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25 octubre 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

PIE DERECHO. PIE IZQUIERDO

“Me regocijo sola de la travesura que perpetraré esa misma tarde”.

Gotas tibias en mi epidermis. Resbalan lento, como un andante melancólico. En el mentón, entre mis tetas, en los hombros y los codos, en la línea de la espalda hacia la voluptuosidad con la que transito por los días y posee magnetismo para las miradas ajenas, intencionales o por accidente.

Tomo la toalla. Me seco en staccato, con cuidado de no ignorar ninguna línea de mi pentagrama en clave de Sol y clave de Fa. Convierto este acto cotidiano en preámbulo para amarme en esta tarde-noche de otoño. Cuello, brazos, esternón, vientre, vulva, muslos, rodillas, pantorrillas, empeines, dedos.

Doy un paso afuera de la regadera. El tapete rojo de tejido generoso hace que los poros de mi pierna diestra dancen con la música silenciosa del deleite, tan allegro como mi sonatina predilecta de Muzio Clementi, esa que aprendí a tocar a los 15 años.

La siguiente escala es el espejo. La imperfección perfecta de mi cuerpo me cautiva. La cicatriz de la cesárea por la que nacieron mis hijos; el ombligo alargado, las estrías en mis nalgas; dos pequeñas cicatrices, rastros de la extracción de mi útero; el café claro de mis pezones, en eterno estado de erección en la memoria de los incontables labios que los han adorado. Mi sexo semiafeitado, sitio que me ha salvado tantas veces y del que me he regocijado con tantos compañeros que se han diluido los nombres. No soy una pieza de Bach, pero estoy segura de que Yo-Yo Ma me interpretaría sin reservas.

Aprieto el dispensador de la crema. Deslizo las palmas de mis manos por cada fragmento de esta cáscara que uso para experimentar la vida. Me pongo desodorante, perfume —Chanel No. 5— y el cepillo se desliza entonces por mi pelo. Las hebras caen a los lados de mi cabeza. Es rebelde y por ahora a la altura de los hombros.

Tacones

Me encamino a mi habitación. Ahí ya reposan el vestido y la lencería de encaje carmín, tan Khatia Buniatishvili . Me acuesto en la cama. Las piernas abiertas hasta la máxima resistencia, como mis manos en las octavas del piano. Los párpados cerrados. Con las yemas de los dedos toco las teclas estratégicas de mi sinfonía intraclitoridal. Me patrocino el primer clímax del día.

Permanezco acostada unos segundos. Las rodillas siguen separadas. Mis muslos tiemblan de manera imperceptible. Entrelazo los dedos sobre mis ojos. Suspiro. Antes de levantarme llevo mis dedos índice y medio a la nariz para olerme, tengo las uñas bien recortadas, sin brillo ni esmalte. Vuelvo a sentir el deseo en el vientre. Me levanto.

De nuevo al espejo. Base de maquillaje, sombras claras, delineador negro, rímel, blush rosa oscuro, lipstick magenta. Sonrío.

Meto la cabeza por el cuello del vestido. Un brazo en la manga; el otro brazo. Me doy cuenta: olvidé ponerme el brasier. Reflexiono tres segundos. Decido dejarlo sobre la almohada. Lo mismo sucede con la tanga roja.

Hoy saldré al mundo desnuda por debajo de la ropa.

Camino hacia el clóset. Abro la puerta. Me agacho como director de orquesta en reverencia ante el público. Las piernas estiradas, la espalda recta. Con esa pose recuerdo sus brazos a cada lado de mi cadera antes de penetrarme. El hilo entre mis piernas se estira en calderón.

Agarro el par de zapatos negros que dejé listos ayer en la noche. Pie derecho. Pie izquierdo. Mi estatura aumenta 15 centímetros. Miro la punta de mis tacones de terciopelo. Me regocijo sola de la travesura que perpetraré esa misma tarde.

Estos zapatos azul rey de tacón de aguja son mis cómplices para hacerlo adicto a mí.