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02 septiembre 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

CARACAS, MI AMOR (4)

“Un hombre que ha consagrado la existencia a apoyar una causa insostenible”.

Mi último día en Caracas fue el 28 de julio, cumpleaños de Hugo Chávez. Decidimos ir al Cuartel de la Montaña 4F, hoy mausoleo del expresidente y Museo Histórico Militar. Tomamos un colectivo hacia el barrio 23 de Enero. Nos bajamos en el punto más alto de la meseta de La Planicie, donde está construido el edificio que tomó su nombre porque el 4 de febrero de 1992 ahí inició el golpe de Estado que intentó Chávez contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

Casi al principio de la avenida Museo Histórico Militar, única ruta de entrada al cuartel, me llamó la atención una pequeña capilla, muy sencilla, en la que había una imagen de Hugo Chávez, veladoras y peticiones de prodigios escritas en infinidad de papeles de diversos tamaños.

Me explicaron que la gente con causas desesperadas acude porque desde antes de morir el político ya concedía milagros a quienes lo solicitaban: una especie de santo militar.

Caminamos de la mano por aquella calle, con murales del comandante como protagonista, ya sea dando un discurso, en escala gigante sobre representaciones de los edificios de Caracas o incitando a la rebelión. Son muy festivos y coloridos y resultan la perfecta entrada para lo que el visitante está a punto de conocer.

La vista hacia el suroeste de Caracas desde lo alto es asombrosa: por un lado, la ciudad en semi decadencia, eso sí, con banderas ondeando por doquier y, por el otro, montañas y nubes ajenas al deterioro de edificios y voluntades.

Nos formamos en una fila para la visita guiada al museo. La protagonista fue la tumba del festejado, de granito negro y con una guardia de ocho oficiales vestidos de rojo. La gente caminaba alrededor de ella, algunos la tocaban y no contenían el llanto.

La siguiente escala fue el museo, con objetos personales y fotografías de Chávez. El guía, un hombre mulato de pelo casi blanco, con un uniforme militar envejecido —eso sí: portado con evidente orgullo—, explicó que los chavistas están conscientes de que el hambre y las carencias económicas son sacrificios que vale la pena hacer por las generaciones futuras. Mientras hablaba de la vida y obra de su líder dejó salir lágrimas en varias ocasiones. Eso fue lo que más me impactó del lugar: la mirada llena de fe de un hombre que ha consagrado la existencia a apoyar una causa insostenible.

Fragmentos

Llegó el momento de irnos. Nos dirigimos hacia la Plaza Bolívar, donde se encuentra la Catedral Metropolitana de Santa Ana, una iglesia de estilo neoclásico construida a mediados del siglo XVII. En la plaza había un mitin para reclutar a nuevos chavistas.

En la Plaza de la Candelaria comimos cachapas, mi platillo venezolano predilecto. Son una especie de hot cakes de maíz doblado sobre un pedazo de queso y que se comen con mantequilla; y me bebí una Maltín en una botella de vidrio casi helada.

La última escala fue el Parque Sucre Los Caobos, sede de la Feria de Libro de Caracas, con sus 65 editoriales públicas y privadas mostrando una oferta temática e ideológica. Compré en Editorial Trinchera el libro El chavismo salvaje, de Reinaldo Iturriza.

Oscureció. De nuevo al hotel, previa escala en una vinatería para adquirir el último brindis de mi viaje. Estábamos agotados, aunque eso no evitó que algunos fragmentos de mi mulato de 1.96 metros se quedaran conmigo en forma de poesía: “Fueron necesarias una revolución, 300 mil criptas de héroes anónimos y una mujer incidental para encontrarte. Hicieron falta variados adulterios, dos dictadores y borrar cuatro mil kilómetros de distancias para que mi boca y tu sexo, tu lengua y mi cuerpo fueran eternos entre sábanas blancas y una botella de ron”.