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19 abril 2021
Katia D'Artigues
Columnas

VIVIR EN MÉXICO: ESA CADENA DE ESTUPORES COTIDIANOS

Por estos días he recordado mucho una máxima que si no es del filósofo de Güemez merecería serlo: “Lo bueno de esto es lo malo que se va a poner”. Como ávida consumidora de noticias una pasa de estupor en estupor.

Ahora, para tener una línea telefónica celular, si continúa la iniciativa aprobada esta semana por el Senado, uno tendrá que entregar no solo su credencial de elector y su comprobante de domicilio sino sus datos biométricos: huellas digitales, iris de los ojos, tono de voz. ¡Todo!

Válgame, lo que no hemos logrado hacer con una verdadera Clave Única de Registro de Población( CURP) lo tendrá una base de datos llamada Panaut: Padrón Nacional de Usuarios de Telefonía Celular, que suena como una marca de coches.

La iniciativa recibió 54 votos a favor, 49 en contra y doce abstenciones de legisladores como Ifigenia Martínez, Napoléon Gómez Urrutia y Nestora Salgado… y algunas otras figuras legislativas que, como ya sabemos en estas votaciones, de pronto tienen una súbita necesidad de correr al baño. Por cierto, no se preocupe que la senadora panista Xóchitl Gálvez ya prepara un modelo de amparo para que no tenga que entregar sus datos y la oposición ya dijo que enviará una acción de inconstitucionalidad a la Suprema Corte.

¿Otro estupor? Bueno, pues esto de que la autollamada Cuarta Transformación anuncie que ya están en el proceso —es un decir— de cambiar unos 18 libros de texto gratuitos. Nuestro presidente defiende la iniciativa —al igual que la presidenta de la Comisión de Educación del Senado, Antares Vázquez— porque no existe la “educación neutra ideológicamente’”. Lo dijo la senadora de Morena: “Esa es una mentira neoliberal… No hay educación ideológicamente neutra”.

Vaya, vaya. Pues si de por sí ya comenzamos no haciendo caso a la ciencia en la pandemia (según un estudio encargado por la OMS nos hubiéramos podido ahorrar unos 190 mil muertos), sigamos con los libros de texto.

Ideas

Yo sé: ganaron las elecciones. Por 30 millones de votos. Nos lo han dicho hasta el cansancio, pero me urge leer que es esta parte “neoliberal” que sacarán de los libros con los que estudian nuestros niños, niñas y adolescentes.

Me recordó a George Orwell, quien también escribió La rebelión en la granja, una novela que un día también pareció citar nuestro presidente en algún spot de campaña donde criticaba que los partidos a veces postulaban a “vacas” o “burros” y ganaban. Bueno, aquí ahora quieren postular a un toro —sin cerca— que no respeta la ley “por poquito” y así se quiere salvar y amenaza a consejeros electorales.

Pero estábamos en Orwell, que me recordó en particular 1984, donde existía un Ministerio del amor, que aquí podría ser la “República amorosa”, con todo y sus mandatos para vivir bien o “Cartilla moral”.

Y el “Ministerio de la paz”, para rebautizar a nuestras Fuerzas Armadas que ahora, además de combatir delincuencia, siembran árboles, construyen aeropuertos (que tienen a un mamut en su logotipo) y son parte del Consejo General que define políticas y presupuestos en materia de investigación científica.

En una de esas podríamos implementar a la “Policía del pensamiento neoliberal”, donde todo aquel que se oponga —hasta con argumentos— a lo que diga la 4T es conservador. Aunque, bueno, ¿no estamos ya un poco ahí?

Son solo algunas ideas, que escribo con el afán de apoyar.

Por supuesto que 2006 (que es un dogma de la 4T) será declarado un año de fraude electoral. Y se trazará una visión de lo que pudo haber sido un pasado glorioso que no fue. Digo, si van a cambiar la fecha de la fundación de Tenochtitlán de 1325 a 1321 para que se pueda celebrar junto con los 200 años de vida independiente (y de paso le toque celebrarlo al presidente) qué más da. Aunque suena raro viniendo del mismo presidente que quiso cambiar los muy mexicanos puentes —lo convencieron de que no, por apoyo a la industria turística— porque los mexicanos ya no recordábamos bien nuestra historia ni qué celebrábamos ni cuándo.

A mí me da mucha tranquilidad que el encargado de la nueva redacción de los libros se llame Marx Arriaga Navarro, a quien no tengo el gusto de conocer, pero sí Juan Martín Pérez García, de la Red por los Derechos de la Infancia quien lo definió así: “Un personaje bastante extraño, no solamente por su mirada extraviada sino que siendo una persona con posgrados, según su currículum, tiene una narrativa más cercana a un chamán que se dedica a hacer limpias”.

Son tiempos de estupor cotidiano.