La tauromaquia ha sido durante siglos una de las tradiciones culturales más controvertidas y simbólicas del mundo hispano. En México su arraigo no solo se manifiesta en las plazas de toros sino también en la literatura, la pintura y, de manera muy particular, en el cine.
Dentro de este último ámbito Mario Moreno Cantinflas ocupa un lugar singular. Su relación con los toros no fue la del aficionado solemne ni la del defensor ideológico sino la del comediante popular que supo utilizar la fiesta brava como escenario para el humor, la crítica social y la reflexión sobre el heroísmo y el pueblo.
Cantinflas provenía de los barrios humildes de la Ciudad de México, donde el contacto con la tauromaquia era cotidiano. Las plazas de toros eran espacios populares, accesibles, donde convivían clases sociales distintas y donde el torero encarnaba una figura heroica, cercana al mito. Esta cercanía cultural explica por qué los toros aparecen recurrentemente en su filmografía no como exaltación solemne sino como materia prima para la parodia y la humanización del ritual taurino.
La película más evidente en este sentido es Ni sangre, ni arena (1941), una parodia directa del drama taurino clásico y, en particular, de la novela Sangre y arena, de Vicente Blasco Ibáñez.
En este filme Cantinflas interpreta a un humilde limpiabotas que por una serie de enredos y malentendidos termina convertido en torero famoso. La cinta desmonta el mito del matador gallardo y trágico para mostrarlo como una construcción social sostenida por la prensa, el público y los intereses económicos que rodean la fiesta brava. El título mismo es una declaración de intenciones: aquí no hay tragedia ni épica, sino risa, confusión y crítica.
En Ni sangre, ni arena, Cantinflas se enfrenta al toro no desde la técnica ni la valentía profesional sino desde el ingenio y el absurdo. El miedo, el desconocimiento y la improvisación son los motores de la comedia. Sin embargo, detrás del humor se esconde una observación aguda: el héroe taurino puede ser un accidente, una invención colectiva. La película cuestiona la idea del valor masculino tradicional asociado al toreo y la sustituye por una valentía distinta, con base en la astucia y la palabra.
Otra película fundamental es El torero (1956), donde Cantinflas vuelve a encarnar a un personaje ligado al mundo taurino, esta vez con un tono más reflexivo. Aquí el torero no es solo motivo de burla sino además una figura atrapada entre la pobreza, la fama y la explotación. La cinta muestra cómo el éxito en los ruedos no garantiza dignidad ni justicia social, y cómo el torero —al igual que muchos trabajadores— es utilizado por empresarios y abandonado cuando deja de ser rentable. Cantinflas, fiel a su estilo, convierte la risa en una herramienta de denuncia.
Espejo popular
Es importante señalar que Cantinflas nunca ridiculiza al toro como animal. El objeto de su sátira no es la bestia, sino el sistema que rodea la tauromaquia: la falsa épica, el espectáculo deshumanizante y la desigualdad social. En varias escenas el toro aparece como una fuerza imponente, casi respetable, frente a la torpeza o el oportunismo humano. Esta ambigüedad ha permitido que su cine sea leído tanto por defensores de la tradición taurina como por críticos del espectáculo.
Aunque en películas como El padrecito, El bolero de Raquel o Ahí está el detalle los toros no ocupan un papel central, la lógica cantinflesca —ese lenguaje enredado que desnuda el poder— funciona de manera similar: el pequeño contra el sistema, el improvisado contra la institución. En este sentido, el torero cantinflesco es una extensión del policía, el sacerdote o el burócrata que Mario Moreno interpretó a lo largo de su carrera.
Cantinflas entendía el cine como un espejo popular. Al llevar los toros a la pantalla no pretendía dar una lección taurina, sino dialogar con una tradición profundamente arraigada en el imaginario mexicano. Su humor permitió que el público se reconociera, se riera de sí mismo y cuestionara, aunque fuera de manera inconsciente, los valores asociados al machismo, al sacrificio y al heroísmo ritualizado.
Hoy, en un contexto donde la tauromaquia es objeto de intensos debates éticos y legales, las películas de Cantinflas adquieren una nueva lectura. Más allá de posturas a favor o en contra, su cine nos recuerda que ninguna tradición es intocable y que el humor puede ser una forma poderosa de crítica cultural. Cantinflas no defendió ni atacó frontalmente a los toros: los volvió humanos, absurdos y profundamente sociales.
En definitiva, la relación entre Cantinflas y los toros es la de un artista popular con su tiempo.

