Aludo a la temática de las dimensiones de la Seguridad. Es decir, la pública, la interior, la nacional, la regional y la internacional. Hay una notable coincidencia tanto de acontecimientos como de posicionamientos para que las agendas y las responsabilidades de cada una de las seguridades se traslapen e incluso, con frecuencia, se confundan.
Un caso muy evidente son las explicables inquietudes, especulaciones, suposiciones y hasta hipótesis de conspiraciones internacionales a propósito de la realización del campeonato mundial de futbol. No solo en México sino también en Estados Unidos y Canadá, las alertas respecto de un probable atentado terrorista de inspiración islámica son el denominador común.
Las referencias a los procedimientos, controles y restricciones migratorias son de particular preocupación en México, sobre todo por la proverbial laxitud de las autoridades correspondientes, así como por los flujos o caravanas procedentes de Centroamérica, que por cientos de personas intentan de cualquier forma ingresar a Estados Unidos.
Aunado a ello, o de forma simultánea, vienen otros delitos: el reclutamiento forzado de hombres y mujeres de cualquier edad para vender droga al menudeo o incorporarse al sicariato. También la trata de personas con fines de prostitución (de cualquier género y edad); y, por supuesto, la incorporación de migrantes a bandas de la delincuencia común en importantes zonas urbanas es una constante.
En esta variable en el análisis de las seguridades claramente se entremezclan la pública, la interior y la regional.
Los comentarios más frecuentes en los medios de comunicación convencionales y digitales de nuestro país y de varias partes del mundo se refieren a la debilidad estructural de las autoridades mexicanas para prevenir y contener un supuesto atentado terrorista. Hay que recordar, aunque ya ha pasado un poco de tiempo, que ninguno de los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001 —subrayo, ninguno— pasó o estuvo en México. Sí, en cambio, dos de ellos tomaron un curso de pilotaje de seis meses en Texas. Otros más ingresaron desde Canadá y Alemania.
Expectativa malsana
Lo llamativo del debate en torno de las condiciones de seguridad y organización del campeonato mundial de futbol en México es que pareciera que, ante un eventual fracaso por parte del gobierno mexicano y las autoridades locales de la capital del país, Monterrey y Guadalajara, habría algún actor político nacional que resultaría beneficiado.
Peor aún, no se dimensiona la afectación que tendría para la imagen y prestigio de México después de que a lo largo de los años, por décadas, ha dado muestras suficientes para la organización de eventos de proyección mundial, que van de las Olimpiadas al Gran Premio de Fórmula Uno, y ahora un tercer campeonato mundial de futbol.
En resumen, una expectativa malsana de que las cosas salgan mal, o no como se esperaban, sería un dramático resultado donde todos y todas, sin excepción, perdemos.
En otra dimensión de la seguridad, en este caso pública, está la polémica en torno de la operación que encabezaron el Ejército Mexicano y la Guardia Nacional para encontrar e intentar detener al cabecilla de la organización Nueva Generación, Nemesio Oseguera Cervantes. Las especulaciones respecto del “sucesor”; las condiciones jurídicas del proceso de la Defensa Nacional para su final abatimiento; las disímbolas interpretaciones sobre el tardío (eso es cierto) posicionamiento de la Fiscalía General de la República, lo que aumentó el debate posTepalpa; la real o supuesta participación de las agencias de seguridad y defensa de Estados Unidos, entre otros muchos temas al respecto, provocan una densa neblina para evitar reconocer que se trata a todas luces de un éxito y una oportuna noticia para, al menos, contener las acciones de violencia criminal en varias partes del país.

