Todo el mundo habla de los discursos en el Foro Económico Mundial de Davos. Algunos refiriéndose con admiración a la intervención del primer ministro canadiense; otros a los agresivos pero trascendentales posicionamientos de Donald Trump y su secretario de Comercio.
Lo llamativo para mí es el escenario. Davos ha tenido más repercusión mediática y recibe mayor atención de los propios mandatarios, que la Asamblea General de la ONU el año pasado.
El foro internacional con más rating es uno organizado por la iniciativa privada y no el organismo multilateral sostenido por los gobiernos de todo el planeta. Si se piensa, la proyección de Davos demuestra quién manda en el planeta y dónde reside el verdadero poder.
Con excepción del extraño afán del gobierno mexicano por ausentarse de Davos, los países desarrollados buscan, todos, un espacio para posicionar su mensaje y políticas en el Foro Económico Mundial. En cambio, a la Asamblea General de la ONU acuden obligados para pronunciar discursos larguísimos que ellos saben no tendrán ninguna consecuencia fructífera. Las mesas de discusión y las deliberaciones con especialistas en Davos resultan mucho más interesantes que el burocrático trabajo de las comisiones en la ONU o la lista interminable de oradores en la Asamblea General.
Se supone que en la ONU se dirigen mensajes a los gobiernos y a otros pueblos; en Davos, a los inversionistas.
Las implicaciones económicas de Davos resultan incuestionables a grado tal, que algunos mandatarios lo han confesado en sus memorias. El mismísimo Carlos Salinas de Gortari comentaba en su libro autobiográfico, México: un paso difícil a la modernidad, cómo al acudir a Davos se dio cuenta de la imperiosa necesidad de negociar un TLC con Estados Unidos. Lo anterior en vista de la apertura de los mercados europeos por la caída del Muro de Berlín. Fue ahí donde Salinas sostuvo una plática crucial con Margaret Thatcher para convencerse de la necesidad de sumar a México a la ola del libre comercio mundial.
Tendencias
Y es que solo ahí, escuchando las prioridades de los grandes capitales, se forman los líderes una idea de por dónde camina el mundo y cómo orientar el propio país para colocarlo en sintonía con las tendencias internacionales.
La delegación mexicana este año, en cambio, no tuvo la estatura ni la relevancia que merece un país como el nuestro. Es una lástima. México podría haberse codeado con sus pares, sostenido conversaciones indispensables sobre el nuevo orden mundial y empezar a diseñar estrategias de cooperación bilateral o multilateral con diferentes actores.
Con todo, teniendo presente el ejemplo de Salinas de Gortari, insisto en que lo más importante sería hacerse una idea de lo que está pasando y lo que están pensando los actores de mayor poder en el planeta. Una recolección de impresiones que solamente puede hacerse en forma personalísima. Una necesidad aún más apremiante en el contexto de una transformación tan profunda del sistema internacional como la que está viviendo esta generación.
Lo más importante del discurso canadiense fue, en mi concepto, la repetición de un dicho ya muy viejo: los países “o están en la mesa o son parte del menú”.

