DANZA MICROSCÓPICA: EL IPN CONTRA LOS “BESOS” DE POLVO DEL FRESNO

“El fresno, antagonista principal”.

IPN
Columnas
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Para el ciudadano promedio el aire es ese ente invisible que solo notamos cuando la contingencia ambiental nos obliga a dejar el auto en casa o cuando un taquero experto levanta una cortina de humo celestial. Sin embargo, para 20% de los capitalinos el aire es un campo de batalla poblado por proyectiles biológicos invisibles. Hablamos del polen: esa sofisticada estrategia reproductiva de las plantas que, en un giro irónico de la evolución, termina convirtiendo nuestras narices en fuentes inagotables de histamina.

En este escenario de estornudos en serie y ojos de tonalidad escarlata surge una figura fundamental: el doctor Guillermo Guidos Fogelbach, investigador de la Escuela Nacional de Medicina y Homeopatía (ENMH) del Instituto Politécnico Nacional (IPN).

Junto al doctor César Augusto Sandino Reyes López, Guidos ha pasado más de una década descifrando el código secreto de estas partículas, el villano verde de la ciudad, que si bien parecen polvo inocente portan una carga bioquímica capaz de poner de rodillas al sistema inmune más pintado.

Si esta historia fuera un film noir el fresno (Fraxinus) sería el antagonista principal. Elegido hace décadas por su resistencia para poblar las banquetas de la Ciudad de México, el fresno resultó ser un vecino con una capacidad reproductiva, digamos, excesiva. Sus partículas encabezan la lista de los 20 pólenes alérgicos identificados por el proyecto del IPN como las verdaderas némesis del Valle de México.

Lo que Guidos ha revelado es que no reaccionamos al grano de polen —esa minúscula esfera que parece un balón de fútbol diseñado por un arquitecto vanguardista— en su totalidad, sino a proteínas muy específicas en su interior. Es aquí donde la ciencia del IPN se pone elegante: mediante técnicas de ELISA y Western blot los investigadores purifican estas proteínas para observar cómo bailan (o mejor dicho, cómo pelean) con los anticuerpos IgE de los pacientes.

Uno de los puntos más brillantes —y necesarios— del trabajo de Guidos Fogelbach es la crítica al statu quo del tratamiento.

Durante años muchos hospitales en México han utilizado extractos importados para diagnosticar alergias. El problema es lógico: un polen de una planta en Connecticut no tiene por qué comportarse igual que uno que ha sobrevivido al tráfico de la Avenida Insurgentes. Es como confrontar ciencia molecular vs. extractos “gringos”.

Del laboratorio al brazo del paciente

El equipo del Politécnico transforma este panorama al desarrollar perfiles personalizados. Ha descubierto, con ese rigor que solo da la observación constante, que la contaminación ambiental es el “potenciador” del villano: los contaminantes estresan a los árboles, provocando que en ciertos días liberen proteínas mucho más agresivas. Es la ciencia aplicada a la realidad de una metrópoli que respira asfalto y clorofila por igual.

Luego de diez años de investigación, artículos científicos y la formación de nuevos cuadros de especialistas el proyecto está por cruzar el umbral definitivo: las pruebas cutáneas en pacientes de instituciones hermanas como el Hospital General y el Hospital Juárez de México.

No se trata solo de saber que “algo” nos hace daño: se trata de identificar exactamente cuál de las proteínas de esa ambrosía o ese ciprés es la que dispara la alarma, para entonces crear una inmunoterapia dirigida.

La labor del doctor Guidos y su equipo es un recordatorio de que la soberanía científica se construye con paciencia y microscopios.

Gracias a ellos el futuro de los alérgicos capitalinos se ve menos nublado por los pañuelos desechables y más iluminado por la precisión molecular. Porque al final del día lo que buscamos no es solo dejar de estornudar sino también recuperar el derecho a respirar la ciudad, fresnos incluidos, sin que el cuerpo crea que está siendo invadido por una civilización alienígena de micras de diámetro.

Alergias al polen en la CDMX

En la Ciudad de México y el resto del Valle de México se vive en este marzo de 2026 el punto más crítico de la temporada de polinización. La situación en la región es particular debido a la altitud, el clima seco y la combinación con contaminantes ambientales.

Así las cosas, entre los principales “culpables” de la carga polínica mixta predominan cuatro grupos.

  • Fresnos (Fraxinus) Es el árbol alérgeno por excelencia en la CDMX. Sus niveles suelen ser muy altos entre febrero y marzo. 
  • Encinos y robles (Quercus) Su temporada fuerte inicia precisamente en marzo y se extiende hacia abril.
  • Pastos y gramíneas Aunque su pico suele ser más hacia el verano, la falta de lluvias en el Valle de México y las polvaredas comunes de este mes dispersan polen de pastos secos y malezas.
  • Cupresáceas (cedros y cipreses) Todavía quedan residuos de su polinización de invierno, que suele ser muy intensa en zonas como el Ajusco o el Desierto de los Leones.
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