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08 noviembre 2021
Jorgina Gaxiola
Columnas

ANTONIO, MIEMBRO DE AA

“Después de esa noche no volvió a beber. Buscó ayuda y la encontró”.

La primera vez que Antonio probó el alcohol tenía doce años. Fue en 1952. Su tío Germán lo llevó a comer a una cantina con sus cuates. Entre ellos solo había una diferencia de nueve años. Era el hermano menor de su mamá, quien enviudó y había tenido que regresar a vivir a casa de sus padres. De tal manera que Antonio y Germán no únicamente vivían en la misma casa sino que compartían cuarto.

Germán era el consentido de sus padres. Era simpático, sencillo, alto, guapo y rubio de ojos azules. Estudiaba en la UNAM y tenía un futuro promisorio. Sus mejores amigos eran los hijos de las familias más ricas de México. Íntimo amigo de Miguelito Alemán y Toño Díaz Lombardo. Salían todos los días a tomar la copa y a conocer nuevas muchachas. Eran la crema y nata de la sociedad mexicana.

Antonio era una especie de mascota; apenas empezaba la secundaria. Muchas veces lo invitaban a salir con ellos; él escuchaba y admiraba las anécdotas de las aventuras del grupo. Autos nuevos, fiestas, corridas de toros, salidas con artistas e intelectuales.

Un día tuvo la oportunidad de sentarse junto a María Félix: no dejaba de mirarla. Ella lo miró de lado y le dijo: “¡Cierra la boca niño, que se te va a caer la baba!”

Con ese círculo de amigos fue como empezó a beber. Esa primera vez tomó doce caballitos de tequila, pero no se emborrachó. Trataba de mantenerse al nivel de los demás. Salida tras salida tomaba más y más.

Empezó a trabajar desde los 13, repartía periódicos. Quiso ser torero por su cercanía con Juan Silveti, pero su abuelo Fernando se lo prohibió. Le dijo que para ser torero tenía que “tener mucha hambre” y que en su casa ¡nadie tenía hambre!

Su madre se casó en segundas nupcias con uno de los hermanos Robles Gil, una de las familias más acaudaladas en la Ciudad de México. Antonio se quedó a vivir con sus abuelos, siempre resintiendo el abandono de su madre. Transcurrieron los años. Continuó estudiando y se tituló como arquitecto en la UNAM.

Batalla

Siguió saliendo con su tío, bebían todos los días. Antonio desarrolló la enfermedad del alcoholismo. Fiesta tras fiesta y mujeres tras mujeres, acabó perdiendo el control. Al principio era un alcohólico funcional: abrió su propio despacho de arquitectos. Hasta que finalmente perdió la batalla contra la adicción.

Como en muchas otras ocasiones, un día en una cantina se armó un pleito y los meseros acabaron dándole una paliza. Quedó tirado en la calle con la ropa destrozada, igual que la cara, la nariz rota y una botella reventada en la cabeza. La banqueta quedó empapada de alcohol y sangre.

Después de esa noche no volvió a beber. Buscó ayuda y la encontró. A los 32 años fue uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos (AA) en México.

Por 48 años no volvió a tomar un solo trago. Salvó a miles de personas que con su ayuda y su mensaje dejaron de beber, logrando reconstruir sus vidas.