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05 julio 2021
Mónica Soto Icaza
Columnas

SALSA Y LIBROS

“No todas las relaciones terminan en un involucramiento profundo de las motivaciones del alma”.

“Porque yo en el amor soy un idiota/ que ha sufrido mil derrotas/ que no tengo fuerzas para defenderme”, canta Polo Montañez mientras escribo este martes, el último de junio de 2021, el 29 del mes. Me opongo a levantarme a bailar entre el impulso de procrastinación y la necesidad de ceder a las demandas de mis pies para recorrer el piso gris de mi habitación y así evocar aquellas tantas veces que he rumbeado con los dedos entrelazados con los de algún señor, tan cerca de su cuerpo que puedo percibir la temperatura del sudor y las texturas de su deseo, resistiéndome, a veces con éxito, en ocasiones en un fracaso lúbrico, a terminar la noche sobre una cama ajena. Bien lo escribió Guillermo Arriaga en su Salvar el fuego: “…no hay peor tirano para un hombre que el sexo. Concentra milenios de evolución. Busca, seduce, ataca, da vuelta, pelea, agazapa, salta. El sexo, el gran autócrata girando órdenes”.

Aunque rebelde por naturaleza, a veces sucumbo al sexo tirano y hago un homenaje involuntario a Grupo Niche y su “Reventamos, estamos que reventamos/ cada vez que de frente nos miramos/ y los pies bajo la mesa nos tocamos/ y un beso robado queda siempre como adiós”, sin precisamente huir del beso robado, sino usarlo como antesala de un rato más agradable; a fin de cuentas, no todas las relaciones terminan en un involucramiento profundo de las motivaciones del alma sino que vas a lo que vas, como el personaje de Álex del cuento Te adoro de Cristina Peri Rossi: “¿Cómo voy a estar hablando del romanticismo alemán si solo pienso en su culo?”

Como desde hace algunos años aprendí en corazón roto propio que la sabiduría de Alain de Botton en su El amor dura tres años es infalible y “el amor puede nacer a primera vista, pero no muere con la celeridad correspondiente”, decidí que lo mío, lo mío, era gozar del “procura seducirme muy despacio/ y no reparo de lo que todo en el acto te haré” de Chichi Peralta mientras durara, antes de escuchar al interfecto pronunciar palabras funestas o liberadoras, como las de Gilberto Santa Rosa en Conteo regresivo: “Ahora solo hay números en tu cabeza/ de una relación que no da para más”, y es que una vive un “soñando, contigo, queriendo que se cumpla nuestro idilio” que Willie Colón probablemente solo alucinó porque, si soy franca, después de tanto ensayo y error, encuentros y desencuentros, ya voy por fin pensando que lo escrito por Coral Herrera en Dueña de mi amor, “¡los hombres, mejor como amantes!”, es la convicción que una debería grabar en piedra para no terminar como la esposa de La belleza del marido de Anne Carson al pronunciar una sentencia tan certera como irónica: “El deseo duplicado es amor y el amor duplicado es locura”.

Recuerdo

A fin de cuentas “esta vida es igual que un libro/ cada página es un día vivido/ No tratemos de correr antes de andar/ esta noche estamos vivos/ solo este momento es realidad”, como dice el himno salsero de Luis Enrique, estamos aquí para gozar de las artes del cuerpo y el intelecto y recordar que “la división más sencilla que se puede hacer del género humano es entre personas que toman las cosas en serio y personas que las toman a la ligera” (vaya sapiencia de Henry James en Las bostonianas).

Por eso mejor paro esta diatriba en este instante. Rubén Blades cuenta la historia del pobre Pedro Navaja y su coincidencia mortal con una prostituta de Nueva York y mis pies no pueden evitar presionarme para abandonar la silla y la computadora y conquistar el suelo gris. Respiro, sonrío y recuerdo que “la vida te da sorpresas/ sorpresas te da la vida”.

Ah, y que la salsa y los libros definitivamente pueden explicarlo todo.