EL VUELO DE LA IMAGINACIÓN: DE DA VINCI A JALISCO

“No necesitamos importar el futuro sino patentarlo”.

Universidad Panamericana Guadalajara
Columnas
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Si usted, querido lector, se encuentra atrapado en el tráfico de la Avenida Vallarta en Guadalajara o en el Periférico de la Ciudad de México a las 18:00 horas permítame invitarlo a un ejercicio de visualización: cierre los ojos (bueno, no si está conduciendo); imagine que su vehículo no tiene ruedas sino ocho rotores eléctricos; imagine que, con un zumbido apenas perceptible, usted se eleva verticalmente, dejando atrás el mar de lámina, el claxon estridente y el olor a combustión; imagine que a 100 metros de altura su nave hace una reverencia mecánica, se transforma en un avión y lo lleva a su destino en minutos.

No, no es un episodio de Los Supersónicos. Es 2026 y la ciencia ficción ha decidido aterrizar —o mejor dicho, despegar— en la realidad. Pero esta historia no comienza con fibra de carbono y baterías de litio sino con tinta, lino y un genio toscano con una barba impresionante.

Hace más de 500 años Leonardo da Vinci miraba a los pájaros no como un ornitólogo, sino como un ingeniero celoso. “¿Por qué ellos sí y yo no?”, debió pensar mientras garabateaba en sus códices.

Da Vici entendía que el aire era un fluido, “un agua más ligera”, y que para conquistarlo se necesitaba un tornillo. Su famoso Tornillo aéreo (1489) es el abuelo conceptual del helicóptero moderno. Imaginaba una espiral gigante de lino que girada con suficiente fuerza por cuatro hombres sudorosos se “enroscaría” en el aire hacia arriba.

Leonardo tenía el diseño pero le faltaban dos “pequeños” detalles que el Renacimiento no podía proveerle: una fuente de energía densa (motores, no bíceps) y materiales ligeros.

El tornillo de Da Vinci nunca voló en su época pero su intuición aerodinámica fue tan certera, que en pleno siglo XXI ingenieros de la NASA y de universidades como la de Maryland han construido prototipos funcionales basándose exactamente en sus bocetos, demostrando que tenía razón. La física estaba ahí; solo faltaba el “enchufe”.

Transición jalisciense: el genio de AKXO

Damos un salto cuántico (y de 500 años) hacia el corazón del estado de Jalisco. Mientras el mundo observa a gigantes como Joby Aviation en EU o EHang en China (que ya operan taxis aéreos autónomos de forma comercial este año), en Jalisco un profesor universitario decidió que no necesitamos importar el futuro sino patentarlo.

El doctor Fidencio Tapia Rodríguez y su equipo desarrollaron el proyecto AKXO. Y aquí es donde la divulgación científica se pone divertida: AKXO no es un helicóptero (que gasta muchísima energía solo para sostenerse en el aire) ni es un avión convencional (que necesita una pista kilométrica para despegar). Es un eVTOL (“electric Vertical Take-Off and Landing”) con una crisis de identidad brillante.

La genialidad de AKXO, reconocida con el Premio Nacional a la Innovación del IMPI, radica en la transición de flujo mediante alas basculantes. El inventor Tapia lo explica de forma casi poética: la aeronave tiene ocho motores, como un dron, y despega en vertical. Pero una vez arriba “gira toda la estructura”. Los chorros de aire, en vez de empujar para arriba, empujan hacia el frente. En ese instante mágico de la física la nave deja de depender de sus motores para no caerse y comienza a “descansar” sobre la sustentación que generan sus alas.

Es como si la nave dijera: “Gracias, motores, por subirme; ahora dejen que la aerodinámica haga el resto”. Esto es crucial. Volar como un dron es carísimo energéticamente (15 minutos de autonomía). Volar como un avión es eficiente (hasta una hora de autonomía). AKXO es ambos. Es un “dron-avión” que sabe cuándo cambiar de modo para ahorrar batería.

Este 2026, luego de años de simulaciones y prototipos a escala, AKXO ha pasado a las pruebas de vuelo del prototipo real. Las pruebas más críticas no son las de despegue (eso ya lo hace cualquier juguete de 50 dólares), sino las de transición y seguridad.

El software de control autónomo del AKXO está siendo calibrado para gestionar ese momento en que la estructura gira. Imaginen la complejidad de ajustar ocho motores en milisegundos para que la cabina no se tambalee mientras cambia la forma en que el aire la sostiene. Además, el prototipo incluye un paracaídas balístico de emergencia, un sistema que se dispara en fracciones de segundo y que, curiosamente, Da Vinci también diseñó (en forma piramidal) hace siglos. El ingenioso Tapia no solo piensa en cómo evitar el tráfico sino en cómo bajarnos suavemente si algo falla.

Epílogo: la sonrisa de Leonardo

AKXO es más que ingeniería: es una declaración de soberanía tecnológica. Demuestra que la investigación académica en Jalisco puede competir en ingenio con Silicon Valley o Pekín.

Si Leonardo da Vinci pudiera pasearse hoy por los laboratorios de la Universidad en Jalisco y viera al AKXO girar sus alas basculantes, estoy seguro de que sonreiría. Vería en esa máquina la culminación de su obsesión por el tornillo aéreo y la confirmación de su frase más célebre: “Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con la mirada levantada al cielo”.

Y si usted sigue atrapado en el tráfico mientras lee esto, levante la mirada. Tal vez muy pronto sea usted quien vaya en el AKXO, mirando hacia abajo con una mezcla de lástima y buen humor.

¿Por qué AKXO es tan especial?

A diferencia de los modelos alemanes o chinos (que suelen usar muchos motores fijos), el AKXO utiliza alas basculantes. Esto lo hace mecánicamente más complejo de diseñar, pero mucho más eficiente para cubrir distancias más largas dentro de la ciudad, ya que “descansa” sobre el aire mientras vuela.

Por lo anterior, empresas como AirMobility MX han comenzado a mirar este tipo de desarrollos locales para integrarlos en las futuras redes de vertipuertos que se planean para ciudades como Guadalajara y la Ciudad de México.

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