Gaxiola.jpg
16 febrero 2021
Jorgina Gaxiola
Columnas

EL PEPENADOR

“Todos los días existe la posibilidad de que nos quiten lo que más apreciamos”.

En una visita a una colonia de Álvaro Obregón nos detuvimos en uno de los tiraderos de basura de una de las barrancas. Junto a nosotros iba pasando un señor; me preguntó si me estaba postulando a la alcaldía y se detuvo a platicar conmigo. Se llama José Luis y es pepenador. Su oficio consiste en recoger metales, vidrios, plásticos, cartones y papeles que encuentra entre la basura. Caminando y rascando entre los desperdicios consigue algunas chácharas para vender.

Luego de un rato hablando con él me enseñó lo que llevaba en su vieja bolsa. Había algunos resortes de algún colchón que arrojaron al basurero del que es vecino. Entre otras cosas también había fierros viejos y de un sofá abandonado obtuvo algunos pedazos por los que consideró le podían dar algunas monedas si los vendía a los pesaderos.

A diferencia de lo que el ciudadano común piensa la organización de la recolección de basura en la Ciudad de México es una de las más amplias y estructuradas. Erróneamente pensamos que los trabajadores revuelven todo dentro del camión de basura. Nada más falso.

Este sistema lo integran desde recolectores, pasando por choferes, barrenderos y ayudantes, hasta voluntarios que obtienen sus ingresos de la separación de materiales.

Los pesadores son quienes compran los artículos que les venden los pepenadores a precios extraordinariamente bajos. Sin embargo, dependiendo de la relación que tengan con el líder de la zona, pueden ganar desde 40 a 100 pesos diarios aproximadamente.

El negocio de quienes le ponen precio a la basura consiste en almacenar los desechos por varios días para luego vendérselos a las empresas de la industria de materiales reciclables.

Contrastes

José Luis nos escuchó hablando de la inseguridad. Estábamos en una de las calles aledañas a la avenida principal, una de esas bajadas por las que corren los ladrones luego de asaltar a la gente allá arriba.

Como muchas de las personas con las que hablamos ese día me contó que el problema de la inseguridad también se debe a que no hay cámaras de vigilancia suficientes; mucho menos en las escaleras que conectan con el fondo de la barranca. Cansado de que lo asalten, lo ataquen y le roben lo que logra vender, me dijo que las autoridades deben ayudar a los vecinos a que se instalen más cámaras del C5 para que la policía pueda identificar a los ladrones.

En ese momento pensé: ¿qué le pueden robar a un pepenador?, ¿qué tipo de persona puede asaltar a José Luis?, ¿qué más le pueden quitar?

No dejo de pensar en su situación. Entre su vida y la mía no podría existir un abismo más grande, pero así se vive en Álvaro Obregón, una de las alcaldías (municipios) con mayores contrastes del país. Su vida y supervivencia debe ser un ejemplo para todos nosotros.

Mi vocación es la de ponerme en sus zapatos, tener empatía: mi oficio es el de dar solución a la inseguridad y violencia en la que vive. Tanto para él, como a cualquiera de nosotros en la demarcación, todos los días existe la posibilidad de que nos quiten lo que más apreciamos: nuestra integridad y nuestra seguridad.

Para mejorar debemos ayudarnos mutuamente. Debemos salir adelante trabajando juntos. El cambio empieza entre nosotros, entre los vecinos.

Pregón común: “Se compraaan colchoneees, tamboreees, refrigeradoreees, estufaaas, lavadoraaas, microondaaas o algo de fierro viejo que vendaaan…”

Bueno, pues ahora ya lo sabe, estimado lector: se los compran por unas monedas.