Los niños son reflejo de nuestro futuro. Démosles razones para soñar y motivos para creer.
El niño no sabe qué es un símbolo. No sabe que lo celebran. No sabe que hay un día que le pertenece por decreto, como si la infancia fuera un territorio que pudiera delimitarse en el calendario con tinta roja y globos inflados. El niño, en México y en cualquier parte del mundo, lo único que sabe es jugar… o sobrevivir.
El 30 de abril aparece como una fiesta: instituido en 1924 por el entonces secretario de Educación, José Vasconcelos, bajo el gobierno de Álvaro Obregón: dulces, festivales escolares, piñatas improvisadas en patios de concreto, maestras disfrazadas que por un día abandonan la rigidez del pizarrón. Hay risas, sí, pero también hay una coreografía aprendida: la alegría institucionalizada. El niño recibe juguetes baratos que se rompen antes de que termine la semana, pero que en ese instante brillan como si fueran eternos. Nadie le dice que la infancia, como ese juguete, también se rompe pronto.
En otras partes del mundo el Día del Niño cambia de fecha, pero no de esencia. En Japón, en Turquía, en algunos países de Europa, la infancia se honra como una promesa; en otros lugares apenas se tolera como una etapa incómoda antes de la adultez productiva. Cambia el idioma, cambian las banderas, pero el niño sigue siendo ese ser a medio formar que carga expectativas que no eligió.
Porque el niño no es solo el que ríe en el festival escolar. Es también el que vende chicles en el semáforo, el que aprende demasiado pronto a leer la violencia en los gestos de los adultos, el que crece en silencio mientras el mundo decide por él. Ese niño no tiene festival, no tiene piñata, no tiene un “día” que lo salve. Tiene, en cambio, una especie de intuición oscura: que la vida no es justa, y que nadie va a explicárselo.
Celebrar el Día del Niño es, en cierto sentido, un acto de nostalgia anticipada. Los adultos no celebramos a los niños: celebramos lo que fuimos, lo que perdimos. Hay algo casi melancólico en ver a un padre comprar un juguete, como si al entregarlo intentara reconciliarse con su propia infancia incompleta. El regalo no es solo para el niño: es para ese adulto que aún no entiende en qué momento dejó de jugar.
Realidad
Pero el niño no piensa en eso. El niño vive en un presente absoluto. Su tiempo no es lineal; es una sucesión de instantes donde lo importante es inmediato: correr, reír, llorar, caer, levantarse. El Día del Niño, para él, es solo un día más donde algo distinto ocurre. No sabe que está siendo observado, celebrado, idealizado. No sabe que representa “el futuro”, como repiten los discursos políticos con una solemnidad hueca.
Porque si el niño es el futuro, entonces el futuro está lleno de contradicciones. En México, por ejemplo, hay niños que aprenden a leer antes que a comer bien. Niños que saben lo que es el miedo antes que lo que es la seguridad. Niños que crecen en entornos donde la infancia no es un derecho sino un lujo. Y sin embargo el 30 de abril llega con su promesa de dulzura, como si un día pudiera compensar todo lo demás.
En el mundo ocurre lo mismo. Hay niños en ciudades luminosas que reciben tecnología como extensión de su cuerpo, y niños en zonas de guerra que aprenden a distinguir el sonido de las balas. Hay niños que juegan a ser adultos, y adultos que nunca dejaron de ser niños heridos. La infancia no es una experiencia universal; es una lotería geográfica, económica, emocional.
Y aun así el Día del Niño persiste. Tal vez porque necesitamos creer que hay algo puro, algo rescatable. Tal vez porque, en medio del caos, la imagen de un niño riendo funciona como un consuelo colectivo. Es más fácil inflar globos que enfrentar las estructuras que hacen que muchos niños no tengan nada que celebrar.
Dedicar un día a la infancia es como si el mundo dijera: “Sabemos que no es suficiente pero aquí tienes esto”. Un gesto simbólico que intenta cubrir una realidad más compleja, más incómoda.
El niño, sin embargo, no pide tanto. No pide discursos, ni fechas conmemorativas, ni campañas publicitarias. Pide cosas simples: atención, cuidado, un espacio donde existir sin miedo. Pide tiempo. Y el tiempo, curiosamente, es lo primero que el adulto le arrebata cuando crece.
Porque el verdadero problema del Día del Niño no es que exista sino que se queda corto. Es un recordatorio anual de algo que debería ser permanente. Es una pausa en la rutina para mirar hacia abajo —literalmente— y reconocer que ahí está alguien que todavía cree en cosas que nosotros dejamos de creer.
Al final, este día, aunque inútil para muchos niños de México y del mundo, nos recuerda a los adultos que un día fuimos niños.

