EL CINE DE ALMODÓVAR Y LOS TOROS

Hable con ella
Share

El cine de Pedro Almodóvar y la tauromaquia mantienen una relación menos evidente que en otros cineastas españoles, pero no por ello menos significativa. No se trata de una presencia constante ni explícita sino de una resonancia cultural, simbólica y emocional que atraviesa su filmografía de manera subterránea.

Los toros, más que aparecer como espectáculo, funcionan en el cine de Almodóvar como una herencia cultural, un imaginario compartido y una metáfora del deseo, la violencia, la muerte y la identidad española.

Almodóvar pertenece a una generación criada en una España donde la tauromaquia era parte del paisaje cotidiano, un rito popular tan asumido como la Semana Santa o las verbenas de barrio. Aunque su cine se ha caracterizado por romper con los símbolos oficiales del franquismo y por construir una España alternativa, moderna y transgresora, los toros nunca desaparecen del todo. Están ahí como telón de fondo cultural, como una sombra que recuerda el origen, incluso cuando la cámara se mueve hacia lo urbano, lo queer y lo marginal.

A diferencia de directores como Carlos Saura o Berlanga, que abordaron la tauromaquia de forma más directa y crítica, Almodóvar opta por una aproximación indirecta. En su cine el toro no es tanto el animal ni la corrida en sí sino lo que representa: la confrontación entre vida y muerte, el cuerpo expuesto, la mirada pública y el sacrificio ritual. Estos elementos son centrales en su obra.

El melodrama almodovariano, con sus pasiones desbordadas y sus personajes llevados al límite, comparte con la corrida de toros esa estructura trágica donde todo se juega en un espacio delimitado y bajo la mirada de los otros.

Un ejemplo claro se encuentra en hable con ella (2002). Aunque la tauromaquia no ocupa el centro del relato, el personaje de Lydia González, una torera famosa, introduce el universo taurino de manera frontal. Lydia no es un adorno exótico: es una mujer que irrumpe en un territorio tradicionalmente masculino y encarna la transgresión de género que tanto interesa a Almodóvar. La plaza de toros se convierte en un escenario dramático donde el cuerpo femenino desafía la tradición, y donde la violencia del rito se vuelve íntima cuando Lydia queda en coma tras una cogida. Aquí, la corrida deja de ser espectáculo y se transforma en tragedia personal, casi doméstica.

Catarsis

En este punto, Almodóvar desmonta la épica taurina clásica. No hay glorificación del héroe ni exaltación nacionalista. Lo que queda es el cuerpo herido, la fragilidad, el silencio posterior al impacto. La cogida funciona como un corte narrativo que suspende la acción, similar a cómo la muerte o el abandono irrumpen en otros melodramas del director. La tauromaquia es, entonces, una vía más para hablar del dolor y de la imposibilidad de controlar el destino.

Más allá de las referencias explícitas, el cine de Almodóvar comparte con los toros una estética del exceso y del color. El rojo —color central en la lidia— aparece obsesivamente en su filmografía: vestidos, paredes, labios, sangre simbólica. Ese rojo no es naturalista; es un rojo emocional, exagerado, casi pop, que conecta con la teatralidad de la plaza. Como en la corrida, todo en el cine de Almodóvar está subrayado: los gestos, las palabras, los conflictos. No hay espacio para la tibieza.

También existe un paralelismo en la relación con el público. La corrida de toros es un acto profundamente performativo: el torero se expone, se juega el cuerpo, es observado, juzgado y aplaudido. Muchos personajes almodovarianos viven de forma similar. Actrices, cantantes, madres sufrientes, amantes abandonadas: todos están en escena, incluso en la intimidad. Sus vidas son representaciones constantes, y el dolor, como en la tauromaquia, se vuelve espectáculo y catarsis.

Sin embargo, Almodóvar no adopta una postura ideológica clara a favor o en contra de la tauromaquia. Su cine evita el panfleto. En lugar de debatir la legitimidad moral de los toros, los integra como parte de un paisaje cultural en transformación. La España que filma ya no es la del “olé” unánime, sino una sociedad fragmentada, donde las tradiciones conviven con nuevas sensibilidades. La tauromaquia aparece, cuando lo hace, despojada de solemnidad, atravesada por contradicciones, como todo en su cine.

En este sentido, el tratamiento de los toros en Almodóvar se asemeja a su forma de abordar la religión, la familia o el género: no los destruye, pero los reinterpreta.

Finalmente, el cine de Almodóvar y la tauromaquia coinciden en algo esencial: ambos hablan de la muerte sin solemnidad, con una mezcla de belleza y crueldad.

×