LOS ATENTADOS

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Columnas
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No hay bala que solo mate a un presidente: siempre hiere a un país entero.

A lo largo de la historia de Estados Unidos cinco presidentes han sentido la respiración caliente de la muerte en la nuca. Algunos no la libraron. Otros regresaron con el traje perforado y la sonrisa ensayada.

No hay gloria aquí: hay pólvora, hueso, delirios y una constante humana bastante jodida: la necesidad de matar lo que simboliza poder.

Abraham Lincoln. El disparo que no terminó la guerra Lincoln cayó en 1865, cuando la Guerra Civil estadunidense ya estaba técnicamente muerta, pero todavía olía a sangre. John Wilkes Booth, actor y fanático del Sur, le metió una bala en la cabeza en un teatro. Un escenario perfecto: tragedia dentro de la tragedia. Booth no era un loco aislado; era el eco de una nación partida. Lincoln murió y con él se fue la ilusión de una reconciliación limpia. A veces la historia no cierra, se pudre.

James A. Garfield. La lenta agonía Garfield no murió en 1881 por la bala sino por lo que vino después. Charles J. Guiteau, resentido y medio perdido de la cabeza, le disparó porque creía que el mundo le debía algo. Lo peor vino en el hospital: médicos metiendo manos sin higiene, buscando la bala como si fuera una moneda en el lodo. Infección. Dolor. Meses de agonía. Un presidente deshaciéndose lentamente mientras el país miraba. No fue asesinato limpio, fue una chapuza médica.

William McKinley. A quemarropa Leon Frank Czolgosz, un anarquista estadunidense nacido en Míchigan, asesinó al presidente William McKinley al dispararle dos balas a quemarropa el 6 de septiembre de 1901. Era hijo de inmigrantes polacos.

John F. Kennedy. La bala solitaria El asesinato de John F. Kennedy ocurrió el 22 de noviembre de 1963 en Dallas. Mientras su caravana avanzaba por Dealey Plaza, disparos rompieron la escena pública: el presidente fue herido mortalmente. Horas después la nación quedó paralizada por la noticia. El presunto tirador, Lee Harvey Oswald, fue arrestado, pero dos días más tarde fue asesinado por Jack Ruby, alimentando teorías y sospechas. La investigación oficial, de la Comisión Warren, concluyó que Oswald actuó solo, aunque el debate persiste hasta hoy.

Ronald Reagan. La fantasía enferma Y luego está Reagan. Aquí la historia vale madres. Como de película de acción. John Hinckley Jr. no quería cambiar el mundo. No quería derrocar nada. Quería ser visto. Quería que Jodie Foster lo mirara. Había visto Taxi Driver tantas veces, que la película se le metió en la cabeza como un parásito. En la cinta el personaje de Robert De Niro intenta matar a un político para impresionar a una chica. Hinckley decidió que esa era una buena idea en la vida real. Así de cabrón. Le escribió cartas a Foster. La siguió. Se instaló cerca de donde estudiaba. Pero no bastaba. Nada bastaba. Entonces eligió al objetivo más visible posible: el presidente. El 30 de marzo de 1981 disparó contra Reagan. No por odio, ni por revolución, ni por dinero. Por atención. Por una fantasía idiota y peligrosa. Reagan sobrevivió. Otros no salieron igual: James Brady quedó marcado para siempre. Cuando la realidad supera a la fantasía…

Donald Trump. La bala que rozó el presente El caso de Trump es distinto, pero igual de inquietante. En 2024, durante un mitin en Pensilvania, un atacante armado abrió fuego. Trump resultó herido en la oreja. Un gesto mínimo, casi simbólico… pero suficiente para recordarle a todos que la violencia política no es pasado, es presente. El agresor, un joven llamado Thomas Matthew Crooks, no encaja fácilmente en una narrativa clara. No era Booth con bandera ni Czolgosz con ideología estructurada. Más bien un perfil contemporáneo: aislamiento, ruido digital, una mezcla rara de referencias y vacío. El resultado: disparos contra un escenario político que ya estaba suficientemente incendiado. Más recientemente, el pasado 25 de abril, durante la cena de corresponsales en la Casa Blanca, un hombre armado —identificado como Cole Tomas Allen— intentó abrirse paso en el hotel donde se realizaba el evento con la intención de atacar a Trump y a otros funcionarios. Llevaba una escopeta, una pistola y hasta cuchillos. Logró cruzar parte del control de seguridad y disparó, pero fue detenido antes de llegar al salón principal.

Muchos lo querían muerto

El asesinato de Álvaro Obregón ocurrió en una comida que olía a triunfo y traición. En La Bombilla, Obregón sonreía poco, como quien ya conoce el precio del poder. A unos metros, José de León Toral fingía dibujar. Se levantó; disparó; 17 balas le encontraron en el cuerpo al presidente electo (la pistola de León no tenía tantas balas). El general cayó sin épica, entre platos y vino derramado. Nadie gritó a tiempo. Nadie entendió de inmediato. Solo quedó el ruido, la sangre… y la certeza de que en México hasta las victorias se celebran con la muerte.

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