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21 junio 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

PRODUCTIVA PROCASTINACIÓN

“Limpio la noche aferrada a mi carne”.

Son las diez horas del martes 15 de junio de 2021. El único martes 15 de junio de 2021 en el que existiré junto a un ventanal desde el que miro una postal de la Ciudad de México digna de tienda de turistas. Hace unos días comencé mi nueva novela, una historia que deseo escribir pero me causa más sufrimiento que placer; algo inusual en mí, amante del deleite entre las letras.

Mientras narro aquellos párrafos batallo con la poca voluntad de mi mente para confeccionar frases y oraciones. Es como si le hubiera echado encima toda la tierra del mundo a mi compulsión por escribir. El trabajo de palear me está dejando exhausta. Intento mantener el hilo del relato, pero de repente me acuerdo: no me he duchado. Voy a la regadera, la abro. El agua caliente tarda en salir, mi teléfono es el distractor perfecto para matar los dos minutos que me separan de la tibieza del vapor del ambiente. Muevo el cuello en círculos mientras las gotas atacan mi cabeza y se escurren hacia mis pechos, uno de ellos con dos costras largas y delgadas, rastros de la cirugía a la que fue sometido hace apenas 20 días. Limpio la noche aferrada a mi carne.

Con el pelo casi escurriendo vuelvo a sentarme frente a la computadora. A los cinco minutos la garganta seca me obliga a ir a la cocina por un vaso de agua. Agarro el vaso, lo pongo debajo del chorro del filtro. Me doy cuenta que mi planta favorita está algo seca. Sirvo un segundo vaso y lo vierto en la maceta de ese árbol de aguacate que sembré hace unos años y ahora necesita más tierra para alcanzar su máximo potencial.

Vuelvo a ocupar la silla frente a la computadora. Tecleo algunas palabras. Me doy cuenta de que no he anotado en mi libreta las frases que tengo pendientes de pasar en limpio acerca del libro que estoy leyendo sobre cómo crear una mejor relación con tus hijos adolescentes. Agarro el Kindle, abro las páginas y cuando intento escribirlas resulta que a mi pluma fuente se le acabó la tinta.

Pretextos

Me encamino al primer cajón de mi escritorio. La caja de cartuchos para pluma fuente está vacía. Busco entre post-its, grapas y un montón de clips y aparece uno de los repuestos. Lo coloco en su sitio dentro de la pluma. Voy a tirar el plástico vacío en el bote de la basura del baño. Resulta que el bote no tiene bolsa porque saqué los desperdicios antes de irme de viaje hace tres días. Saco de debajo del fregadero de la cocina una bolsa. La pongo en el bote. Tiro el repuesto. Me lavo las manos. Al secarme veo que la toalla blanca sufre de las características manchas café claro del exceso de uso. Me encamino al closet de sábanas, extraigo otra toalla blanca con franjas rojas. Sustituyo la sucia por la recién lavada, la llevo al cesto correspondiente.

Vuelvo a la mesa. El cursor de este documento parpadea, a la expectativa de lo que dirán mis dedos; decido que es mejor idea transformar mis distracciones en literatura. Volteo hacia la libreta abierta y recuerdo la pluma fuente. Voy por ella. Al volver escribo el título del libro, o eso pretendo, porque la tinta no sale de la punta color dorado con verde. Me levanto para limpiar el mecanismo con agua fresca.

Cuando vuelvo a sentarme frente a la computadora, donde ahora también están el Kindle, la libreta y la pluma que gotea, me doy cuenta que dejé inconclusa la parte que más me duele de la historia y que tal vez la pluma fuente, la bolsa de basura, la toalla sucia, la planta de aguacate, la boca seca —que además vuelve a necesitar de un vaso de agua en este preciso instante—, son pretextos para no atreverme, para no nublar la felicidad de este día claro de primavera, con el sol extrañamente tímido para esta época del año, con esa escena inconveniente en la que mi protagonista se convirtió en el personaje de un drama.

Bendita productiva procastinación.