Amar. Amar nada más. Amar sin premisas, sin pliegos petitorios, sin cláusulas del contrato, sin inventario de agravios, sin repertorio de elogios, sin competencia de sufrimientos. Amar. Amar así, nada más. Amar sin sacrificios humanos ni inhumanos, sin culpas rancias ni frescas, sin complejo de mesías ni de demonio. Amar sin perspectivas de futuro, sin aprendizajes del pasado, sin prejuicios aprendidos, sin miedos descubiertos.
Amar. Amar solo así: amando. Dejando que las palabras hagan acto de presencia y fluyan entre las corrientes de aire de la mañana, entre las hebras del cabello al contacto con el espacio entre los objetos y el cuerpo; frente a las pupilas que seleccionan, a veces con delicadeza, otras con salvajismo, las imágenes que poblarán la fuente de las ideas para conocer y reconocer otras palabras.
Amar. Amar solo con amor, con el asombro de los hallazgos que se guardan en la memoria dentro del cajón de las primeras veces: la primera vez del viento en el rostro desde un columpio, la primera vez de la lengua en una paleta de hielo, la primera vez de los ojos en una escultura de mármol, la primera vez de las plantas de los pies en la arena, la primera vez de las neuronas en deleite por una historia en papel y tinta, la primera vez de las notas musicales en el tímpano, el estribo, el yunque y el martillo, la primera vez del aroma del pan en los nervios olfativos, la primera vez de las yemas de los dedos en las teclas del piano, la primera vez de un platillo confeccionado en la cocina, la primera vez de los zapatos en los pedales de un automóvil, la primera vez del chocolate con leche en las papilas gustativas, la primera vez como receptor de una carta de amor, la primera vez como remitente de una carta de amor, la primera vez del estómago en el cuello sobre una montaña rusa, la primera vez sobre una pista de baile, la primera vez frente a un atardecer, la primera vez frente a un amanecer, la primera vez frente a quien se creía el amor de la vida, la primera vez frente al verdadero amor de la vida, la primera vez del vino tinto en la garganta, la primera vez de un beso en la frente de un hijo, la primera vez que ese hijo pronuncia una palabra, la primera vez que esa hija camina sin sostenerse de los muebles, la primera vez de los labios sobre otros labios, la primera vez del cosquilleo del deseo en el vientre, la primera vez de otras manos en la epidermis, la primera vez de un “te amo” entre otros brazos, la primera vez de otra piel dentro de tu piel, la primera vez de tu piel dentro de otra piel, la primera vez que respiraste y amar se multiplicó en posibles.
Convicción
Amar. Amar por el amor. Amar sin quizás ni sin embargos ni emperos ni no obstantes.
Amar sobre la cuerda floja, en el filo del abismo, en el borde del acantilado, a las puertas de la incertidumbre, en el vértice de un camino que se bifurca, en la cima de un volcán al borde de la erupción, en el último piso de un rascacielos sin barandales.
Amar. Amar con el amor. Amar con elocuencia, con anteojos transparentes, con certezas de varita mágica, con el termostato a 23 grados centígrados, con creatividad de escritor de novelas románticas, con fe de fanático religioso, con ritmo de música de videojuego, con lógica onírica, con la confianza de alpinista en su línea de vida, con convicción de incrédulo.
Amar como la desconocida del libro de Stefan Zweig, que “vivía como sumergida en fuego”.

