Ya lo he dicho anteriormente, pero lo voy a repetir: México parece incapaz de mirar hacia el futuro y más bien nos atamos a nuestro pasado (supuestamente) glorioso como fuente de estimulación cultural.
Precisamente en septiembre del año pasado escribí en estas páginas sobre lo que considero un “fetichismo autóctono”: esa fijación obsesiva que nos lleva a glorificar nuestro pasado prehispánico y recurrir a él de forma casi automática cuando requerimos explotar nuestra creatividad o expresar nuestra identidad colectiva.
En aquel texto les recordaba ejemplos reveladores que nos persiguen desde hace décadas: el mentado calendario mexica estampado en la camiseta de la selección nacional; el nombre de nuestro principal estadio de futbol (el Azteca); e incluso los nombres de los aviones presidenciales en la Presidencia imperial del viejo PRI (Tenochtitlan y Quetzalcóatl).
El actual régimen no solo ha mantenido por lo autóctono este fetichismo sino que lo ha agravado. Cuando se presentó una nueva línea de autos eléctricos, eligieron el original nombre de Olinia (náhuatl para “movimiento”). Cuando anunciaron un plan para fabricar microprocesadores, nos recetaron el nombre de Kutsari (purépecha para “arena”).
Por si fuera poco, en noviembre del año pasado el gobierno presentó su nueva apuesta para entrar de lleno a la revolución tecnológica: una méndiga supercomputadora. ¿Pero con qué novedad nos salieron? ¡Pues, obviamente! Nombraron a la computadora Coatlicue, en honor a la diosa mexica de la fertilidad. Porque, claro, aparentemente nada invoca la innovación y la disrupción digital como nuestros dioses antiguos. ¡Es que, en serio, hágame usted el c… favor!
Y no conformes con esto, decidimos doblar la apuesta. En la reciente inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano-Cortina 2026 los uniformes del equipo mexicano brillaron por su poca originalidad: una simple chamarra con elementos visuales que evocan a textiles mexicanos tradicionales, “inspirados en sarapes, jorongos, quechquémitles y otras piezas de nuestras culturas originarias”, según lo describió un medio. O sea… la misma pinche fórmula y la misma cantaleta.
Nueva identidad
Antes de seguir, quisiera dejar en claro que ninguna de mis quejas debe entenderse como una agresión a las lenguas indígenas ni a las culturas originarias. Seré el primero en aceptar que la diversidad lingüística, histórica, artística, cultural y demográfica convierte a México en un país más rico y complejo.
Mi crítica es otra: hemos hecho de nuestro pasado remoto el recurso único, automático e incluso excluyente para definir lo que significa “ser mexicano”; algo que me resulta completamente flojo, inaceptable e incluso peligroso.
Y aquí les planteo una serie de preguntas: ¿Realmente no existe algo más que defina a México? ¿No tenemos absolutamente nada en nuestro país moderno y globalizado que pueda representar a toda la sociedad? Existen toda clase de talentos, tecnología, creatividad urbana, cine, música, arquitectura, investigación científica. ¿Por qué cuando llega la hora de presentarnos ante el mundo regresamos automáticamente a los símbolos ancestrales de una civilización del Neolítico o a los diseños tradicionales de los pueblos originarios?
Porque basta ver alrededor del mundo para entender que podemos honrar a nuestro pasado sin quedar secuestrados por él. Numerosos países con una historia igual o incluso más compleja que la nuestra lo hacen diariamente. Nosotros, en cambio, pareciera que necesitamos validarnos permanentemente en una (falsa) gloria remota, incapaces de aceptar que nuestro presente ofrece elementos suficientes para crear una nueva y mejor identidad colectiva.
Mientras no podamos romper con ese fetichismo autóctono seguiremos atrapados en un pasado romantizado que al final es una ilusión. La verdadera revolución de nuestra creatividad colectiva llegará cuando podamos definir una nueva identidad que respete al pasado, pero nos proyecte sin miedo hacia el futuro.

