DECAPITAR PARA NEGOCIAR

“No es el colapso de la diplomacia: es su militarización”.

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Columnas
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Frente a la captura del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos muchos se cuestionaban si Irán sería el próximo objetivo de la Casa Blanca. Aunque el presidente Donald Trump optó por la cautela, en gran medida porque carecía de suficientes activos militares en Oriente Medio, el panorama cambia rápidamente.

En las últimas semanas el Pentágono desplegó un grupo de ataque con portaaviones y avanzados sistemas de defensa antimisiles en la región, mientras continúan las gestiones diplomáticas entre Washington y Teherán. Por ello, ahora la pregunta es si Trump está dispuesto a jalar del gatillo.

La respuesta es que nadie con memoria estratégica en Washington quiere otro Irak, el fantasma de una guerra interminable, drenando recursos. Invadir Irán sería un error geopolítico mayúsculo, costoso, prolongado y funcional solo para sus adversarios. La hipótesis más plausible es otra. Un golpe quirúrgico. Una “decapitación” selectiva, a la Venezuela. No para ocupar. No para reconstruir. Para alterar el equilibrio sicológico de la negociación.

Lo que estamos viendo no es el colapso de la diplomacia: es su militarización. Mientras el Pentágono refuerza su presencia en Oriente Medio con un despliegue militar y sistemas de defensa antimisiles, en Omán las conversaciones siguen su curso. No es contradicción. Es lógica de poder de la era Trump, en la que se negocia con portaaviones en la mesa.

Desde la óptica de Washington, Irán luce más vulnerable que hace una década. Hezbolá debilitado. Hamás prácticamente desmantelado como fuerza militar. El régimen de Assad colapsado. Y después de que la guerra de doce días con Israel dejara expuesta la vulnerabilidad del espacio aéreo iraní, la estrategia de disuasión regional de Teherán ya no intimida como antes.

Caminos

Dentro de la Casa Blanca coexisten dos visiones. Una apuesta por exprimir el momento. Irán está acorralado, dicen. Es ahora o nunca. Incluso hay quienes hablan de empujar un cambio de régimen. La otra lectura es más pragmática: presión sí, guerra no. Trump ha construido su narrativa sobre la idea de evitar conflictos interminables: golpear para negociar, no para ocupar.

El precedente venezolano normalizó algo que durante décadas fue impensable: apuntar al vértice del poder. En Caracas la secuencia fue discreta desde la negociación y captura hasta el reacomodo. En Irán podría invertirse: negociación pública, golpe selectivo, nueva ronda con interlocutores debilitados.

Por ello, Teherán tiene dos caminos. Una represalia simbólica que preserve su narrativa interna, o una escalada que regionalice el conflicto, amenace rutas energéticas y desborde el cálculo original. El primer escenario mantiene el juego dentro del tablero. El segundo incendia la mesa.

Hoy Estados Unidos e Irán no están al borde de una guerra convencional. Están en un corredor estrecho donde la fuerza puede ser el preludio de la negociación o el detonante de algo mucho más grande. La pregunta ya no es si habrá un golpe. La verdadera incógnita es si, una vez abierto ese umbral, alguien podrá cerrarlo a tiempo.

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