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16 agosto 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

CARACAS MI AMOR (3)

“Me llamaron mucho la atención las vinaterías: la mayoría de las que vi eran enormes”.

Jueves. Mi segunda jornada en Venezuela. La noche anterior al llegar al hotel sentía una combinación de emociones: por un lado estaba muy excitada por la cantidad de información que percibí de Caracas, desde su bullicio hasta la miseria tan profunda que ya no puede maquillarse con los bellos árboles y el ánimo de normalidad de sus habitantes.

Nos levantamos temprano. Me puse un vestido escotado de la espalda como me gusta, pero discreto; mi irresistible guía me llevaría a algunos barrios de no muy buena reputación, debía tomar precauciones.

El desayuno fue igual al del día previo, con la diferencia de que esta vez sí había buffet y estaban ocupadas tres mesas más del restaurante, dos con venezolanos que estaban en la ciudad por negocios y otra con una familia. Comí una tortilla francesa de jamón con queso, lechosa, y un café desabrido imposible de beber.

Tomamos rumbo hacia la estación Bellas Artes del Metro. Nos subimos hasta el segundo convoy, el primero iba tan lleno que el backpack de un señor permaneció del otro lado de las puertas. Quedamos parados muy cerca, casi pegados. Recibí un golpe de feromonas que me hizo sentir mariposas no precisamente en la panza.

Empezó a platicarme sobre Catia, uno de los bastiones que vio nacer al chavismo, hoy un lugar desordenado, peligroso por la inseguridad. El boulevard y las calles aledañas están llenas de puestos de todo, desde unos aguacates descomunales, fresas, mangos, hasta billetes en grandes carretillas.

A un costado de la plaza Sucre nos acercamos a una tienda de vinos a comprar unas cervezas muy frías. Me llamaron mucho la atención las vinaterías: la mayoría de las que vi eran enormes, con un surtido de cucuy, ron, whiskey, tequila, cervezas y licores variados desproporcionadamente extenso para un pueblo con hambre. A pesar de los letreros que prohibían beber frente al mostrador nos entregaron dos Solera verde heladas; con la humedad a 85% y el sol intenso en la piel ese par de tragos nos supo a gloria.

Papel moneda

Ahí caminamos por el boulevard de Catia, donde encontré a muchas personas con fajos enormes de billetes que se dedican a la compra-venta de papel moneda, escaso, difícil de conseguir y que además cuando yo estuve ahí no valía ni el material en el que estaba impreso.

De pronto me encontré con individuos vestidos como militares que no eran militares. Ante mi cara de asombro me explicaron que se trataba de miembros de la Reserva Nacional de la Milicia Bolivariana, compuesta por civiles que hicieron el servicio militar y no están en activo o gente que desea incorporarse por voluntad propia.

Más tarde nos dirigimos a Sabana Grande. Nos sentamos en una banca a esperar a que pasara el depósito de los dólares que habíamos “cambiado” en la mañana. Para sobrevivir en Venezuela como turista necesitas conocer a alguien que te preste su tarjeta de débito y su documento de identidad. No hay casas de cambio, no aceptan dólares en ninguna parte y las tarjetas de otros países no funcionan ni en terminales bancarias ni en cajeros automáticos. Dependíamos de la confianza depositada en la persona a la que le entregué 20 dólares unas cinco horas antes.

Él me comentaba que en ese lugar antes había unas esculturas de niños jugando, pero que algún funcionario seguramente se las había robado y, también seguramente, ya adornarían el jardín de algún corrupto, cuando miré al cielo y ahí estaban: Marte, con su inconfundible brillo rojizo, y la Luna, redonda y casi blanca de tanta luz. Sonreí.