Nadie podría negar que lo que ha acontecido en Estados Unidos durante las últimas semanas es completamente anormal. El envío de cientos de agentes del ICE, la Border Patrol y otras fuerzas federales a estados y ciudades gobernadas por demócratas es evidencia clara de que Donald Trump ha iniciado —de manera planeada y deliberada— una campaña de terror contra sus propios ciudadanos.
Esta insólita situación parece haber causado el primer quiebre real para Trump (esto, si no contamos el escándalo Epstein, todavía vigente). Porque a diferencia de acciones previas como la persecución de enemigos políticos, la presión y censura contra medios de comunicación e incluso la demolición de la Casa Blanca, la reacción del público ante la violencia, la crueldad contra migrantes y el asesinato de dos personas inocentes en Minneapolis ha sido inclemente.
Esta situación me remite a otra problemática de la cual ya he hablado anteriormente en este espacio. Porque en medio del torbellino noticioso que sale de Minnesota diversos analistas y activistas han vuelto a recurrir a un término muy usado para describir estos hechos: el muy manoseado “fascismo”.
Límites
Ahora bien… ¿podemos decir que es realmente “fascista” esta nueva iteración de Trump en la presidencia? Yo argumento que no. Digo esto sin excusar la profunda irresponsabilidad y brutalidad de los agentes federales en las calles. Pero volver a la misma cantaleta del fascismo no le hace ningún favor a nadie y más bien complica nuestra capacidad para analizar de forma adecuada lo que ocurre en Estados Unidos.
Precisamente hace un par de años analizaba en este mismo espacio esta cuestión por razones similares. En ese momento argumentaba que utilizar a la ligera conceptos como “genocidio” o “fascismo” solo ayudaba a que estos perdieran su fuerza; esa fuerza que será muy útil para llamar la atención y causar alarma cuando realmente debamos utilizar estos términos.
Quiero volver a la definición de fascismo ofrecida por el académico Tom Nichols para ver en dónde estamos parados: “(el fascismo) eleva al Estado sobre el individuo y establece un culto de personalidad alrededor de un líder carismático; glorifica el hipernacionalismo, el racismo y el poder militar; detesta al liberalismo democrático; utiliza los agravios históricos para atizar la lealtad al régimen; afirma que toda la actividad pública debe servir al régimen, que todo el poder debe concentrarse en el gran líder y que solo el partido oficial puede ejercer dicho poder”.
Cuando leemos con atención vemos que existen muchos elementos “fascistoides” que actualmente definen a la administración Trump 2.0, pero considero que estamos aún lejos de una realidad donde el poder del Estado o del líder es de tal magnitud, que toda actividad política, económica, social y cultural gira en torno de ellos.
Sin duda hemos visto en este último año a un Trump más empoderado, más agresivo y más determinado a retar los límites de las instituciones democráticas y de sus bases legales. Pero también podemos ver a una sociedad e incluso a una oposición política con suficiente poder para detener sus peores arranques autoritarios.
Luego de varias semanas de caos y violencia que causó la muerte de dos civiles inocentes tanto Trump como sus acólitos más enardecidos han reculado. Se anunció una reducción en el despliegue de tropas; se suavizó la retórica antiinmigrante e incluso se imputó al agente que asesinó a un ciudadano.
Nada de esto nos remite a un régimen fascista sino a un régimen sí, cruel, torpe y represivo, pero todavía atento a las encuestas, preocupado por su imagen ante el electorado y temeroso de perder las próximas elecciones intermedias en noviembre. Esto no es fascismo: es un vil intento de autoritarismo mal ejecutado.
Cierro recordando otra reflexión que hice en estas mismas páginas, donde mencioné que deberíamos guardar cierto optimismo hacia el futuro democrático de Estados Unidos, porque quizás un día Trump podría cometer un acto lo suficientemente brutal que la sociedad norteamericana lo repudiaría de tajo y optaría por un retorno a la razón y al respeto a la ley. Quizás ese momento haya llegado…

