EL CINE Y LOS TOROS

Cine y toros
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No hay mayor espectáculo que el de un hombre frente a la vida.

Desde los primeros años del cine la tauromaquia ha sido un tema recurrente para directores de distintas latitudes. La corrida de toros, con su carga simbólica, estética y ritual, ha ofrecido al cine una materia prima poderosa: vida y muerte frente a la cámara, valor y miedo condensados en un instante, tradición y modernidad chocando en la arena.

El cine no solo ha documentado la fiesta brava sino que incluso la ha reinterpretado, mitificado y, en algunos casos, cuestionado.

En el cine temprano los toros aparecieron como espectáculo visual. A finales del siglo XIX y principios del XX los hermanos Lumière y otros pioneros filmaron corridas como parte de su interés por capturar la realidad. Estas primeras imágenes no pretendían contar historias complejas: eran registros casi antropológicos que mostraban una costumbre profundamente arraigada en España y, más tarde, en México.

Sin embargo, incluso en su simplicidad, estas filmaciones ya transmitían la tensión del ruedo y el magnetismo del torero como figura heroica.

Con el desarrollo del cine narrativo la tauromaquia comenzó a funcionar como metáfora. En España películas como Currito de la Cruz (1949), con base en la novela de Alejandro Pérez Lugín, consolidaron el arquetipo del torero trágico. En este tipo de cintas el torero no es solo un profesional del riesgo sino un hombre marcado por el destino, atrapado entre la gloria y la muerte. El toro, por su parte, adquiere un carácter casi mítico: es el adversario absoluto, una fuerza de la naturaleza que no puede ser domesticada del todo.

El cine mexicano también encontró en los toros un espejo de sus propias tensiones sociales. Durante la Época de Oro la figura del torero apareció ligada al melodrama y al ascenso social. Películas como Torero (1956), de Carlos Velo, ofrecen un enfoque distinto: el documental. Esta obra, centrada en la figura de Luis Procuna, se adentra en la intimidad del matador, mostrando no solo el brillo del traje de luces, sino también el miedo, la soledad y la presión sicológica que acompañan a quien se juega la vida cada tarde. Torero es un ejemplo clave de cómo el cine puede humanizar la tauromaquia sin idealizarla por completo.

Relación compleja y cambiante

En el cine internacional los toros se han utilizado como símbolo de lo español y lo pasional. Hollywood recurrió con frecuencia a la tauromaquia para construir una imagen exótica y romántica de España. Sangre y arena (1941), protagonizada por Tyrone Power y con base en la novela de Vicente Blasco Ibáñez, presenta al torero como una celebridad trágica, consumida por el éxito, el deseo y la fatalidad. Aquí la corrida funciona como un escenario donde se dramatizan los excesos del ego y el precio de la fama, temas universales que trascienden la fiesta brava.

Ernest Hemingway tuvo una influencia decisiva en esta visión cinematográfica. Su fascinación por los toros y su defensa de la tauromaquia como arte influyeron tanto en la literatura como en el cine. Adaptaciones de sus obras, como The Sun Also Rises (Fiesta, 1957), utilizan los encierros y las corridas no solo como telón de fondo, sino como una metáfora de la búsqueda de sentido, del enfrentamiento con el vacío y de la necesidad de medir la propia valentía frente a la muerte.

No obstante, el cine contemporáneo ha adoptado una mirada más crítica. A medida que crecen los debates éticos en torno del maltrato animal las películas que abordan la tauromaquia tienden a problematizarla. Documentales y ficciones recientes exploran la contradicción entre tradición y sensibilidad moderna. Un ejemplo es Blancanieves(2012), de Pablo Berger, que si bien es una película muda y estilizada, muestra el mundo taurino desde una óptica oscura y casi fantasmagórica, subrayando el sacrificio y la fatalidad más que la gloria.

En América Latina, y particularmente en México, el cine ha reflejado la relación ambigua con los toros: admiración cultural, por un lado; cuestionamiento social, por otro. Las plazas aparecen como espacios cargados de historia, pero también como escenarios de conflicto. En muchas películas la corrida no es el centro del relato, sino un elemento simbólico que habla de masculinidad, poder, violencia y herencia cultural.

Sin embargo, también es cierto que el cine ha sido un espacio donde se confrontan posturas. Para algunos directores filmar toros es preservar una tradición; para otros, es exponer una violencia que debe ser cuestionada.

En conclusión, la relación entre el cine y los toros es compleja y cambiante. Desde el registro documental hasta la ficción trágica y la crítica contemporánea, la tauromaquia ha servido como espejo de las pasiones, miedos y contradicciones de las sociedades que la practican y la filman.

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