EL DEPORTE COMO CONTENCIÓN EN TIEMPOS DE FURIA

Deporte en tiempos de furia
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Vivimos una época que no concede tregua. La violencia se normaliza, la corrupción se enquista y la política —aquí y allá— parece más interesada en administrar el enojo que en resolverlo. México no es la excepción: la realidad golpea todos los días. Y, sin embargo, mientras el país aprende a convivir con esa dureza, se prepara también para ser escaparate del mundo con el Mundial de Futbol 2026. La paradoja es brutal y honesta: un país herido que, aun así, se pone la camiseta.

Y no se trata de evasión. El deporte no borra a los ausentes ni repara a las víctimas. No limpia la sangre ni corrige instituciones fallidas. Pero contiene. Contiene emociones, ofrece marcos de sentido y devuelve, por momentos, la noción de comunidad. De ahí la relevancia de ver a México asomarse también en escenarios que parecen lejanos —como Juegos Olímpicos de Invierno Milano Cortina 2026—; con una delegación pequeña, sí, pero cargada de simbolismo: competir aun cuando el camino no fue diseñado para nosotros.

Lo mismo ocurre con el Clásico Mundial de Beisbol. La Selección Mexicana llega con argumentos, con proceso y con hambre. En un país que suele improvisar, el beisbol ha demostrado que el trabajo sostenido rinde frutos. Ese mensaje —el de la disciplina frente al caos— vale más que cualquier marcador.

Al norte del Río Bravo la escena no es menos tensa. Estados Unidos vive una crispación interna donde la autoridad, en demasiados casos, ejerce su poder sin pudor. Aun así, el país encuentra válvulas de escape en su liturgia deportiva.

La NFL atraviesa su punto más alto del calendario; la NBA concentra reflectores globales; y el futbol americano colegial —con su mística, sus campus y su épica— sigue contando historias improbables, capaces de romper jerarquías y cuestionar pronósticos. En ese escenario el mérito, el esfuerzo y la identidad aún pesan; si no pregúntenles a los Indiana Hoosiers, que se coronaron campeones sobre Miami con una gran actuación de su jugador de origen cubano, Fernando Mendoza, quien por cierto también ganó el Trofeo Heisman.

Recordatorio

Cuando uno voltea a ver más allá, el panorama no mejora: guerras, desplazamientos, autoritarismos y crisis humanitarias. El mundo duele. Pero el deporte insiste. No para anestesiar, sino para recordar valores que la política suele traicionar: reglas claras, consecuencias visibles, reconocimiento al mérito, respeto al rival, posibilidad de redención. Es decir: en la cancha, la congruencia importa; fuera de ella, también debería.

Por eso el deporte importa hoy más que nunca. Porque no promete soluciones mágicas ni finales felices. Promete algo más modesto y, a la vez, imprescindible: un espacio donde la humanidad se reconoce capaz de ordenarse por noventa minutos, por cuatro cuartos o por nueve entradas. Donde el esfuerzo tiene sentido y el resultado —guste o no— se acepta.

En tiempos convulsos, el deporte no es opio, es contención. Un recordatorio de que el mundo, además de violencia y cinismo, todavía sabe organizarse alrededor de valores compartidos. Y eso, hoy, ya es una forma de resistencia.

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