Hay atletas que ganan torneos. Y hay otros que cambian la conversación. Carlos Alcaraz pertenece, sin discusión, al segundo grupo.
No es la primera vez que hablo de él, pero el arranque de 2026 obliga a detenerse. Porque lo que ha conseguido ya no cabe en la categoría de promesa ni de fenómeno precoz: es, simple y llanamente, dominio. Mantenerse en la cima del ATP Tour mientras conquista por fin el Abierto de Australia —el único grande que le faltaba— lo coloca en la mesa de las leyendas.
Con apenas 22 años Alcaraz ya puede presumir de haber ganado los cuatro grandes: Roland Garros, Wimbledon, el US Open y ahora Melbourne. Es el más joven en completar esa colección. Punto. No hay matiz que le reste peso histórico a ese dato.
Y cuando uno mira el resto del inventario —25 títulos en general antes de cumplir los 23— la proyección asusta. Si las lesiones lo respetan, hablar de récords dejará de ser especulación para convertirse en una simple cuestión de tiempo. Nombres totémicos como Jimmy Connors, Roger Federer o Novak Djokovic, hoy referencias estadísticas del deporte blanco, empiezan a verse más como metas alcanzables que como montañas imposibles.
Pero el asunto no es solo cuantitativo. Lo verdaderamente diferencial es su tenis.
Alcaraz juega con una mezcla poco común de violencia y creatividad. Es una bestia competitiva con la derecha, una centella de piernas y, al mismo tiempo, un improvisador que se permite dejadas, ángulos improbables y cambios de ritmo quirúrgicos. Tiene ADN propio, aunque por momentos asomen ecos de Rafael Nadal: la voracidad, la resistencia mental, el colmillo para morder cuando el rival titubea.
La final en Australia fue la postal perfecta. Djokovic —el competidor más feroz de la era moderna— apenas tuvo oxígeno para arañar un set. Después el partido se inclinó como suelen inclinarse los partidos de Alcaraz: intensidad asfixiante, presión constante, autoridad. El mensaje fue claro: el relevo generacional ya no está en proceso, ya ocurrió.
Y hay algo más, quizá menos medible, pero igual de valioso, su fair play: en una época de egos hipertrofiados, Alcaraz compite con hambre y gana con elegancia. Respeta al rival, sonríe, agradece. Suma grandeza humana a la deportiva. Y esa combinación es la que construye ídolos duraderos.
El resto del camino
El curso que viene se perfila como un duelo constante con Jannik Sinner, el otro gran heredero, mientras Djokovic persigue ese simbólico Grand Slam número 25 y Alexander Zverev intenta colarse en la conversación.
Pero, siendo honestos, hoy la jerarquía es nítida: la cima tiene dos nombres. Uno es italiano. El otro es español.
Y el español parece destinado a algo más grande que ganar torneos: a marcar época.

