El año apenas comienza y la sacudida es inmediata. Un sismo, noticias alarmantes que llegan de diferentes partes del mundo, imágenes que se acumulan con violencia en la pantalla. Todo lleva a una reflexión casi involuntaria: el panorama mundial es, por decir lo menos, inquietante. No se trata solo de una serie de crisis aisladas, sino de la sensación persistente de que algo general se ha resquebrajado.
Vivimos tiempos marcados por la amenaza constante de guerras a gran escala, por el colapso del mundo que conocimos y por la erosión de principios que durante generaciones sostuvieron la vida en común. Todo parece desprenderse de un mismo fenómeno: el progresivo alejamiento del ser humano de su propia humanidad.
Parte de ese alejamiento proviene de la sustitución de experiencias vitales por mediaciones tecnológicas. Se reduce el contacto con otros cuerpos y con el mundo natural; la vida en directo es reemplazada por versiones filtradas, editadas, programadas. El alcance masivo de la tecnología no solo informa, sino que desinforma, malinforma, moldea, controla y anestesia. El adoctrinamiento ideológico nunca había sido tan eficaz, precisamente porque cabe en una pantalla que llevamos, casi como un apéndice, en el bolsillo.
El arte también se ha ido separando de la experiencia humana directa. Ya no se accede a él por la mirada, la emoción o la confrontación, sino por instrucción. Alguien debe decir qué es arte, cómo mirarlo y qué pensar frente a él. Curadores, teóricos, instituciones y discursos legitimadores fungen no como mediadores, sino como guardianes del sentido y del valor. El espectador ha dejado de ser sujeto y se ha convertido en receptor pasivo. En ese proceso se rompe un vínculo ancestral: el arte deja de operar como una capacidad humana básica –tan antigua como el lenguaje o el rito– y se consolida como un sistema cerrado, distante y excluyente.
Y no se trata de mero desinterés. El distanciamiento del público respecto al arte no parece espontáneo, sino inducido. Es consecuencia directa de lo que se ha definido, promovido y legitimado como arte durante décadas. Desde hace tiempo se señala el repliegue autorreferencial del arte contemporáneo, su progresivo encierro en sí mismo. Al mismo tiempo, se insiste en su supuesta inutilidad, lo que explica que sea siempre uno de los primeros ámbitos en desaparecer cuando llegan los recortes presupuestales. Pero quizá la pregunta deba formularse de otro modo: ¿qué pasaría si, en lugar de desmontar la cultura o precarizarla, se apostara por libros, exposiciones, ciclos de cine, artes escénicas y una educación deliberadamente diseñada para iluminar, dignificar, sensibilizar y abrir espacios de diálogo, análisis y pensamiento crítico?
La definición dominante del arte contemporáneo no es neutral. Responde a intereses específicos, sirve a élites culturales y económicas y consolida estructuras de poder que dictan qué merece existir y qué puede ser borrado. En ese proceso, enormes cantidades de arte significativo han sido desplazadas, silenciadas o relegadas a la periferia. En un momento histórico como el que atravesamos –marcado por el control, la homogeneización y la pérdida de experiencia directa–, lo que está en juego no es solo una cuestión estética, sino vital. No se trata de adaptarse dócilmente a las condiciones impuestas, sino de insistir. De resistir. De defender los mundos propios.
Pienso en Michel de Montaigne, que escribió sus Ensayos en medio de guerras religiosas, fanatismo y violencia generalizada; y en Stefan Zweig, que en él reconoció a un espíritu afín mientras Europa se precipitaba hacia su propia destrucción. Ambos comprendieron –cada uno en su tiempo– que cuando las instituciones fallan y el mundo exterior se vuelve irrespirable, la defensa de un territorio interior se convierte en un acto de resistencia.
Pienso entonces en los artistas contemporáneos, también situados en un mundo convulso, saturado de consignas, algoritmos y urgencias ajenas. Como Montaigne en su torre, como Zweig en su exilio interior, el desafío no es salvar el mundo ni ofrecer respuestas universales, sino preservar un espacio propio desde el cual pensar, hacer y mirar con claridad. En contextos dominados por la presión de adaptarse –a los discursos, a las modas, a las exigencias del sistema–, sostener una práctica fiel a sí misma se vuelve un gesto silencioso de valentía. No heroico, no grandilocuente, pero profundamente político y necesario.
Frente a la disyuntiva entre adaptarse hasta diluirse o desaparecer por completo, hay una tercera vía: insistir. Seguir haciendo, pensando y creando desde una lógica propia, aun cuando no sea rentable, visible o celebrada. Defender esos mundos –pequeños, frágiles, personales– no garantiza la supervivencia, pero evita algo peor: la traición a uno mismo. Y quizá, en tiempos como estos, eso sea ya una forma suficiente de lucidez.

