FORMAS PARA ACABAR CON LA DEMOCRACIA

“Es una prioridad mantener la libertad de expresión”.

Democracia
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En los años recientes ha sido abundante la producción desde las ciencias sociales respecto de la deriva autoritaria que se observa en distintos sistemas políticos. Aún más: no solo en los países en donde se práctica de forma consistente la democracia liberal (el denominado Occidente) sino también en aquellos casos donde el ejercicio de las libertades individuales con frecuencia provoca feroces represiones, con numerosas muertes de manifestantes y liderazgos disidentes.

Está fuera de discusión que en este segundo mandato presidencial de Donald Trump, por ejemplo, dicha inercia demoledora del pluralismo, la tolerancia, la diversidad y sobre todo del debate argumentado, se ha precipitado.

En su premonitorio libro El suicidio de Occidente: Cómo el renacimiento del tribalismo, el populismo, el nacionalismo y la política identitaria está destruyendo la democracia estadounidense (2018, Crown Forum), Jonah Goldberg se adelanta para señalar las características del mandato de Trump desde su primera estadía en la Casa Blanca.

Apunta, por ejemplo, a la sistemática fragmentación de las antiguas colectividades (ecologismo, derechos civiles, libertad sexual, entre otras), que observan una clara contracción e incluso su desmantelamiento a causa de la simplificación en la calidad del debate público y político, sobre todo por las migraciones forzadas, así como a los cuestionamientos científicos a propósito del calentamiento global.

La diversificación de esos dos temas, es decir, las migraciones y el cambio climático, se desdobla en nacionalismos excluyentes, cuyo siguiente paso es, por supuesto, el racismo y la xenofobia.

Por otro lado, el negacionismo sobre la destrucción del planeta por parte de la acción humana conduce sin escalas al rechazo a las vacunas, a promover el uso intensivo (e irresponsable) de combustibles fósiles, así como a la explotación sin límites de recursos naturales de todo tipo.

Pensar diferente

Con el paso de unos cuantos años estos planteamientos se han convertido en programas políticos. Ahora veamos sus perniciosos efectos sobre las prácticas cotidianas de la democracia y no solo como una práctica cultural.

El más reciente y negativo ejemplo es el despido, el pasado día 4, de un tercio del equipo de directivos, articulistas y reporteros de uno de los principales periódicos en el mundo, el Washington Post, cuyos aportes al pluralismo y la calidad de la argumentación están fuera de duda. Con ello se da un sustancial paso atrás en cuanto a la práctica de un debate sustentado en algo más que la animosidad, la descalificación y, por último y más riesgoso, la difusión de noticias falsas.

Mucho se pierde en cuanto la polarización avanza: la intolerancia hacia la forma de pensar y expresarse de “los otros”; y eso les convierte en sospechosos, potenciales enemigos, que por lo tanto se hacen merecedores a la exclusión en la toma de decisiones. Carecen de dignidad tan solo por pensar diferente.

En el capítulo 5, titulado La eterna batalla: razón versus la búsqueda de sentido, Goldberg profundiza en el reciclado contraste entre la visión de largo plazo y la propensión a lo inmediato. Ese debate, en la actualidad, implica mayores riesgos que en otras épocas debido a la disposición de mayores recursos por parte de quienes defienden el cortoplacismo y con ello están dispuestos a usar dinero (público y privado) y la fuerza física.

Por lo anterior, es una prioridad mantener e incluso reforzar los conductos que favorecen la libertad de expresión y, por tanto, de disensión respecto del poder público.

Lo que ahora observamos en Estados Unidos es una tendencia que bien puede expandirse a otros países del continente americano.

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