto éxito a más de lo mismo.

Se ha sistematizado, institucionalizado e implantado un modelo en el cual los parámetros de éxito aceptables para un artista son equivalentes a una serie de factores que nada tienen que ver con el arte mismo. Ni la popularidad ni un abundante mercado ni la legitimación de las instituciones, obtenida desde esos canales, son indicadores de gran arte, pero sí de gran éxito.

Priorizar

Son muchos y muy conocidos los que deciden perseguir estos objetivos a costa ya no solo del arte sino de su propia humanidad. Es larga la lista de artistas contemporáneos connotados que recurren al escándalo, el abuso, el plagio, el bullying, la manipulación o la mentira con tal de llegar a una cima arbitraria que está asentada, en última instancia, sobre los intereses económicos de unos pocos. Es por eso que en el medio artístico proliferan los especialistas del espectáculo, las relaciones públicas y el mercado, a la vez que escasean los especialistas en arte.

Somos testigos y partícipes de un sistema que exalta y solapa el poder en vez del servicio, el espectáculo en vez del talento, los trucos publicitarios en vez de la excelencia artística, la popularidad en vez de la influencia, el dinero como un fin en vez de como un medio, los atajos en vez de la tenacidad, la inmediatez en vez de la trascendencia, el tener en vez del ser y las relaciones públicas en vez de un sentido de comunidad.

La dulzura del éxito, entendido de esta manera, es tramposa. Jorge Luis Borges escribió: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. La paradoja radica en que es precisamente la búsqueda obstinada y automatizada del éxito la que anula la posibilidad de ser feliz. El concepto comúnmente aceptado de éxito, además de ambiguo y cambiante, es ficticio y hace que la felicidad esté permanentemente condicionada al logro de resultados. Desde ahí, nunca habrá satisfacción, nada será suficiente, puesto que la línea de la meta es infinitamente móvil y cada logro llevará inexorablemente a la búsqueda del siguiente. La persecución del éxito está siempre destinada al fracaso. Es por eso que el modelo actual de éxito necesita caducar para dar paso a otro orientado ya no a la productividad a costa de todo sino a una vida más plena, consciente y responsable que permita a los seres humanos priorizar su crecimiento interior, su salud y el cuidado del planeta.