En Davos, el 20 de enero de 2026, Mark Carney —primer ministro de Canadá, tecnócrata en traje de estadista— hizo algo rarísimo en ese ecosistema de consensos perfumados: dijo la verdad en voz alta. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”. No fue una frase para el aplauso: fue una alarma. Y aun así hubo ovación, de esas que no se regalan en el Foro Económico Mundial. Porque cuando hasta Canadá admite públicamente que la relación “con base en valores” con Estados Unidos se terminó, el temblor no es retórico: es tectónico.
Carney está describiendo el fin de una ficción útil: la idea de que la globalización era un mecanismo neutral, casi natural, donde el mercado domesticaba a la geopolítica.
Porque aquella interdependencia —dólar, plataformas tecnológicas, cadenas de suministro, infraestructura financiera— que durante las últimas décadas dio forma a un sistema internacional con base en reglas se ha convertido en algo distinto. Lo que antes fue garantía de estabilidad (integración) ahora es una estructura llena de palancas (subordinación) que pueden ser activadas en cualquier momento para vulnerar a un adversario.
La ruptura se volvió visible porque, al mismo tiempo, Washington convirtió el chantaje en instrumento de política exterior. Ahí está el episodio Groenlandia: amenazas, tarifas como coerción y luego “negociación” como si el daño a la confianza fuera un efecto colateral menor. Europa entendió —tarde, pero entendió— que cuando la relación se “monetiza” el contrato nunca se termina de pagar: solo se renueva.
Fragilidad
¿Y qué significa esto para México? Vulnerabilidad. No es ningún secreto que el país entró en esa interdependencia como quien vive dentro de una casa construida con puertas ajenas: el comercio, el dólar, la logística, el TMEC. El problema no es la cercanía; es la asimetría. Y cuando el vecino más poderoso decide que su red de infraestructura —financiera, comercial, tecnológica— sirve prácticamente solo para “cobrar tributo”, la fragilidad deja de ser teoría y se vuelve costo inmediato.
Carney sugiere una salida que suena noble, pero duele como cirugía: “reconstruir soberanía” en un mundo donde la soberanía ya no está anclada en reglas sino en capacidad de resistir presión. Traducido: diversificación y autonomía estratégica.
Pero eso empobrece a todos en el corto plazo en un “mundo de soberanías” y beneficia, paradójicamente, al mismo actor que provocó la huida: porque obliga a rehacer, con costos altísimos, lo que antes funcionaba porque había confianza.
Y aquí está el veneno de época: cualquier acuerdo que hoy se alcance se parece menos a un tratado y más a un código de honor recitado con la mano en la empuñadura. Como presenciar una pelea a navajazos con reglas de caballeros: formas impecables, intención brutal. Un juego de suma cero, envuelto en protocolo.
Lo más inquietante es que el mundo se está acostumbrando a repetir el mantra del “beneficio mutuo”, sonreír en la foto, fingir normalidad, mientras por debajo se negocia con miedo. Eso es lo que Carney vino a romper: el ritual. Porque una vez que se nombra la ruptura, ya no hay regreso a la inocencia. Y en geopolítica, cuando se pierde la inocencia, lo siguiente no es un nuevo orden: es un largo periodo de aprendizaje… a golpes.

