EL ESCUSADO

Escusado
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Usa la fuerza pero no olvides limpiar el lado oscuro.

Darth Vader

Hablar del primer escusado es, en el fondo, hablar de una obsesión muy humana: qué chingados hacemos con nuestros desechos sin morir en el intento. La historia del escusado no es limpia ni elegante; es una mezcla de ingenio, asco, poder, enfermedad y pura supervivencia. Y sí, también de lujo.

Durante miles de años la humanidad resolvió el problema de la forma más básica: un hoyo y listo. En cuevas, campos, ríos y calles. Las primeras civilizaciones entendieron rápido que las heces fecales acumuladas traían enfermedades y pestes. No era cuestión de pudor sino de no morirse.

En el Valle del Indo (hoy Pakistán e India), hace más de cuatro mil años ya existían letrinas con drenaje rudimentario. Las casas tenían pequeños cuartos con desagües que llevaban los desechos a canales cubiertos. No eran escusados modernos, pero ya había una idea clara: alejar la porquería del cuerpo humano.

Los romanos, siempre tan prácticos y tan poco delicados, llevaron el asunto a otro nivel. Construyeron letrinas públicas con filas de asientos de piedra, sin divisiones. Cagar era un acto social. Ahí se cerraban tratos, se chismeaba y se filosofaba mientras el trasero descansaba sobre mármol frío.

No había papel higiénico: se usaba el tersorium, una esponja en un palo que se compartía (este se limpiaba en un cubo con agua salada y vinagre). Sí, una pinche esponja comunal. Asqueroso para nosotros, normal para ellos. Roma entendió que el problema no era la intimidad sino el flujo de agua que se llevaba los residuos.

Con la caída del Imperio romano Europa se fue al carajo también en temas de higiene. Los castillos tenían garderobes, letrinas que simplemente dejaban caer la caca por un hueco del muro. A veces directo al foso. Las ciudades apestaban. Literalmente.

Las calles se convirtieron en ríos de excremento y basura. No es casualidad que las plagas arrasaran con poblaciones enteras. El problema no era la ignorancia total sino la falta de infraestructura y voluntad política. Cagar seguía siendo necesario pero nadie quería hacerse cargo.

Aquí es donde sir John Harington hace su aparición, en 1596. Escritor, cortesano y ahijado de la reina Isabel I, diseñó un escusado con descarga, algo cercano a lo que hoy usamos.

¿Quién lo usó primero? La reina Isabel I. Porque podía. Porque era la reina. Porque el poder siempre ha tenido acceso al confort antes que el pueblo. El invento funcionaba: una válvula liberaba agua que arrastraba los desechos hacia un pozo. El problema era que olía a madres. Aún no existían trampas de agua para bloquear los gases.

Harington escribió incluso un libro satírico describiendo su invento. No era solo tecnología: era provocación.

El verdadero despegue del escusado llegó con la Revolución Industrial. Las ciudades crecieron, la gente se amontonó y el excremento se acumuló como nunca. Las epidemias de cólera hicieron evidente que el problema no era moral sino sanitario.

Aquí apareció Thomas Crapper, quien no inventó el escusado, pero lo perfeccionó y popularizó. Mejoró la válvula, el sifón y el sistema de cierre que evitaba que el olor regresara. Gracias a él, cagar dejó de ser una experiencia infernal.

La clase alta inglesa adoptó el retrete como símbolo de modernidad. Luego bajó a la clase media. El escusado no nació por pudor sino por necesidad. El asco vino después.

Hoy jalamos la palanca sin pensar. Pero cada descarga es el resultado de siglos de errores, pestes, reyes caprichosos y plomeros geniales. El escusado es uno de los inventos más importantes de la humanidad, aunque nadie lo quiera presumir.

Porque al final, por muy poetas, asesinos, santos o reyes que seamos, todos usamos el baño. Y la historia del escusado es la prueba más honesta de eso.

Quien a hierro mata…

Llevaba ya varios días descompuesto; nadie quería entrar pues el olor era insoportable. Llamaron a varios plomeros pero nadie quería arreglarlo; había en su interior tanta caca, que se desbordó inundando el baño. El dueño de la casa, días anteriores a que se tapara, había comido birria y de paso unos taquitos de tripas, ojos y nana: era un verdadero gourmet de la comida mexicana. En su casa solamente había ese baño, por lo que su mujer, no aguantando el olor, acabó yéndose de la casa para nunca más volver. Se llevó a sus dos hijos pequeños.

El hombre prometió que lo arreglaría, pero así pasaron años. Como la casa despedía un olor fétido, él hacia sus necesidades en el jardín. La gente se cruzaba la acera para no pasar delante de ella. El dueño de la casa al final tuvo que salir de ahí. El problema es que nadie quería comprarla, pues realmente olía a pura mierda. El departamento de sanidad logró hacerla explotar con dinamita, pero toda la calle se llenó de materia fecal. Quien a hierro mata, a hierro muere.

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