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27 septiembre 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

AY, EL AMOR

“Y cuando creo que no lo superaré nunca, de pronto recuerdo que no, que no es la primera vez”.

Soy una enamoradiza irredenta. Me enamoro fácil de una sonrisa, de una mano puesta en el lugar preciso de mi cintura. Un encuentro sexual o una plática intelectual fuera de todo límite, y de pronto ya coincido con el sujeto en cuestión habitualmente en mis pensamientos y su contacto con mi cuerpo, no importa qué parte de piel sea, ya me inunda la entrepierna (por eso es tan peligrosa para mí la fantasía de llegar sin ropa interior: con mis pezones delatores y mi vagina manantial es difícil mantener la secrecía del deseo).

Con el sujeto de esta historia empecé, digámoslo con sus escasas sílabas de copioso significado, por lujuriosa. Sí, yo lo busqué, yo me metí a su casa, le sonreí, le enseñé los calzones al cruzar las piernas en minifalda sobre el sillón de la sala. Fui yo la que sugirió los labios y él respondió a mi insinuación con la palma abierta en mi nuca.

El idilio que yo planeaba como sexo práctico con el vecino se convirtió en algo parecido al amor, aunque después develó su naturaleza de adicción. Nos hicimos adictos a la piel del otro, a la mirada del otro, al sexo del otro, a las palabras del otro, a las manos del otro, a las sonrisas del otro, a las largas llamadas telefónicas, a mi cabeza en su pecho, a sus dedos en mis tetas. A su alma haciéndole el amor a la mía a través de la epidermis.

Así pasó un mes, pasaron dos meses, tres meses. Pasaron más meses. Los celos, el intento de control, los interrogatorios, los gritos hicieron acto de aparición. El alcohol los hacía fluir como lava. Llegaron las lágrimas, los autorreproches, ¿por qué lo soportas?; las autopreguntas: si has trabajado tanto contigo para la paz y la felicidad, ¿por qué estar con alguien que te controla, que te cela, que te miente, que te maltrata con el pretexto del alcohol?

Resistencia

Y es que el amor era un amor tan bonito. Y es que las palabras eran tan bonitas, y es que en el afecto era tan atento, tan generoso en el amor —pero en el alcohol el afecto se evaporaba y aparecía el monstruo—, y es que el sexo era tan bueno, tan intenso, aunque a veces quedaban moretones en las piernas, aunque a veces la fricción ardía, aunque a veces sus dientes sucumbían ante la piel de mis labios, aunque a veces sus bromas dolían.

El amor cuando era amor era tan bonito que parecía un desperdicio borrarlo, ¿cómo, si cuando bueno era tan bueno?

Lo abandoné. Volví a sus brazos. Lo volví a abandonar. Tristeza. Necesidad. Volví a buscarlo, a decirle por enésima vez “te amo, no puedo dejarte”. Así, una vez y otra vez y otra vez y otra vez, tantas que de pronto comencé a dudar de mi inteligencia, de mi capacidad de defender mi dignidad.

Hasta esa noche en que al fin se endureció el fondo y se me fracturaron las rodillas. Después de todo, el trabajo interno hecho durante tantos años de pronto flotó a la altura de mis ojos y disolvió la ceguera.

Desde entonces estoy en resistencia. En resistencia del deseo de mi cuerpo por el suyo. En resistencia de los lamentos de mi sexo extrañando su sexo. En resistencia de esa rutina que construimos durante doce meses en los que él fue mi pesadilla recurrente y mi gloria omnipresente. En resistencia de seguir dormida entre sus brazos. En resistencia de creer que este dolor va a permanecer en mí por siempre. En resistencia de él. En resistencia de mí.

Y cuando creo que no lo superaré nunca, de pronto recuerdo que no, que no es la primera vez, y que con cada uno de esos amores que he dejado atrás, ha llegado el día en que la resistencia deja de ser resistencia y se convierte en recuerdo y se queda en aquel sitio que decidí reservar para mis memorias, tanto las mejores, como las peores. Y esa resistencia se convierte en ficción. Y esa ficción en libertad.