Nuevo año y nuevas reglas para la industria. En 2026, que promete transformar la música en vivo, analicemos el estándar de producción y narrativa que dejó Bad Bunny: la nueva vara que todo artista tendrá que estar obligado a alcanzar.
El paso del DeBÍ TiRAR MáS FOToS World Tour por el Estadio GNP no fue solo una serie de fechas agotadas: fue la instauración de un nuevo canon para el entretenimiento en vivo.
Con una derrama económica de 177 millones de dólares solo en la Ciudad de México, Benito Antonio Martínez Ocasio dejó de ser un simple exponente del género urbano para consolidarse como el showman definitivo del siglo XXI, marcando la pauta de lo que el público tiene que exigir a partir de este año.
Mientras la industria suele conformarse con sets genéricos de 90 minutos, Bad Bunny ofreció un maratón de dos horas y media que elevó el reggaetón a una experiencia de estadio de primer nivel. El éxito de esta gira radica en su capacidad para construir un universo narrativo. Desde el uso de luces sincronizadas que convertían al público en parte de la escenografía, hasta un diseño cinematográfico en pantallas y el uso de orquestas en vivo, el espectáculo trascendió la música para convertirse en una producción de nivel fílmico donde el asistente era el protagonista.
¿Qué deberíamos esperar ahora de las giras globales? Bad Bunny demostró que para sobrevivir al consumo efímero del algoritmo el concierto debe recuperar su carácter de objeto de colección. Su innovación más aplaudida, la “canción exclusiva de la noche”, inyectó una dosis de incertidumbre y exclusividad que ninguna plataforma digital puede replicar. En un mundo saturado de contenido, el valor ahora reside en lo irrepetible.
Universos
La producción de Benito también rompió la barrera del ídolo inalcanzable a través del storytelling. Al integrar elementos de identidad como “la casita” o interludios poéticos y proyectar los rostros de los fans en las pantallas, transformó el estadio en un álbum fotográfico viviente.
Esta integración humana, sumada a una curaduría de invitados que celebró a todo un gremio, deja claro que la espectacularidad técnica ya no es suficiente si no hay una conexión emocional profunda.
En definitiva, Benito ha demostrado que ser un verdadero showman exige transformar el consumo masivo en una experiencia mística y auténtica.
De cara a 2026 cualquier artista o banda que aspire a la relevancia en grandes recintos tendrá que entender que ya no basta con sonar bien o saber bailar: el reto ahora es construir universos. De lo contrario, el escenario les quedará grande.

