Consumado por el general Victoriano Huerta el golpe de Estado y los asesinatos del presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suarez, el Congreso de Coahuila, mediante el Decreto 1421 del 13 de febrero de 1913, autorizó al gobernador Venustiano Carranza para constituir una fuerza armada que se encargara de devolver la legalidad y vigencia de la Constitución.
La efímera y sangrienta dictadura de Huerta duró del 19 de febrero de 1913 al 15 de julio de 1914. Es decir, que tan solo seis días pasaron entre el derrocamiento del gobierno legalmente elegido y la creación del Ejército Constitucionalista. Esa sería la primera y mortífera etapa de la Revolución Mexicana.
En 1916 se cambió el nombre a Ejército Nacional Federal y Permanente. Y finalmente, en 1948, se le impuso su denominación vigente: Ejército Mexicano.
Mediante un decreto presidencial del entonces presidente Miguel Alemán Valdés del 19 de febrero de 1950 se instauró la fecha que conmemora la creación de una de las más importantes instituciones del Estado mexicano contemporáneo.
Un breve repaso de la historia postrevolucionaria da cuenta de las sustanciales aportaciones del Ejército Mexicano a la estabilidad política, a la democracia y, sobre todo, a velar por la integridad de la nación y la salvaguarda de la integridad de la población.
Sin duda una de las principales características en las relaciones civiles militares desde 1946 a la fecha es que sin excepción alguna de quién ocupe la Presidencia y sin distingo de orientación ideológica o pertenencia partidista, los titulares del Poder Ejecutivo han recurrido al estamento militar para distintas tareas; la enorme mayoría, frente a situaciones críticas derivadas de las coyunturas.
Hablamos del control político, de la aplicación del muy bien evaluado Plan DN-III-E, de las labores intensas y extendidas de apoyo a la seguridad pública a lo largo de varias décadas, de la construcción de obras de infraestructura críticas para el adecuado funcionamiento de varios sectores productivos...
Desde luego que las influencias de la dinámica internacional en cada etapa de la historia contemporánea deben ser procesadas para garantizar la proyección de los intereses y poder nacionales.
Lealtad y compromiso
Y de ahí que dos sean, probablemente, sus dos principales virtudes. La primera se refiere a la constante capacidad de adaptación, sin perder su esencia como Fuerza Armada. La segunda a la lealtad institucional y compromiso con la sociedad.
Desde luego, ambas características son compartidas por la Fuerza Aérea Mexicana (cuya efeméride fue el pasado 10 de este mes), por la Armada de México y ahora también por la Guardia Nacional.
Los antagonismos que ahora enfrenta México, tanto internos como externos, van exigiendo de las Fuerzas Armadas, y en específico del Ejército Mexicano, una sustancial ampliación de sus responsabilidades (que atienden a la coyuntura en cuestión) y, al mismo tiempo, las de manera doctrinaria, que corresponden a sus misiones estructurales.
Estas, como sabemos, se encuentran para las Fuerzas Armadas en su conjunto, en las Leyes Orgánicas de la Defensa y de Marina. Es decir, que las tareas que gobierno a gobierno se les ordenan no deben afectar, en lo posible, la estructura de las misiones que son la base de la profesión de las armas y filosofía de la guerra.
Por ejemplo, una dimensión de la seguridad que es fundamental —y lo será más aún en el corto plazo— es el antagonismo del ciberespacio, la ciberseguridad, la Inteligencia Artificial (IA) y el control del espacio sideral, que exigen una constante capacitación para estar en condiciones de procesar las potenciales afectaciones.
Para esto nuestro país cuenta con una institución comprometida con la nación: el Ejército Mexicano.

