ANTES DE QUE SEA DEMASIADO TARDE

Juan Carlos del Valle, Another Kind of Light II, óleo sobre tela, 25 x 30 cm
Columnas
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Vivimos en una época que se presume informada, pero no necesariamente sabia. Nunca habíamos tenido acceso a tal cantidad de datos, imágenes, referencias y discursos; y, sin embargo, pocas veces ha sido tan evidente la dificultad para discernir, jerarquizar y comprender. El problema no es la falta de información, sino su exceso: una acumulación constante que desplaza el pensamiento crítico y convierte al individuo no en un conocedor, sino en un simple contenedor.

La ilusión contemporánea consiste en confundir acceso con conocimiento. Estar enterados “de todo un poco” ha sustituido la posibilidad de saber algo en profundidad. En ese desplazamiento se pierde algo primordial: la capacidad de análisis y pensamiento. Ya no es necesario quemar libros para provocar ignorancia; basta con que dejen de leerse. Es suficiente enterrarlos bajo capas de contenido inmediato, diseñado para consumirse sin resistencia ni permanencia.

Hace décadas, Ernesto Sabato advirtió sobre el peligro de una cultura tecnolátrica: una civilización que deposita en la técnica no solo sus herramientas, sino también su sentido. Hoy todo parece diseñado para ser consumido: las imágenes, la música, los libros, los vínculos, los viajes; la experiencia misma. Todo llega empaquetado, simplificado, entretenido, listo para ser digerido. El resultado no es una mayor libertad, sino una sensibilidad cada vez más homogénea, más anestesiada y, por lo tanto, más susceptible de ser dirigida. A esto se suma algo más inquietante: una forma sutil pero aplastante de control.

El problema no es únicamente cultural, sino estructural: la ruptura en la transmisión del conocimiento. Durante siglos, el saber se construyó a través de una cadena viva entre maestro y aprendiz. Hoy esa cadena se ha debilitado. En su lugar, proliferan sistemas que privilegian la información sobre la formación, la velocidad sobre la profundidad, la opinión sobre la experiencia.

En el arte, esta ruptura es particularmente visible. No se trata de nostalgia, sino de constatación: gran parte del conocimiento técnico ha dejado de transmitirse. Las formas de trabajar la materia –los procesos, las técnicas y materiales, los tiempos, las decisiones– se han vuelto marginales. Lo que antes era un saber encarnado en el oficio, hoy sobrevive fragmentado, cuando no olvidado. No porque haya desaparecido el talento, sino porque se ha debilitado la estructura que lo sostiene.

No se trata de una comparación entre el presente y el pasado, sino de reconocer que ciertas formas de conocimiento –las que exigen tiempo, rigor y constancia– son particularmente vulnerables en un mundo que privilegia la inmediatez. El artesano, figura central en muchas culturas, encarnaba justamente esa resistencia: la persistencia del hacer.

No es casual que también el lenguaje se esté empobreciendo. Menos palabras implican menos matices; y menos matices, menos pensamiento y estructura. La capacidad de nombrar algo con precisión está directamente ligada a la capacidad de comprenderlo. Cuando el lenguaje se simplifica en exceso, también lo hace la posibilidad de articular ideas complejas, de sostener una conversación profunda, de construir pensamiento y de vincularnos con nosotros mismos y los demás. Lo mismo ocurre con nuestra relación con la naturaleza, cada vez más utilitaria y menos reverente. La pérdida no es solo técnica o intelectual, sino también sensible y, en un sentido más amplio, humana.

En su célebre reflexión sobre la historia de la cultura, Kenneth Clark recordaba que, tras la caída del Imperio Romano, la civilización europea estuvo a punto de desaparecer. No fue una catástrofe instantánea, sino un proceso gradual de erosión: pérdida de saberes, fragmentación, olvido, pero también el debilitamiento de algo más profundo: la esperanza, el sentido de propósito, la voluntad de construir y de proyectarse en el tiempo. Y es que una civilización no se sostiene únicamente por lo que sabe, sino por el deseo de continuar, por la conciencia de su propio valor y por la aspiración a trascenderse. Su continuidad dependió, en gran medida, de los pocos que creyeron en la necesidad de sostenerla.

Esa misma lógica de desgaste no es ajena a nuestro tiempo. Más allá de cualquier paralelismo simplista, persiste una inquietud: toda civilización es frágil. Depende de la transmisión, del cuidado y de una memoria activa, pero también de la conciencia de su propio valor. Y aunque la tecnología podría haber sido una herramienta extraordinaria, ha contribuido a erosionar todo aquello que no admite aceleración ni simplificación.

Quizá la pregunta no sea si estamos avanzando o retrocediendo, sino qué estamos dejando atrás en nombre del supuesto progreso. Y, sobre todo, si sabremos reconocerlo, antes de que sea demasiado tarde.

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