Según mi humilde opinión los dos eran un par de genios jugando juegos distintos. Por un lado, don Miguelito inventó la novela moderna, que hoy sigue influyendo en millones de lectores y escritores. Su ironía es brutal, melancólica, con un humor triste y desgastado por la vejez, sobre todo en su personaje más famoso, don Quijote.
Cervantes se ríe del mundo mientras lo entiende. Sus personajes saben que están equivocados y aun así siguen adelante (Sancho Panza). Es, pues, un escritor del fracaso, del cansancio, de la dignidad quebrada, rota. Escribe como quien ya perdió todo en la vida… pero todavía se burla de ella.
Guillermito (William) dominó el teatro como ninguno. Entendió las pasiones humanas en su estado más puro: la ambición (Macbeth), los celos (Otelo), el deseo y la culpa (Romeo y Julieta). Su lenguaje es exacto, eléctrico, frases que arden en escena. Sus personajes no reflexionan: actúan y destruyen. Él escribe como un dios cruel y despiadado, observando desde lejos cómo los humanos se despedazan solos.
Entonces, ¿quién gana? Si se trata de novela, ironía, conciencia moderna y lucidez triste, gana Cervantes. En teatro, lleno de conflictos emocionales y pasión desbordada, gana Shakespeare.
Shakespeare entiende mejor el drama del deseo y del poder. Cervantes entiende mejor la derrota, la locura y la risa amarga de existir.
Si te duele la vida: Cervantes.
Si te quema la sangre: Shakespeare.
Y ojo: murieron el mismo año. No fue coincidencia. Fue un cambio de guardia literario.
Hoy es más leído —según algunos analistas literarios y editores— Shakespeare. Primero, porque se enseña de forma global; sus obras se siguen representando y adaptando todo el tiempo. Basta recordar la reciente película con base en la vida de su único hijo, Hamnet, quien en la vida real al parecer murió de la peste. Y, claro, porque el idioma inglés lo empuja mundialmente.
Cervantes escribió El Quijote, una obra monumental y la más editada después de la Biblia. Es más reflexivo y se relee menos.
Para mí, Shakespeare se consume más, pero Cervantes se queda más. Miguel te taladra la cabeza con ideas, a veces subversivas y llenas de locura; Shakespeare no: sus personajes actúan de forma pasional y casi siempre de manera irracional.
Guillermito murió el 3 de mayo de 1616. Don Miguelito murió el 29 de septiembre de 1616. Hay quien afirma que murieron el mismo día: nada más falso que una moneda de tres pesos. No se conocieron físicamente, pero sí. Shakespeare leyó la primera parte del Quijote, publicada en 1605 y traducida al inglés en 1612. Él, junto con su colaborador John Fletcher, escribió una obra que se perdió en un incendio y que llevaba por título Cardenio, según dicen las malas lenguas. La obra se basaba directamente en el personaje del mismo nombre que aparece en los capítulos 23 y siguientes de la primera parte del Quijote.
En el entorno donde vivía Shakespeare la obra de Cervantes era conocida y gozaba de aceptación internacional. En cambio, las letras inglesas no tenían la difusión de las españolas. Y aunque Cervantes alcanzó fama mundial con su novela, vivió con muchas dificultades económicas y fuera de los círculos de poder. Shakespeare, por su parte, hizo dinero con sus obras y algunas tranzas que nunca le comprobaron, porque le gustaba el dinero. Mucho dinero.
Cuento improbable
Guillermo se enteró una noche, medio pedo y con frío, de que un escritor español había escrito la obra más completa y reflexiva de todos los tiempos. Eso le golpeó de una forma inesperadamente brutal. No porque dudara del español sino porque a él le cagaba no ser el centro del Universo.
Consiguió la primera parte del libro como quien consigue veneno. La leyó con rabia, masticando palabras que no entendía, subrayando frases que le parecían una mamada y otras que lo dejaban inquieto, con esa incomodidad de quien se asoma a un espejo y no le gusta el reflejo. Se la pasó a su amigo John, quien la leyó con más calma, menos ego y más cerveza.
Decidieron hacer una versión. No porque la entendieran, sino porque no soportaban que alguien más hubiera llegado tan lejos sin pedir permiso. El resultado fue un engendro: personajes mal digeridos, diálogos torcidos, una tristeza que no era suya. Una obra coja, escrita con el hígado y no con el alma. Entonces Guillermo hizo lo que hacen los hombres orgullosos cuando fracasan: prendió fuego. Quemó el manuscrito, el teatro y un poco su reputación. Dijo que fue un accidente. Nadie le creyó del todo, pero a nadie le importó.
Esa noche, mientras el humo todavía le raspaba los pulmones, le dio el infarto. No fue poético. Fue fugaz, sucio, injusto. Cayó al suelo pensando en un manco, pobre, español y cabrón que se había reído del mundo antes que él.

