DE CHAPULINES, CUBOS Y EL SALTO AL VACÍO: EL NUEVO BESTIARIO ESPACIAL MEXICANO

“Para alcanzar las estrellas a veces solo se necesita un buen impulso”.

El cielo ya no es el límite.
Columnas
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Hubo un tiempo en que mirar al cielo desde México era un acto de contemplación poética o de rigor arqueoastronómico. Nuestros antepasados trazaron el mapa de Venus con una precisión que hoy envidiaría cualquier GPS con baja batería, pero durante décadas la modernidad nos convenció de que el espacio era un club exclusivo para naciones con presupuestos del tamaño de una galaxia y astronautas con apellidos difíciles de pronunciar. Sin embargo, algo está cambiando en el patio de recreo de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México(UNAM).

En Querétaro, específicamente en el campus Juriquilla, un grupo de científicos ha decidido que el futuro no viene en naves nodrizas de ciencia ficción sino en cajas de diez centímetros. Bienvenidos a la era del K’OTO, el nanosatélite que, con el nombre de un saltamontes y el corazón de un gigante, se prepara para demostrar que en México cuando decimos que vamos a “dar el salto” lo decimos muy en serio.

El K’OTO es el arte de comprimir el cosmos, es un CubeSat. Para los que aún asocian la tecnología espacial con el tamaño de un autobús escolar, un CubeSat es en esencia un cubo de 10x10x10 centímetros que pesa poco más de un kilo. Es tecnología concentrada, un espresso de ingeniería aeroespacial.

Su nombre, que en otomí significa “chapulín”, no es solo un guiño a nuestras raíces lingüísticas: es una metáfora precisa del salto tecnológico que la UNAM está ejecutando.

Rafael Guadalupe Chávez Moreno, el director de esta orquesta de circuitos en la Unidad de Alta Tecnología (UAT), lo tiene claro: no se trata solo de lanzar un objeto al vacío para que dé vueltas. El K’OTO lleva consigo dos cámaras, sistemas de estabilización que ya quisiera uno tener un viernes por la noche, y la misión crítica de vigilar a nuestro vecino más temperamental: el Popocatépetl.

Imaginen a este pequeño insecto metálico flotando en la órbita baja terrestre, enviando fotografías del territorio nacional a través de bandas de radioaficionado. Mientras nosotros lidiamos con el tráfico de la ciudad este “chapulín” universitario estará midiendo la columna de humo de Don Goyo con la parsimonia de quien sabe que tiene una vida útil de 18 meses para volverse leyenda.

Pero el K’OTO no es un lobo solitario —o un insecto ermitaño— sino un ecosistema de altura que forma parte de una nueva fauna espacial mexicana que está poblando el cielo. Ahí viene también Ixaya, un proyecto del Programa Espacial Universitario (PEU) diseñado con un ojo clínico para detectar incendios forestales antes de que se vuelvan incontrolables. O el KuauhtliSAT, que sigue la estela de sus hermanos mayores para seguir formando a esa nueva generación de especialistas.

Lo que hace que este proyecto sea verdaderamente “atractivo” (en el sentido más literario del término) es su composición humana. En un campo históricamente dominado por la testosterona y los uniformes militares, el equipo del K’OTO presume con orgullo que 25% de sus integrantes son mujeres científicas. Es una ingeniería con rostro diverso, apoyada por la Secretaría de Desarrollo Sustentable de Querétaro y en alianza con titanes como el Kyushu Institute of Technology de Japón.

La geopolítica del “hágalo usted mismo”

¿Por qué es importante que hagamos nuestros propios satélites? Porque la soberanía no solo se defiende en las fronteras de tierra; se construye en los laboratorios. Al diseñar sistemas de control de orientación propios México deja de ser un simple “usuario” de tecnología para convertirse en “arquitecto”.

El lanzamiento está previsto para diciembre de 2026 desde la Estación Espacial Internacional, cortesía de la Agencia Espacial Japonesa (JAXA). Para entonces, el K’OTO habrá superado pruebas de vibración y vacío térmico que harían llorar a cualquier smartphone moderno.

Así que la próxima vez que mire al cielo y vea un punto brillante que se mueve rápido, no asuma que es un avión o un visitante de Ganímedes. Podría ser un pequeño cubo de aluminio con alma queretana, un chapulín de alta tecnología que nos recuerda que para alcanzar las estrellas a veces solo se necesita un buen impulso, mucha ciencia y el orgullo de saber que el ingenio mexicano también orbita a 28 mil kilómetros por hora.

Al final del día el K’OTO nos enseña que no necesitamos ser la NASA para tener una visión universal. Solo requerimos un buen diseño, un propósito claro y, por supuesto, la audacia de saltar hacia lo desconocido con el nombre de un saltamontes grabado en el chasis.

Nanosatélites mexicanos

KuauhtliSAT Un proyecto precursor del K’OTO centrado en la transmisión de imágenes en bandas de radioaficionado.

Ixaya Un plan satelital diseñado específicamente para la alerta temprana de incendios forestales en territorio nacional.

Esta evolución muestra que el país no solo está lanzando dispositivos sino formando una generación de especialistas capaces de diseñar misiones completas, desde la arquitectura de hardware hasta la flotación en órbita.

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